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CULTURA / geopoltico y documental
sábado 10 octubre, 2015

Nobel

La bielorrusa Svetlana Alexiévich obtuvo el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. “Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”, dijo en una rueda de prensa en Minsk, tras el anuncio del galardón.

por Redacción Perfil

Foto: AP

El libro más famoso de Svetlana Alexiévich es Voces de Chernóbil. Crónica del futuro (1997), que será publicado en noviembre próximo por Penguin Random House en Argentina. Se trata de un libro que agrupa los testimonios de las víctimas de la radiación concreta, y de la otra, la que emanaba el corrupto y decadente gobierno soviético que, por omisión y negligencia, aumentó el número de víctimas de manera escalar. El 26 de abril de 1986, a la 1:23:58 de la mañana, una serie de explosiones destruye uno de los reactores de la central nuclear de Chernobyl. Con el núcleo al descubierto, el material radiactivo se elevó por los cielos. El viento llevó los residuos atómicos por toda Europa. El 30 de abril se registraron altos niveles de radiación en Suiza y el norte de Italia. Un mes y medio después, moría Jorge Luis Borges en Ginebra. Vale decir, Borges estuvo expuesto a las secuelas de semejante tragedia. Y con esto, irónicamente, es lo más cercano a la literatura que podemos ubicar a la premiada.
El Premio Nobel de Literatura a esta periodista bielorrusa nacida en 1948 es el primero que se otorga a un autor de no ficción en 50 años, así lo fundamenta la Academia Sueca. No se trata de un poeta nacional, menos de un literato. Sí es un premio al trabajo de campo, entre sociológico y antropológico, entre la crónica y el testimonio histórico. Lo llamativo es la brevedad de su obra: cinco libros.
Alexiévich define su método de trabajo de la siguiente manera: “Por cada persona que entrevisto grabo entre cuatro o más horas, esto hace a unas cien a 150 páginas impresas, eso según el timbre de voz y el ritmo de la historia oral, luego selecciono diez páginas. Para mis libros selecciono una de cada cinco entrevistas”. También reconoce que el material base a seleccionar no es inferior a quinientas entrevistas. El carácter testimonial de su trabajo tiene un valor particular (incluso emotivo), que supera cualquier evaluación literaria, por tanto, esta nota se centrará en la tarea periodística de la autora, cuáles son las temáticas que explora, para quiénes es molesto su trabajo, cuál es el entorno político y social en que medra. En sí, se ha premiado un esfuerzo periodístico por plasmar la historia del territorio post-soviético con testigos en riesgo de extinción.
Sus otros cuatro libros, en la misma línea de exploración documental, son los siguientes: La guerra no tiene rostro de mujer (1985), donde recoge los testimonios de las mujeres que combatieron en la denominada Gran Guerra Patria. Un millón de mujeres, de entre 15 y 30 años, pelearon codo a codo junto a los hombres, manejaron tanques, pilotearon aviones de combate, dispararon como francotiradores, fueron heridas y murieron. Sus testimonios reflejan el miedo, pero también la injusticia a que las sometió el machismo stalinista: les negaron el reconocimiento, las obligaron a ocultarse. Cabe destacarse que por los 70 años del triunfo sobre el nazismo, el pasado 9 de mayo se realizó un fastuoso homenaje denominado “el desfile militar más grande de la historia”, en la Plaza Roja de Moscú, presidido por Vladimir Putin, a quien secundaron, entre otros, Raúl Castro, Nicolás Maduro y el presidente de China, Xi Jinping, sujetos poco amistosos con el ejercicio periodístico independiente y libertad de expresión. En Los muchachos de zinc (1989, ver recuadro), Alexiévich se adentra en las secuelas de la guerra soviética en Afganistán, qué historias de vida se ocultan en los féretros de zinc que llegan desde Oriente, por qué lloran las madres, qué crueldad existe en el silencio social en torno a la vida militar, cómo repercute la muerte distante en cada casa, qué es el estrés post traumático bélico y cómo impacta en las familias. Ultimos testigos (2004) va hacia el dolor en sí, pero desde los ojos de los niños de entre 7 y 12 años; se trata de cien cuentos no infantiles sobre la guerra, cien testimonios de aquellos que no mienten en absoluto, como los políticos o generales. Por último, en Tiempo de segunda mano (2013), los testimonios van desde el amor a los sueños incumplidos, trata sobre la necesidad del pueblo ruso por ser feliz y cómo la realidad, la historia y la coyuntura contemporánea los aleja de toda posibilidad de un futuro promisorio.
Por todos ellos, la periodista ha recibido el Premio Ryszard-Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia (2013) y el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes (2013), entre otros. A partir de sus libros también se han generado obras de teatro, así como documentales (en los que también trabajó como guionista), entre los que se destaca The Door, de Juanita Wilson, basado en uno de los testimonios sobre Chernobyl, realizado por Alexiévich, postulado al Premio Oscar como mejor cortometraje de ficción en 2010.
¿Estamos frente a una verdadera luchadora por la verdad? ¿La densa y terrible tarea de explorar en las voces olvidadas oculta a una personalidad avasallante? ¿Quién es esta mujer? En su crudo discurso al recibir el premio de los libreros en Frankfurt, dijo: “Mis libros son un pequeño grano de arena en la Historia. Tratan sobre aquel a quien nunca se pregunta, ese que desaparece sin dejar rastro, llevándose sus secretos a la tumba. Hablo de aquellos que no tienen voz. Los oigo, los escucho, los comprendo. La calle es para mí un coro, una sinfonía. Es infinitamente triste cómo todo se puede decir, susurrar y gritar en la nada”. También allí refirió a una anécdota en Kabul, 1988: “Veo a una joven afgana con un niño en brazos. Me acerco a ella y tiendo un oso de peluche al pequeño, que lo agarra con los dientes. Pregunto a la madre por qué lo hace. La madre levanta la manta en la que su hijo va envuelto y veo el pequeño torso sin brazos ni piernas. ‘Eso es lo que han hecho tus rusos’, me responde. A su lado, un capitán soviético me explica: ‘Esta mujer no entiende que les hemos traído el socialismo’.”
Svetlana fue maestra rural, como su padre bielorruso (que fue a la tumba con su carnet como miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética) y su madre ucraniana. Ella misma nació en Ucrania pero en una región que hoy está dentro de las fronteras de Bielorrusia, esa misma zona que hoy es llamada “la dictadura de Europa”, en donde no dice temer represalias por parte de las autoridades gobernantes, aunque hayan metido en la cárcel a todos los líderes opositores luego de unas elecciones tan fraudulentas como escandalosas. Queda para los futuros reportajes que le realicen despejar las incógnitas que su trayectoria despierta: ¿cómo financió sus investigaciones? ¿Quiénes le ofrecieron protección ante el acoso político y el silencio de los medios oficialistas? ¿Qué garantías internacionales tenía para desplazarse entre tantos escenarios conflictivos?
Pero este Premio Nobel de Literatura merece otro tipo de reflexiones. ¿Qué mueve a la Academia Sueca a premiar un género que deriva del testimonio más que de la creación de una obra literaria? La pregunta viene asociada a ciertos movimientos militares rusos sobre la frontera sueca en el mar Báltico. Desde hace dos años, los aviones de Putin traspasan la frontera, desafían, prueban a las fuerzas de defensa de Suecia. Juegan al gato y al ratón. Ya como demostración de fuerza, ya como entrenamiento, engalanados de nacionalismo ante el “conflicto” de Ucrania, los rusos tensan los límites fronterizos y demuestran su potencia bélica. En sí, amenazan a los vecinos, o sea, a la OTAN misma. De hecho, mientras escribo esto, la intervención rusa en Siria va tomando un cariz de bombardeo masivo, similar a lo que caía sobre Vietnam, que recuerda una máxima bélica: las explosiones no diferencian entre soldados y población civil. En sí, la Academia Sueca adopta un rol bélico desde lo simbólico. A las incursiones rusas les arroja libros. Todo un gesto.
Ahora bien, ¿existe un genocidio cultural en Rusia y sus repúblicas asociadas que la tarea de esta periodista merece ser reconocida? ¿O el avance del nacionalismo post soviético, encaramado en una nueva carrera armamentista, pone en riesgo a toda la población mundial? Una respuesta general a las dos preguntas es sí a todo. El avance del nacionalismo ruso tiende un manto de ceguera ante lo real en su población, también pone el acento en la xenofobia, la vandalización social y la corrupción mafiosa. Si la estrategia militar de Putin para expulsar al Estado Islámico de Siria consiste en arrasar regiones enteras de su territorio, sería buen consejo para nuestra estadista saliente que no pida ayuda a su supuesto aliado, en lo posible en materia alguna. El método post soviético sigue siendo el de tierra arrasada, y ahí sí que el riesgo es un verdadero y último suspiro global.
Lo importante es que el Premio Nobel a Svetlana Alexiévich puede ponerla a salvo de las metodologías sicarias del establishment, y no como le ocurrió a Boris Pasternak que debió cederlo acosado por el stalinismo. Pensar en esa mujer a merced de la venganza por los afectados por sus libros, la casta militar rusa por ejemplo, remite a evocar a otra, como un homenaje periodístico ínfimo desde Buenos Aires. Hace nueve años, el 7 de octubre de 2006, Anna Politkóvskaya, hija de ucranianos, era asesinada en el ascensor del edificio en que vivía en el centro de Moscú. Recibió varios disparos, uno en la cabeza. El motivo del crimen: denunciar el cerco de terror y persecución que sufrió la población civil de Chechenia, así como también los miembros de organizaciones humanitarias, durante la guerra llevada a cabo por Putin en la región. Desapariciones, torturas, ejecuciones, todo a manos de comandos en campos de exterminio improvisados. Una verdadera guerra sucia que se llevó su vida como la del investigador de su crimen, Aleksandr Litvinenko, ex agente de la KGB, opositor al régimen actual de Moscú, y que fue envenenado con sustancias radiactivas en Londres. Toda una parábola sobre lo siniestro que enfrenta la premiada, y a lo que, espero, pueda escapar indemne, como a la radiación de Chernobyl.


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