El euro digital volvió al centro del debate político en la Unión Europea este martes 13 de enero mientras 70 economistas acaban de advertir a los eurodiputados mediante una carta abierta sobre los riesgos y alcances del proyecto impulsado por el Banco Central Europeo, según consigna la agencia RFI.
Si bien aún no existe, el euro digital sería una nueva forma de euro emitida directamente por el BCE, pero en formato digital. En otras palabras, se trataría de moneda de banco central, como los billetes y las monedas, con la diferencia de que no sería física. Se almacenaría en una cartera digital, por ejemplo, en un smartphone.
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Detrás del proyecto impulsado por el Banco Central Europeo (BCE) subyace una pregunta estratégica: quién controlará la moneda y los sistemas de pago en la economía digital del futuro.

A diferencia del dinero depositado hoy en una cuenta bancaria, que es creado por los bancos comerciales, el euro digital sería dinero de banco central, equivalente —en términos jurídicos— a un billete o una moneda, aunque almacenado en una billetera digital, por ejemplo, en un teléfono móvil.
Esto lleva a una confusión habitual: si ya se paga con tarjeta o desde el celular, ¿no se usa dinero digital? Segun señalan en un análisis desde la agencia de noticias RFI, La respuesta es parcial. Los pagos actuales están desmaterializados, pero la moneda sigue siendo privada y el circuito involucra intermediarios: bancos, redes de tarjetas y proveedores tecnológicos. Con el euro digital, el pago se realizaría directamente en moneda del BCE, sin esa cadena de intermediación, replicando digitalmente la lógica del efectivo.
Complemento del efectivo, no su reemplazo
El BCE insiste en que el euro digital no busca eliminar el dinero en efectivo. El objetivo formal es sumar una opción adicional de pago, especialmente en un contexto donde el uso del cash disminuye año a año.

Sin embargo, el verdadero trasfondo del proyecto es la soberanía europea en los pagos. Hoy, alrededor de siete de cada diez pagos con tarjeta en Europa se procesan a través de Visa o Mastercard, a lo que se suman billeteras como Apple Pay o Google Pay. La infraestructura clave del sistema está, en gran medida, fuera del control europeo.
Durante años, esta dependencia no fue vista como un problema. Pero el cambio del escenario geopolítico —sanciones, conflictos tecnológicos y fragmentación financiera— encendió las alarmas en Bruselas y Fráncfort. Un corte o restricción en estas plataformas podría afectar de forma directa el funcionamiento cotidiano de la economía europea.
Stablecoins, dólar y disputa geopolítica
El debate se vuelve todavía más sensible con la expansión de las stablecoins, monedas digitales privadas que, en su mayoría, están indexadas al dólar. Estados Unidos impulsa activamente su desarrollo, viéndolas como una herramienta para extender la hegemonía del dólar al mundo de las finanzas digitales.
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El razonamiento es simple: si un consumidor europeo paga con una stablecoin atada al dólar, ya no está usando euros, aunque la transacción ocurra dentro de Europa. Para muchos funcionarios y economistas del bloque, este proceso implica un riesgo de “dolarización digital” indirecta.
En ese contexto, el euro digital aparece como una respuesta defensiva y estratégica: una moneda pública, digital y europea, capaz de competir con soluciones privadas globales.
El punto más polémico: el rol de los bancos
Aquí emerge la principal división. En su carta abierta, los 70 economistas sostienen que el euro digital debería permanecer plenamente como moneda pública, sin pasar por los balances de los bancos comerciales. El sector bancario, en cambio, teme que esto provoque una fuga de depósitos, debilitando su capacidad de otorgar crédito.
Bruselas enfrenta así un dilema complejo:
- Diseñar una moneda digital atractiva y segura para los ciudadanos
- Reforzar la soberanía europea frente a Estados Unidos y las big tech
- Sin desestabilizar el sistema bancario tradicional
Aunque su posible lanzamiento está previsto recién para 2029, el euro digital ya se convirtió en uno de los debates económicos y políticos más sensibles de Europa. No se discute solo un nuevo medio de pago, sino el control de la moneda, los datos y la arquitectura financiera en la era digital.
Como advierten analistas citados por RFI, la decisión que tome Europa en los próximos meses puede definir su lugar en el mapa financiero global de las próximas décadas.
LR / EM