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domingo 21 abril, 2019

"Desobediencia debida" de los hijos de los represores de la dictadura

El colectivo Historias Desobedientes, conformado por hijos de represores, acaba de publicar un libro que reúne sus documentos junto con relatos de sus historias personales.

Ariel Hendler

Identidades. Carolina Bartalini, Analía Kalinec y Bibiana Reibaldi. Protagonistas de historias necesarias. Foto: Cuarterolo

La adolescente Liliana Furió viajaba en el asiento trasero del auto familiar de Mendoza a Buenos Aires el 24 de marzo de 1976 cuando la radio anunció que acababa de consumarse el golpe de Estado. Eufórico por la noticia, su padre, mayor del Ejército destinado en esa provincia, empezó a dar bocinazos y a gritar de alegría por la ventanilla. Claro, no podía saber que cuarenta años más tarde su hija iba a formar parte del primer agrupamiento de hijos y familiares de genocidas creado con el propósito explícito de repudiar los crímenes que perpetraron durante la dictadura.

El colectivo se llama Historias Desobedientes y surgió a partir de la comunicación que comenzaron a establecer a través de las redes sociales varias hijas e hijos de represores en 2016, año del 40º aniversario del golpe. Las primeras en encontrarse fueron Analía Kalinec (39), maestra, psicóloga e hija de un ex comisario de la Policía Federal condenado a prisión perpetua en 2010 por delitos de lesa humanidad, y Liliana (56), cuyo padre también fue sentenciado a perpetua pero cumplió la condena en forma domiciliaria a causa de su edad y estado de salud. Hoy el colectivo cuenta con más de medio centenar de hijos, hijas, nietos, nietas, hermanos, sobrinos e hijastros, y calculan otros cincuenta más que ya han entablado contacto, repartidos en todo el país y algunos en el exterior.

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Furió define al colectivo como “orgullosamente desobediente de todos los mandatos de silencio impuestos para encubrir un genocidio”. Kalinec, a su vez, asegura que encontró en este agrupamiento su “lugar en el mundo”, y un ámbito en el que puede por fin plantarse con la frente alta: “Desde que empecé a asumir la condición de genocida de mi papá me sentí siempre en un lugar de paria. En mi casa era la desagradecida, la mala hija, y afuera sentía que no tenía derecho a compartir ciertos ámbitos que me interesaban porque me daba vergüenza contar de dónde venía, pero tampoco me cerraba ocultarlo. Entonces, ¿cómo y dónde me podía ubicar frente al mundo?”, se preguntaba entonces y se pregunta aún hoy, aunque ya encontró la respuesta.

También para la psicopedagoga Bibiana Reibaldi (63) fue duro saber que su padre, oficial  de Inteligencia del Ejército, se dedicaba a “marcar personas que después iban a buscar las patotas a sus casas”, o escucharlo argumentar que “la parte más piadosa de la guerra (sic) fue haber salvado a los bebés y llevarlos con otras familias”. Por eso, se sumó a ese puñado de mujeres que el 3 de julio de 2017, en ocasión de una de las marchas por Ni Una Menos, llevaron por primera vez su propia bandera con una leyenda increíble: “Historias desobedientes. Hijos, hijas y familiares de genocidas por la verdad, la memoria y la justicia”. Hoy Bibiana asegura que milita allí “desde el fondo del dolor y la vergüenza que debimos romper para salir a hablar”.

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Buena parte de estas historias están narradas en el libro Escritos desobedientes (Marea), publicado recientemente, aunque muchos de los textos incluidos habían sido escritos para la página de Facebook Historias Desobedientes y con faltas de ortografía. La primera parte del volumen está dedicado a las “Historias de vida”: relatos íntimos de vivencias familiares, padecimientos y rebeldías, muchos de ellos con gran vuelo literario; la segunda incluye los comunicados y pronunciamientos sobre diversos temas como el  beneficio del “2x1”, el otorgamiento de prisión domiciliaria a genocidas o el caso de Santiago Maldonado, entre otros. Son las dos caras de un testimonio que se proyecta también al presente.

Cierra el libro un ensayo luminoso de la semióloga chilena Verónica Estay Stange, quien participó también de su presentación en el Centro Cultural Haroldo Conti. Los textos fueron compilados por Analía y editados por la escritora y docente Carolina Bartalini (35), también integrante del colectivo, quien se esmeró por respetar la heterogeneidad de estilos y las distintas formas del lenguaje inclusivo: con “e” o con “x”, según el caso. Un signo de los tiempos, igual que la clara mayoría femenina en este colectivo, que viene a aportar una voz novedosa y heterogénea al campo de los derechos humanos.

Géneros y mandatos. Historias Desobedientes se dio a conocer durante las protestas contra el “2x1”, en mayo de 2017, “en un momento de fuerte regresión en políticas de derechos humanos por parte del gobierno actual y en un contexto de fuerte giro hacia la ultraderecha en todo el continente y el mundo”, explica Bartalini. Pero admite que la aparición del colectivo está vinculada también a fenómenos paralelos como la creciente marea verde del Ni Una Menos: “Generaron una coyuntura política y social que también nos interpela y nos atraviesa”.

Por lo pronto, todos estos afanes, aunque diversos entre sí, coinciden en el cuestionamiento a la cultura machista y patriarcal. En este sentido, Kalinec opina que uno de los objetivos del colectivo es “reflexionar sobre estos mandatos y sus efectos en las dinámicas intrafamiliares, puntualmente en las familias castrenses en las que nos criamos”. Carolina cuestiona también el rol que tuvieron las mujeres y abuelas en esas familias: “Sin duda, su silencio y sumisión resultaron funcionales”.

Sin embargo, el colectivo no considera que las historias individuales sean el eje de su accionar, tal como explica Reibaldi: “Así como lo político se expresa a nivel micro en cada familia y en cada persona, a la inversa, toda historia personal es también política”. Es decir que, más que los motivos personales de sus integrantes, cuenta sobre todo su toma de partido política y pública: “Si bien nosotros ya hemos podido interpelar a nuestros padres y repudiar lo que hicieron, nuestra actitud personal nunca tuvo la fuerza que tiene este colectivo”, agrega.

Analía coincide en que el hecho de ser “hijos de” no es lo que los define, sino su posicionamiento ante esa realidad: “No centramos nuestra militancia en el vínculo con nuestro familiar genocida sino en el repudio a sus crímenes, porque somos un movimiento social con vocación política de incidir en el ámbito público”.

En este sentido, una de sus acciones concretas fue la presentación en forma colectiva de un proyecto de ley elaborado por el abogado Pablo Verna –también hijo de un represor– para modificar dos artículos del Código Procesal Penal que impiden a los hijos denunciar o testificar contra sus padres: el objetivo es que esta prohibición sea cancelada en los juicios por crímenes de lesa humanidad. La propuesta se presentó por mesa de entradas en el Congreso de la Nación en noviembre de 2017 y hasta hoy nunca fue tratada. Kalinec advierte: “No nos importa quién tipeó unos nombres a máquina o tiró a cien personas al río. Para nosotros son todos genocidas”.

De Etchecolatz al Manifiesto

La hija del ex comisario Miguel Etchecolatz, Mariana, querelló ante la justicia de familia en 2014 para cambiarse el apellido paterno y renunciar a su condición de hija de quien fue durante la dictadura la mano derecha del general Ramón Camps en la Policía Bonaerense. Lo consiguió en 2016 y desde entonces lleva su apellido materno: Dopazo. También participó, entre otras acciones, de las protestas contra el otorgamiento a su (ex) padre del beneficio de la prisión domiciliaria. 

Una situación inversa sufre hoy Analía Kalinec, miembro del colectivo Historias Desobedientes, quien fue demandada hace poco por su padre –condenado por crímenes de lesa humanidad– y sus dos hermanas en forma conjunta para que se la declare “indigna” y por lo tanto se la inhabilite para heredar bienes de su madre, fallecida en 2015. Pero, más que el perjuicio material, Analía dice lamentar que sus hermanas compartan el punto de vista y los argumentos del padre genocida.

“Manifiesto” (fragmento). Tomamos el ejemplo de los organismos de derechos humanos, de las Madres, de las Abuelas, de los hijos, de los sobrevivientes, de los familiares. El amor y la constancia en la búsqueda de memoria, verdad y justicia han sido nuestro faro en medio de tanta oscuridad. Por ellos entendimos que teníamos que estar juntes, organizarnos colectivamente y participar de manera activa y comprometida en este presente que nos insta a superar la vergüenza y a trascender las individualidades para construirnos como una voz que diga lo que hasta ahora no se ha dicho en este país: las hijas, hijos y familiares de genocidas repudiamos sus crímenes, sus prácticas represivas, sus pactos de silencio e impunidad. Nosotres no nos reconciliamos. No perdonamos. Y no nos callamos.

Decidimos hacer públicos nuestros escritos, convencides de que pueden ser un aporte a la memoria colectiva y a la construcción de un país más justo y solidario, sin ataduras ni condicionamientos. Consideramos que es preciso el trabajo mancomunado, no solamente desde nuestro hacer cotidiano a través de la desobediencia personal y familiar –que existía previamente a la conformación de Historias Desobedientes–, sino también por medio de la expresión colectiva que hace posible la escritura. En efecto, creemos que nuestros relatos pueden ayudar a desentrañar y develar aquello que todavía está oculto en tantes otres. “Al silencio nunca más”, es nuestro grito colectivo.

Ahora que nos encontramos y que juntes manifestamos nuestro repudio, queremos multiplicarnos, despertar otras voces acalladas, sometidas como antes estuvieron las nuestras, porque sabemos que son muches les que se niegan a admitir el horror cometido y que, por distintos motivos, aún no han podido liberarse. Tenemos claro que el mandato de silencio, el disciplinamiento de los cuerpos y las identidades, el plan sistemático de represión, desaparición, asesinato y robo de niñes fue un genocidio de Estado que pretendió quebrar los lazos comunitarios y echar atrás los logros en materia de derechos y conquistas sociales. No nos sometemos tampoco al individualismo, práctica que los genocidas y sus cómplices civiles, judiciales, empresarios y eclesiásticos pretendieron imponer, y cuyas secuelas todavía están muy presentes en nuestra sociedad actual.


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