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Por qué odio a Spregelburd

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Voy a decirlo sin rodeos: envidio profundamente a Rafael Spregelburd. Envidio su capacidad alucinada de producción. El trabajo que hace con los textos. Su erudición. Y, sobre todo, su sentido del humor. La semana pasada vi las dos obras que acaba de estrenar en el teatro Margarita Xirgu, Lúcido y Acassuso, y como me sucedió antes con El pánico o La estupidez, al salir de la sala me debatí entre considerarlo uno de mis mejores amigos o mi peor enemigo. Al cruzarlo en el hall tuve que contener las ganas de felicitarlo: hay algo decididamente incómodo en la constatación de semejante talento en alguien que tiene, más o menos, mi misma edad. Spregelburd nació en 1970, y estrenó su primera obra a los 22 años. Al día de hoy, escribió y estrenó más de treinta piezas, y cosechó premios en todo el mundo; el último, el Casa de las Américas, en Cuba. Además de Lúcido y Acassuso, para 2007 tiene programados dos estrenos más, trabaja en un telefilm para Canal 7 e incursionará en cine junto a Gael García Bernal.
No había escuchado hablar a Spregelburd hasta que vi, unos meses atrás, una entrevista que le hicieron en un programa de cable. A diferencia de los autores de la generación del Nuevo Cine Argentino, por lo general incapaces de articular un discurso ya no profundo sino al menos coherente, Spregelburd piensa rápido, argumenta y reflexiona, es elegante y enfático. Un trabajador del lenguaje, un escritor extremadamente obsesivo. En cierto momento la periodista cometió el error de decir que en sus obras podía advertirse cierta frescura, probablemente vinculada con la improvisación de los actores. Fue entonces que Spregelburd, por primera y única vez, perdió la calma. Temí por la integridad física de la conductora: dijo algo así como que lo único que no había en su trabajo era improvisación. Que los actores lo detestaban, porque antes de representar una obra ensaya cada pieza algo así como dos años. Al referirse a su metodología de trabajo, por ejemplo, contó que escribe los diálogos –que en algunas de sus obras suceden en simultáneo, en distintos planos–con un particular sistema de columnas, para que cada una de las palabras –e incluso, remarcó, las sílabas– engarcen con las que están pronunciando, al mismo tiempo, los diversos actores.
Tal vez no esté dando una idea acertada de su teatro para quien no haya visto aún ninguna de sus obras. Porque me faltó mencionar que las obras de Spregelburd, además de virtuosas e inteligentes, son, sobre todo, extremadamente divertidas. Nunca escuché a la gente reírse tanto en una sala. Nunca me reí tanto, diría, en mi vida. “Mis personajes suelen tener muy pocas luces, pero no lo saben. Siempre operan como si fueran ingenieros atómicos, y esto es lo que los torna muy ridículos”, declaró hace poco: esa ridiculez, que es el mecanismo de todo su trabajo, es a la vez la vía desde la cual expone su implacable mirada sobre los conflictos y el poder en la sociedad actual.
Que quede claro, no es que disfrute de sus obras: quisiera, directamente, haberlas escrito yo. Y eso es algo que no me sucede con frecuencia. Claro que me hubiera gustado escribir ciertos cuentos o novelas (Muchacha punk, de Fogwill; Los ritos, de Abelardo Castillo; El pasado, de Alan Pauls), para hablar sólo de literatura argentina contemporánea. Pero no pierdo las esperanzas de rozar, alguna vez, la perfección formal de algunas de esas ficciones. En cambio, sé que me sería completamente imposible escribir una obra como La estupidez. En esa imposibilidad se funda todo mi odio, que tiene tanto de admiración, por la obra de Rafael Spregelburd.