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CULTURA / entrevista con arturo carrera
domingo 21 junio, 2015

Remansos contra la confusión

Adriana Hidalgo Editora suma a sus obras reunidas de poetas argentinos la de Arturo Carrera (Pringles, 1948). El título elegido es “Vigilámbulo”, nombre que, en palabras del poeta, se da a quien “va dormido y despierto a la vez. Ese sueño y esa lucidez hubiera querido tener para elaborar mis libros de poesía”. Potlach luminoso para la poesía argentina.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

De las obras reunidas de poetas argentinos que Adriana Hidalgo ha editado (Bignozzi, Bellessi, Calveyra, Juan José Hernández, Kamenszain), la de Arturo Carrera era la que faltaba. No es mera coincidencia, ni patrimonio exclusivo de la editorial, pero sí la casa que podía realizar una apuesta semejante. Hoy, los tres gruesos volúmenes de Vigilámbulo integran ese anaquel de privilegio.

“Después de un trabajo de casi tres años, la aparición de los tres volúmenes fueron un apagón de sentido. Los libros habían desaparecido. ¿Había escrito alguna vez?”, reflexiona Arturo Carrera, posando su mano sobre la torre que forman los tres tomos con tres colores y las mismas caritas suspendidas en la tela que imaginó Kuitca y están dispuestas en tapa. “La poesía reunida no es sino un acicate para seguir escribiendo. O para soñar con no haber escrito nunca. Pero esa idea de libro final no se dio en mi caso, no creo que se dé en estos tiempos… En fin…”

¿Y por qué Vigilámbulo? “El vigilámbulo es un personaje que va dormido y despierto a la vez. Ese sueño y esa lucidez hubiera querido tener para elaborar mis libros de poesía. Pero llegué a este borde, a este horizonte de gala. Pura atención, pura credulidad”, sostiene Carrera.

Una obra reunida de esta espesura –que ocupa hace años el centro de la poesía de habla hispana– se abre a un tiempo de relecturas, a nuevos acercamientos críticos. Es el tiempo también de los descubrimientos –¡dichosos nuevos lectores! Inevitablemente, podríamos tentar que algo ha sido reescrito, suprimido (vibra el fantasma de Borges podando los pecados juveniles), pero el poeta desacredita estas sospechas: “No toqué una coma. Me parece que es una traición al lector cambiar lo que uno había escrito a los veinte años por palabras que aparecen ahora. Corregí en cambio ciertos errores de tipeo o nombres propios mal escritos. El resto permaneció igual.”

Sus viejos lectores saben que en su biografía la ciudad natal, Coronel Pringles, es también ciudad del mito (que pervive en aquel encuentro barrial con el bebé César Aira) y geografía inscripta inexorablemente en el locus familiar de la poesía argentina. Es decir, en la constelación Gualeguay desplegada por Juan L. Ortiz, en el Delta de Diana Bellessi, o Corrientes en el oro brillante de Madariaga. Fuera del centro, provinciano universal, Carrera canta: “No nos bañamos cuatro veces/ en la misma laguna”.

Escritor de vanguardia post-60, resulta difícil encasillar o tentar rótulos para una obra que ha variado y también ha tensado algunos tópicos, con diversa intensidad y altura. ¿Neobarroso, mallarmeano, sencillista? Autobiográfico, erudito, refinado en la cita de acápites inquietantes. Rizomático, en la vena entretejida a la poética de Juanele. Vigilámbulo son tres tomos, para desandar más de 40 años de un trabajo incansable con la palabra poética (al que habría que sumar la reflexión crítica contemporánea de los “ensayos murmurados”).

Quienes lo descubrieron allá lejos y hace tiempo en libros como Animaciones suspendidas, Children’s corner, El vespertillo de las parcas, o en alguno más cercano como La inocencia, hablarán de una variación sobre el mismo tema. Carrera advierte una posible confusión sobre esa idea y tienta una definición más cercana a su poética: “La variación es una estructura musical exquisita. Lo mío es más sencillo, mis poemas pueden ser leídos como quería Heaney de Hewitt, considerándolos soluciones personales a crisis compartidas, pequeños remansos contra la confusión del deseo del dolor o la pena. Pero el anclaje está también en considerar la lengua de la poesía como un habla dialectal. Eso es lo mío. Una meditación sobre la memoria del habla de poesía en lo más antiguo de cada tema que abordo.”

Está allí la infancia, ese tópico celebrado en gran parte de su obra, que en la totalidad se dibuja y despliega en un mapa de herencias: “He tratado que los temas personales sean reinventados para que un poema sobre la abuela no sea el consabido ‘poema sobre la abuela’. Hubo por suerte una especie de metamorfosis en el sentido más clásico: los abuelos fueron centauros, los tíos y primos faunitos y sátiros, las tías y abuelas jóvenes parcas y los jovencitos koré, kurós. Y entonces trabajar un libro era elaborar sus sueños y ensoñaciones, desde la alta poesía y desde el habla común”, subraya, para luego agregar: “Mis austeras invenciones…”

Resuenan los versos de Arturo y yo (1984): “No le tiren pasto a Arturito/ que está escribiendo”, y ese niño escribe para seguir escribiendo. Sigue donándole a sus lectores –potlach luminoso para la poesía argentina– sus “austeras invenciones”.


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