DEPORTES
opinión

De besos, cánticos y saltos en el semáforo

En tiempos mundialísticos, el fútbol es uno de los pocos espacios donde está socialmente aceptado -e incluso validado- que un adulto grite, llore, abrace y bese a un desconocido o salte de euforia. Y mejor aún: que esto suceda en espacios de encuentro públicos que nuclean a todos los sectores sociales con sus propias historias de vida.

Vivimos en sociedades civilizadas donde el nacimiento del Estado moderno y la urbanización permitieron, por un lado, la monopolización de la violencia física institucional y la internalización de normas de conducta entre las que se encuentra el estricto control de las emociones. Vivimos en una sociedad que nos exige racionalidad, control emocional y decoro en el día a día, pero ¿qué nos pasa con el fútbol y -particularmente- cuando juega la Selección Nacional?

El fútbol es un espejo de nosotros mismos. Necesitamos pertenecer a un grupo para sentirnos seguros, construir una identidad colectiva donde el “yo” se diluya en un “nosotros”. Siguiendo a Norbert Elias y Eric Dunning en su obra Deporte y ocio en el proceso de la civilización (1986) vivimos con un alto nivel de autocontrol permanente, lo que genera una enorme tensión psíquica y un aburrimiento rutinario. El fútbol funciona como un enclave o una “zona de juego” liberada de las presiones de la vida civilizada: es una liberación legítima donde está permitido experimentar y expresar un miedo intenso, una hostilidad feroz hacia el rival, un júbilo salvaje o una tristeza profunda.

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Ahora bien, esa falta de control debe durar 90 minutos: es un descontrol controlado. Está contenido por las reglas del juego, la duración del partido y los límites físicos de la cancha. Nuestro país se caracteriza por la pasión y prolonga esas emociones en largas jornadas. Si ganamos, nos hundimos en expresiones de algarabía y en construcciones de relatos sobre nuestros héroes, sus mejores batallas y las cábalas que nos acompañan para que la magia suceda.

El fútbol nos desborda porque es un simulacro de la vida misma. Tiene narrativa, drama, épica y, sobre todo, predictibilidad cero. Nos permite sentir con intensidad en un mundo que a veces se vuelve demasiado monótono, cruel e injusto. Nos permite acercarnos, reafirmar esos lazos colectivos aún corroídos por procesos de individualización. No dejemos entonces de alentar para que los sueños de ese país unido se cumplan. ¡Vamos Argentina!n

* Licenciada en Sociología, profesora de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Sociología y Doctora en Sociología.