Hace algunos años, el vino estaba casi garantizado en la mesa. Hoy, en muchas cenas, la pregunta ya no es “¿tinto o blanco?”, sino “¿tomamos vino o no?”. Y cuando aparece, rara vez es por costumbre: es por elección. El ritual de descorchar una botella atraviesa una crisis silenciosa que va mucho más allá de los números.
El consumo de vino cae a nivel mundial y los informes coinciden en que estamos en el punto más bajo de los últimos cincuenta años. En Argentina, la tendencia es clara. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), el consumo per cápita continúa en descenso y hoy se ubica por debajo de los 20 litros anuales, lejos de aquellos años en los que el vino era parte cotidiana de la mesa.

Durante mucho tiempo, la explicación pareció sencilla: inflación, cambios de hábito, nuevas bebidas. Pero el fenómeno es más profundo. Las nuevas generaciones —millennials y Gen Z— no beben “porque sí”. Priorizan el bienestar, la salud y una relación más consciente con el alcohol. Menos cantidad, más intención. Menos frecuencia, más elección. Se busca conectar con lo que se está bebiendo.
Sin embargo, hay una autocrítica que el propio mundo del vino todavía esquiva. Durante años, muchos de nosotros —sommeliers, enólogos, comunicadores— fuimos quienes contribuyeron a convertir al vino en un objeto elitista. Sin querer, se instaló la idea de que para beber vino hay que entender, saber de regiones, de cepas, de aromas, de años. El resultado fue previsible: mucha gente empezó a sentir que el vino no era para ella.
Este nuevo escenario cambia también la forma de elegir. Ya no importa tanto la ficha técnica, los puntajes o los premios. Importa el contexto. Un vino para un asado, para una cita, para una charla larga. Historias simples, momentos posibles. En paralelo, crecen las opciones low alcohol, sin alcohol o de perfil más liviano, un terreno que Argentina recién empieza a explorar.
Este cambio obliga a las bodegas a repensar estrategias, pero también abre una oportunidad enorme: devolverle al vino algo que nunca debió perder. Cercanía. Placer. Naturalidad. Y volver a conectar más conscientemente con los consumidores.
La pregunta que hoy circula en bodegas, restaurantes y vinotecas es clara: ¿estamos ante un declive irreversible o frente a una corrección cultural? Tal vez la respuesta sea incómoda, pero necesaria: menos solemnidad, más disfrute.
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