1st de March de 2021
ESPECTACULOS Diego Peretti
14-09-2019 01:30

"Estamos viviendo un suicidio en masa"

Estrena Iniciales S.G., donde interpreta a un ser que según él representa la mediocridad del país. Considera que no falta diálogo sino grandeza, y confiesa que lo tiene harto el Boca-River en la política.

Juan Manuel Domínguez
14-09-2019 01:30

La estrenada en la pasada edición de Tribeca, Iniciales S.G. es, sin dudas, la película más salvaje, y probablemente la mejor, en la carrera actoral de Diego Peretti. El actor del éxito que fue Mamá se fue de viaje ahora es el S.G. del título que se estrena el 19 de septiembre: Sergio Garces, un actor secundario en un momento crucial de su vida durante el Mundial de Fútbol de 2014, precisamente en las instancias de la final. Sobre el personaje de los directores y guionistas Rania Attieh y Daniel García, Peretti confiesa: “Es un personaje que escribieron Rania y Daniel, que son un matrimonio, son neoyorquinos pero de ascendencia libanesa, ella, y mexicano, él. Ellos vinieron a Argentina a filmar una publicidad, vieron cómo fue la Argentina en 2014, se quedaron impresionados tanto como para escribir este guión. Es un guión que apenas lo leí, a pesar de lo extraño y extremo de la película y el personaje en sí, me pareció interesantísimo. No sé cómo hicieron, o sí, para tener una mirada que les permitió metaforizar lo más patético y negativo de la Argentina en este personaje.”

—Es cierto que puede ser un personaje que destila bastantes idiosincracias molestas de los argentinos. ¿Lo viste siempre así?

—Muy molestas. Esta cosa hedonista, esta cosa fanática. Bueno, estamos viviendo un suicidio en masa bastante repetido. Un tipo que no piensa, que es un inmaduro, sin ningún tipo de estrategia de porvenir. Hay escenas donde podés ver que este tipo no le llama que una mujer le llame la atención en algo. Se emperra con eso. Eso es muy tanguero, muy de machirulo inmaduro (más que de machirulo peligroso).

—¿Cómo se vive un personaje con una oscuridad tan particular?

—Bueno, cuando están bien escritas las escenas y dirigen como dirige este matrimonio no es muy difícil. Obvio que juega un papel la imaginación, pero yo me divierto artísticamente mucho en un personaje así. Me permite ser alguien que está muy lejos de mí, y permite que esto no sea un chiste, que vaya a fondo (y que tenga comedia y suspenso).

—¿Cómo es estrenar en la Argentina en este momento?

—Mirá, la película se estrena y hace ocho meses ya sabíamos que iba a ocupar esa plaza. También creo que es una película que se estrena en el momento en que justo nos estamos automatando. Nosotros estamos repitiendo cosas. Si la Argentina fuera un personaje sería Sergio Garces. O sería un adolescente perdido, sin saber qué hacer de su vida.

—¿Qué quiere decir eso?

—Es muy inmaduro lo que nos está ocurriendo. Es inmaduro desde la distancia. Si uno está adentro es peligroso. Porque repetir los errores de la manera que los repetimos nosotros no da un buen porvenir. No quiero ser pájaro de mal agüero, pero hay mucha gente contenta, mucha gente triste, porque ganó River o perdió Boca, y todas son, a mi criterio, pelotudeces enormes con respecto a lo que pasa estructuralmente en el país desde, digamos, la democracia moderna, del 83 para acá, que es la democracia más válida desde que somos Nación, la menos intoxicada digamos, y estamos igual. No arranca. Algo debe ocurrir para que arranque. Un botón que no estamos sabiendo apretar.

—¿Te molesta el River-Boca particularmente?

—En la política sí. En la política sí porque son sinvergüenzas. Es llamar a un teléfono y decir: “Las políticas de Estado que va a tener Argentina asuma Mussolini o el Che Guevara van a ser éstas, que tienen que ver con la educación, con la deuda, con la vivienda, con los pobres”. Eso lo pueden hacer Macri, Cristina, Alberto y Choronga. Lo pueden hacer. No lo hacen porque les conviene. Sin egoísmo y pensando en la gente se sale de esto. Sin un cambio estructural en serio, se saldrá, habrá plata cinco años y se vuelve a lo mismo. Hasta que no haya una asamblea nacional donde se decida qué cosas no se tocan y desde ahí sí avanzamos, seremos un país que va de vaivén en vaivén dependiendo de si gana River o gana Boca.

—¿Cómo se puede salir de esos vaivenes?

—La gente vota bien. El problema es lo que hace la dirigencia con lo que vota la gente. Esto lo quiero aclarar, cuando hablo de sátrapas no hablo de la gente. Nunca haría eso. La gente vota bien. Votó bien ahora, votó bien antes a Alfonsín, a la Alianza. El problema es lo que hacen los dirigentes con ese voto. Hace idioteces. Si hacés un referéndum ahora y le preguntás a la gente si les gustaría que la fuerza mayoritaria se una y fijen cuatro o cinco políticas de Estado, el referéndum sale 90% positivo. Sin embargo, eso no lo hacen. Entonces, hay una disociación en la opinión de la gente que vota y el dirigente que votan, que no hacen lo que la gente vota.

—¿Qué te dan ganas de contar a vos en este momento, si pudieras mostrar desde un relato, quién sos en este momento y dónde estás parado?

—Me gustaría meter en una película a un turista de una Argentina hecha bien pelota, que ya no es ni país, a un kirchnerista y un macrista que se tengan que salvar la vida mutuamente. Cuando yo hacía psiquiatría, yo compartía la residencia con psicólogos. Ellos venían de psicología y eran bien lacanianos. Teníamos guardias, un psicólogo y un psiquiatra, y teníamos que ir a atender a un paciente psicótico. Ibamos con discursos completamente distintos incluso para un mismo objeto de estudio. Pensábamos en hacerle bien a esa persona. No es que discutíamos y no lo tratábamos. Discutíamos y usamos lo mejor nuestro para tratarlo. Eso es lo que quiero decir. Acá falta grandeza. No diálogo. Sobra verso acá. Eso ya lo tienen aprendido. Me parece bien que haya ilusión, fe, que es un sentimiento que te hace ver lo que no es (y que me parece muy bien y necesario). Pero la estrategia no puede ser “voy a echar al otro”.

Entonces uno es gorila, el otro es grasa populista, y así tiramos gente para afuera permanentemente.

Lo humano y lo patético

—¿Te molesta particularmente esa idea de mediocridad que ignora ser tal que decías que representa a tu personaje?

—Sergio Garces es un mediocre pura cepa. Hubo algún malentendido en algún momento, creyó que él tiene una autoestima a veces, casi arrolladora sin saber de dónde sacar material para esa autoestima. Eso lo redime porque es un mediocre sin solución. El mediocre que se da cuenta de sus limitaciones es un hombre más mesurado, más tranquilo, menos mandado. No sabría decirte si mi personaje sabe o no, que lo es. Pero si lo sabe, no le importa. Sigue para adelante.

—¿Cuál creés que es el valor de una película tan distinta y poderosa en el panorama del cine nacional?

— Los directores metieron todo esto en un personaje y lograron intriga, suspenso, en medio de un “glamoroso” festival de cine independiente, donde se quiere lucir como extra, y de un Mundial donde fuimos finalistas. Todas situaciones muy patéticamente humanas. Va a fondo con lo mediocre, lo patético, lo necio, lo inculto, lo ignorante, con cierta ingenuidad también que hace que lo redimas un poco. Cree que sí, pero no tiene mucho para dar.

—¿Cómo creés que debe reaccionar el arte en nuestro país a la situación que describís?

—En eso por suerte no podemos quejarnos. Argentina, Buenos Aires, y otros lugares son seudópodos del país que tienen cierta sanidad. La existencia de nombres como Eduardo Pavlovsky, Solá, los grandes actores de La Patagonia rebelde, o incluso La odisea de los giles, que me recuerda a lo mejor de nuestro cine, permite eso y más. El cine y el teatro (y su vida como teatro independiente) dejan ver cómo el arte es intenso aquí, un fuego bien prendido.

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