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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 6 enero, 2019

Temporada de jet lag

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Oliverio Coelho

. Foto: Marta Toledo

Es extraño, pero el hedor de los baños de cada aeropuerto es distinto pero igual de extranjero en cada país. Los espejos, los lavabos, los azulejos, las puertas de los cubículos, los pestillos, los mingitorios, los inodoros, no se repiten, y aunque cumplen la misma función, satisfacer necesidades y urgencias de los viajeros en cautiverio, son únicos en su especie. Sin embargo, en cada uno de esos baños de paso uno se siente igual y experimenta el mismo agobio. A través de paneles comunicados por lo bajo, siempre resuena el malestar orgánico de los otros y llegan retazos de olores nauseabundos acumulados. Uno imagina viajeros sometidos a dos o tres conexiones, con esperas de varias horas en cada aeropuerto, alteraciones del sueño, mala alimentación, falta de higiene. Demasiadas horas a bordo de un avión pueden generar cualquier tipo de desequilibrio interno. Y no refiero solo a los malestares gástricos originados en la comida reblandecida que se sirve en los vuelos, sino a la intensa actividad onírica. Los sueños, en esas horas interrumpidas de sueño que de golpe parecen días enteros, son vívidos y salvajes. El avión es un acelerador de partículas oníricas. Tengo la certeza de que en los aviones los sueños quedan al alcance de la mano cuando uno despierta y que con un poco de esfuerzo uno podría incluso leer sueños de los otros. Uno los recuerda vívidos, sean vuelos de cabotaje, transpolares o transatlánticos.  
Suele decirse entre pilotos que el vuelo transpolar es una prueba codiciada para sumar experiencia y horas de vuelo. Casi se diría que es la meta de todo piloto.
Durante años, Aerolíneas Argentinas quiso eliminar su vuelo a Sídney pero la resistencia de los pilotos fue tenaz. Solo una vez me tocó un vuelo de esas características. La experiencia de viajar hacia atrás en el tiempo, ver el mismo sol dos veces y aterrizar en el futuro, una vez cruzado el meridiano 180 grados, la línea internacional de cambio de fecha, es de por sí onírica y supongo que adictiva. Si no recuerdo mal, cuando llegué a Seúl vía Nueva Zelandia, habían pasado dos días y mi condición física y mental era confusa. Infinidad de siestas de una hora después de un viaje de treinta y siete horas sin bañarme, transitando baños pecera. Durante las dos horas posteriores al aterrizaje, repleto de adrenalina, pensé en salir a caminar, pero poco a poco fui cayendo en la cuenta de que era demasiado tarde y la residencia de escritores a la que había sido invitado era una especie de monasterio alejado de la ciudad y los placeres mundanos, en medio de la montaña. Me fui sumiendo en un estado de alerta y de a poco sospeché que el sonido de las otras habitaciones confluía en las paredes de mi cuarto. Repté tratando de identificar el origen de voces que tenían algo extraterrestre. Me detuve a escuchar atentamente y entendí que era una televisión prendida en otro idioma. Golpeé varias veces la pared. Ante cada golpe, el volumen fue decreciendo y dejando lugar a otros ruidos provenientes de la naturaleza: búhos, el viento, de pronto una tormenta… El paisaje parecía la extensión de una visión lisérgica. Un temporal de pronto cubrió el ruido de los televisores y me desplomé. Cuando desperté habían pasado dos horas, aunque me parecieron dos días. Me pregunté si ese intenso jet lag no sería la experiencia extrema que todo piloto una vez por mes necesitaba dejar correr por sus venas.


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