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La pausa también es salud

Por Marianela Belisario, Medica Psiquiatria y Nerina Mattio, Medica Tocoginecologa. Galería de fotos

La pausa también es salud
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Hay algo que se repite en la época que nos toca vivir: estamos cansadas, pero seguimos. Dormimos pensando en lo que falta hacer. Comemos mientras respondemos mensajes. Trabajamos mientras hacemos compras, organizamos turnos, cuidamos, acompañamos.

La pausa también es salud

Vivimos atravesadas por la hiperproductividad y la hiperconectividad.

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Siempre hay un pendiente, una respuesta que dar, una tarea que completar, una meta que alcanzar. Hasta el descanso se convierte en tarea.

Ya no necesitamos que alguien nos obligue permanentemente a producir. Incorporamos esa exigencia. Nos convertimos en nuestras propias supervisoras: nos exigimos más y sentimos culpa cuando no llegamos.

¿Cuánto de nuestro cansancio estamos tratando como un problema individual cuando, en realidad, tiene un origen sociológico, cultural?

Desde la perspectiva de la psiquiatría clínica, lo que a menudo tratamos en el consultorio como un malestar individual es, en realidad, el reflejo de un engranaje social que empuja al sujeto a un ritmo insostenible. El cuerpo y la mente no están diseñados para procesar esta velocidad; por eso, frenar no es un acto de debilidad, sino una necesidad biológica de supervivencia.

La exposición permanente a demandas y estímulos mantiene activados los sistemas de respuesta al estrés, dificultando el descanso, aumentando la ansiedad, la sensación de agotamiento, y también la frustración por no alcanzar ciertas expectativas sociales.

Frente a este panorama colectivo, el verdadero punto de inflexión no radica en aplicar recetas empaquetadas o soluciones mágicas, sino en el acto fundamental de tomar registro. En la práctica clínica, el paso más valioso ocurre cuando la persona logra interrumpir el automatismo cotidiano para observar su propio estado. Implica hacer conscientes las señales que la velocidad nos impide ver.

Este registro vivencial es el que rompe la inercia de la prisa; no se puede transformar una realidad que primero no se ha aprendido a mirar y validar.

Recuperar la pausa puede convertirse en un refugio.

No como premio después de haber cumplido con todo —porque probablemente nunca terminemos de cumplir—, sino como una *necesidad humana y un recurso de salud*.

Pausar es interrumpir, aunque sea por un momento, la lógica de la urgencia.

Es permitir que el cuerpo salga del estado de alerta. Es hacer lugar al silencio, a los sentidos, al aburrimiento, a la conversación sin objetivo, al encuentro con otras personas.

Necesitamos condiciones que hagan posible descansar. Espacios donde no haya que producir, responder, resolver ni demostrar nada.

Desde Ciclar queremos abrir justamente esa pregunta. No para sumar una nueva tarea a nuestra lista de pendientes, ni para decirnos que ahora también tenemos que aprender a pausar. Todo lo contrario.

Queremos preguntarnos: ¿qué lugar tiene la pausa en nuestra vida? ¿Cuándo fue la última vez que pudimos detenernos sin sentir culpa? ¿Alguna vez cuestionamos el ritmo al que estamos viviendo? ¿Quién decidió que había que vivir así?

Esta es nuestra invitación: no a hacer más, sino a preguntarnos qué pasaría si, de vez en cuando, pudiéramos hacer un poco menos.

Solo abrir un espacio para imaginar que otra relación con el tiempo —y con nosotras mismas— también es posible.