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miércoles 26 febrero, 2020

Aislados por el Coronavirus: crónica de un argentino en Beijing

Las autoridades locales sugirieron a los ciudadanos limitar las actividades al aire libre y el uso de barbijo. Casi una epifanía.

Mauricio Percara*

Como medida preventiva las autoridades sugirieron limitar las actividades al aire libre y el uso de barbijo Foto: AP
miércoles 26 febrero, 2020

Apenas unos meses antes del brote de COVID-19, algunos casos de peste bubónica fueron detectados en la capital china. (En el siglo XIII, la trágicamente célebre Peste Negra se las arregló para eliminar a un tercio de la población de Europa. Esta bacteria, se cree, tuvo su origen en Yunnan, provincia al suroeste de China, y las rutas comerciales del opio fueron responsables del tercer brote a nivel global). Entonces, como medida preventiva ante la peste—además de poner en cuarentena a los pacientes—, las autoridades locales sugirieron a los ciudadanos limitar las actividades al aire libre y el uso de barbijo. Casi una epifanía.

Se veía un poco menos de gente en la calle, se suspendieron algunos partidos de fútbol entre amigos, más cantidad de gente que lo acostumbrado llevaba mascarilla (porque motivos para usarla sobran, desde protección contra la contaminación hasta una preferencia estética). Muchas personas con dolor de cabeza, tos o fiebre irrumpieron en los hospitales. Nada sorprendente, considerando que en el país más poblado del planeta la mayoría de los lugares están más o menos atestados («renshanrenhai» [Montaña de gente, mar de gente] reza un proverbio chino ilustrando esta realidad con un humor muy fino). Incluso algunos somatizaban, como una amiga que me pidió que la acompañe al hospital porque le dolía la cabeza y se sentía engripada, a la que después de varios análisis le diagnosticaron que lo que tenía era absolutamente nada. Me sirvió de entrenamiento para lo que estaba por venir.

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El 21 de enero jugaba al pool con un colega de Manchester, compartiendo unas papas fritas inundadas de ketchup con nuestras manos desnudas, tomando cerveza de la misma jarra. Ya se hablaba de tomar precauciones, pero no hacíamos demasiado caso. Llegaban noticias preocupantes de Hubei. Será cosa de unos días, decía el inglés. Nada que no hayamos pasado antes, pensábamos mientras encargábamos otro birra. Los colectivos que tomamos ese día estaban semivacíos.

Un par de días después me fui a Vietnam a pasar mis vacaciones de año nuevo. Estuve a punto de suspender el viaje. Se alertaba a la población que evite viajes innecesarios, que suspendan las reuniones, se cancelaban celebraciones de año nuevo, la gente se preparaba para pasar un tiempo indeterminado sin salir del hogar. El Aeropuerto Capital de Beijing exponía una escena impactante, que no olvidaré jamás. Ya no era un punto clave en el transporte aéreo de China, sino que aparentaba ser la sala de operaciones de un hospital gigante, la escena de la película más bizarra que alguien pueda encontrarse al prender la tele a las tres de la mañana; con cientos de médicos despatarrados en los asientos, comprando agua o chocolate en los locales, revisando el estado de sus vuelos, cargando valijas de acá para allá.

Tras un par de días de relax en una isla, regresé a Beijing. Se comunicaron conmigo desde la compañía en la que trabajo pidiéndome la información de los vuelos, para asegurarse de mi regreso y que no haya infectados registrados en mi vuelo. Me sumergí en una cuarentena de catorce días intentando evitar al máximo posible el contacto con otras personas y prescindiendo de salir de mi casa tanto como me fuese posible, cumpliendo con una normativa de mi medio para impedir que se propague el virus (al haber viajado, corrí un mayor riesgo de contagio). Como consuelo, comprobaba desde mi ventana que el resto de los habitantes de la urbe tampoco abandonaban sus hogares como medida de prevención.

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Por un par de días, resultó difícil conseguir desinfectantes, mascarillas, vegetales y otros insumos.

Terminé el período de cuarentena, aunque aún sigo tratando de permanecer el mayor tiempo posible en sitios poco concurridos o en mi residencia. Así también lo hacen el resto de los que viven en Beijing. Chequeo el estado de propagación del virus en tiempo real en las aplicaciones chinas y sé que a setecientos metros de mi ubicación detectaron a una persona infectada, en el condominio en que vive una familia que conozco.

Fuera de Hubei, el epicentro, la situación aparentemente se está controlando. Eso espero, al igual que mil cuatrocientos millones de chinos.

*Periodista argentino. Trabaja en Radio Internacional de China. Vive en Beijing desde hace cinco años.

 


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