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ELOBSERVADOR / proyecto frustrado
sábado 7 septiembre, 2019

Ante un nuevo derrumbe económico, es preciso establecer una era de consensos

La derrota de Cambiemos como ideal político tiene una relación directa con la economía. Debemos intentar que esta frustración origine mejoras persistentes y que los conflictos nos muevan a transformar la realidad que nos atormenta.

Alejandro Razé

Tiempo. El Mauricio Macri de 2015 muestra una imagen muy diferente del derrotado y furioso con el resultado en las PASO de 2019. Foto: cedoc
sábado 7 septiembre, 2019

El tercer ciclo económico desde la reinstauración democrática se está despidiendo. Atrás quedó la pulverización del gobierno de Alfonsín con el cierre de la década perdida de los '80, cuando la Argentina tuvo la peor performance económica del mundo. Luego, la explosión del gobierno de la Alianza con el derrumbe de un experimento exótico que intentó atar la economía al dólar con una rigidez monetaria que terminó tras luego de varios años de depresión económica y frustración colectiva. En estos días el gobierno de Cambiemos concluye otro período iniciado desde la salida de la convertibilidad. Atravesó la esperanza con la normalización del funcionamiento económico, un intento de maximizar consumos a costa de cualquier proyección futura, y el estancamiento desde 2011 que nos termina restituyendo al corral del desengaño.

Peronismo. Estos períodos fueron conducidos por ambos polos del sistema político argentino: el peronismo y el no peronismo, los dos en sus diferentes versiones. Los roles que cada una de estas partes del régimen democrático desplegó fue inmutable, como en la representación de una tragedia en la cual cada fragmento tiene sus razones y actúa movida por ellas. El desenlace de cada temporada se transformó en una maldición para la gran mayoría.

Las elecciones lograron regenerar esperanzas y transitar estos periodos reconstruyendo un orden. Sin embargo, cada transición fue traumática dejando heridas en lo económico, lo político, lo social y lo cultural. Estas lastimaduras se han ido acumulando y están ahí.

En cada una de estas crisis recurrentes hay un derrumbe de las variables económicas que arrasa con la ilusión de una nueva dinámica que sea finalmente virtuosa. Como en las otras oportunidades este final se manifestó como una pústula que comienza a drenar luego de madurar el tiempo suficiente. En este caso la evidencia de la desintegración de este tercer tiempo económico comenzó en 2018.

Consecuencias. Además de consecuencias financieras y macroeconómicas, esta nueva desilusión implicó la abdicación de objetivos políticos. Algunas víctimas colaterales de ese final fueron el posible saneamiento del sistema político con una reforma que no logró ni siquiera asomar, el posible naufragio de las investigaciones y castigo a hechos de corrupción o la transformación del dispositivo con el que opera la alianza entre la elite económica, sindical y política. Sin incentivos para generar un funcionamiento significativamente diferente impresiona, que estas como otras ofertas, no se cumplirán.

El principal verdugo de los ímpetus transformadores de Cambiemos fue la recurrente incapacidad de la coalición para torcer el estancamiento económico y por ende entusiasmar con un futuro que prometa una modernización que habilite un mayor bienestar.

El aval de un nuevo gobierno legitimado por el voto es un comienzo invaluable, pero sabemos que es insuficiente para torcer este destino de pobreza

El escenario electoral se presentó con ideas dicotómicas. Hasta las PASO parecía una puja bastante simétrica entre discursos que no pueden imponerse al otro ni aplicar un orden superador. La campaña solo se planteó transmitir la imagen de un horror ajeno. El propósito de esa tormenta retórica parecía buscar más la supervivencia de una elite en competencia por sostenerse que la de una dirigencia comprometida por vencer tanto atraso. Ese juego no afecta el aislamiento que va circunscribiendo a cada vez más porciones de la población.

Polarización. Dentro de las muchas excepcionalidades que sufrimos existe una inusual polarización. Por un lado, aquellos que sin tener un resultado para enorgullecerse se aventuran a enseñarle al mundo como Argentina resuelve los dilemas universales que el resto del mundo no puede esclarecer y que contemplan desde las paradojas del capitalismo, las insuficiencias de la democracia o la resolución de la pobreza. En la otra vereda los que prometen que con sólo pertenecer al sistema global esta tierra conquistará un destino más prospero. Los resultados muestran que este debate es impotente para torcer un empobrecimiento económico y cultural que no cesa.

La democracia desde la reinstauración del '83 permitió marcar un límite que implica el respeto por la vida y la convivencia. Es un logro que debe revalorizarse. Hemos expandido los derechos políticos, individuales y humanos. Tenemos una aspiración igualitaria mas los resultados económicos y sociales no permiten materializar esas ambiciones.

Hay tantas hipótesis para entretenerse sobre los motivos por los cuales la Argentina afronta su tediosa frustración que solo revisarlas puede llevar varios mandatos presidenciales.

La idea de consenso sólo parece determinar las acciones de la élite cuando se enfrenta a alguna catástrofe redistributiva o a una administración que desea compartir los fracasos. Estaríamos frente a ambos casos. El nuevo tiempo político y económico implica asumir y exponer un escenario penoso en donde la mayoría sufrirá, una vez más, restricciones y un nuevo ajuste de sus expectativas.

Democracia. La oferta política es seductora en la medida que captura el malestar y propone ilusiones deseables para el electorado. Es una de sus funciones en la competencia electoral. Un tema actual que alcanza a todas las democracias es evaluar los  instrumentos  que poseen los gobiernos a la hora de administrar  sociedades que padecen deterioros en sus posibilidades económicas y que afectan los derechos adquiridos. En esta disputa se debe determinar qué ideal regulará esta etapa de resignaciones, en aras de que se pide posponer satisfacciones para la construcción de un futuro más venturoso, quién tiene los atributos para anunciar semejante resignación y cómo se realinearán las fuerzas contrapuestas de los actores.

El aval de un nuevo gobierno legitimado por el voto es un comienzo invaluable, pero sabemos que es insuficiente para torcer este destino de pobreza.

Las personas y las sociedades tienen un enorme conflicto para conciliar sus intereses individuales o sectoriales con una meta compartida. Aún con el bien público. Europa alcanzó su unidad luego de un desastre sin precedentes. El capitalismo consiguió un instrumento como el Estado de Bienestar luego de muchas catástrofes. Hasta ahora nuestro sistema político no ha logrado que cada decepción, con su estela de destrucción, cohesione a los diferentes sectores en un proyecto superador. En la Argentina pareciera que no es suficiente tomar a la ignorancia, la hipocresía, la pobreza, la desigualdad, el atraso, la mentira y el robo persistente como un enemigo. Es muy difícil pelear contra una amenaza que se naturaliza. Nuestros derrumbes económicos son desastres que nos mortifican pues los vivimos como una afrenta de los otros contra cada uno. Cada caída rompe tejido social y psíquico.

Los peligros pueden instituir mayorías creativas. Es tarea de todos intentar que esta nueva frustración origine mejoras persistentes y que los conflictos muevan a transformar la realidad que nos atormenta. Instituir un ideal que compartamos y organice nuestros esfuerzos sería útil.

 

(*) Médico y Máster en Ciencias Políticas (UNSAM / The New School for Social Research). Miembro del Club Político Argentino.


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