Hay veces que la vida cultural se contagia de cierto ánimo deportivo; cuando no hay certezas, la lógica es la del juego: el Nobel casi como un prode de las letras.
Los periodistas culturales se acercan por un momento a la sección que algunos miran con desdén y hacen predicciones cual periodistas deportivos antes del partido del domingo. Hay fijas y pronósticos que a veces son expresiones de deseo; pistas falsas y verdaderas. En una divertida pulsión histérica, los medios y la Academia sueca mantienen sus posturas: unos callan, los otros buscan testimonios y siembran indicios frente al hermetismo del jurado. Así, los editores suecos decían que la literatura testimonial tendría esta vez muchas chances de ganar. Y los diarios publicaban que, en el “ámbito literario” (¿quiénes serán, específicamente, los que integran esta cofradía y manejan esa información?) se rumoreaba que los ganadores podrían ser desde los “eternos candidatos” como el peruano Mario Vargas Llosa y el norteamericano Philip Roth, al checo Milan Kundera, el israelí Amos Oz y el sirio Adonis. El turco Orhan Pamuk, que resultó ganador de algo de 1.300.000 dólares, viene siendo uno de los candidatos más firmes.
Equívocos que pudieron escucharse en una radio local de gran audiencia: “No hay nada de este escritor publicado en castellano”. Algo falso, ya que Pamuk es hoy el escritor turco más conocido en todo el mundo, aunque, desde luego, el jueves a la mañana varios sellos editoriales corrían para anunciar la reedición de sus novelas, una forma de repetir el ritual de cada año. Y algo lógico cuando se suma la visibilidad del premio con el hecho de que su ganador no provenga de un país cuya literatura sea la de las más visitadas. Sin embargo Pamuk, traducido ya a 34 idiomas, hace tiempo que ocupa un lugar destacado en los debates políticos e intelectuales, lo que delinea ciertas constantes de la Academia sueca: el Nobel es tanto un premio literario como político; los ganadores de los últimos años fueron opositores a sus respectivos gobiernos.
“Un millón de armenios y 30 mil kurdos fueron asesinados en estas tierras y nadie, excepto yo, se atreve a hablar del tema”. La declaración de Pamuk a un medio extranjero el año pasado le valió la acusación por parte del gobierno turco de “desprestigiar al país”, cargo del que finalmente logró ser exonerado. Muchos lo acusan de que sus declaraciones impidan el ansiado ingreso de Turquía a la Unión Europea, al tiempo que se subrayan las paradojas (tema de sus libros) de convivir con la religión musulmana y un secularismo en pugna, el conflicto con los kurdos, el genocidio armenio no reconocido oficialmente, y el ánimo de integración al bloque europeo, intención apoyada por el propio Pamuk.
El cruce del país entre Occidente y Oriente es visible en la vida del autor. De familia acomodada, se educó en una escuela norteamericana de la que egresan los que luego se convierten en empresarios y ministros; luego vivió varios años en los Estados Unidos como residente de la Universidad de Iowa y Columbia. Ahora, la historia del escritor que se despierta por la mítica llamada telefónica que anuncia el premio continúa con la mayor difusión posible de su obra. Por lo pronto, en la Argentina se reeditarán sus novelas Nieve , Me llamo rojo , El libro negro (Alfaguara) y Estambul (Sudamericana).