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Mariana y el día que su cuerpo habló lo que ella callaba

Mariana se fue de su ciudad para perseguir un sueño que no era solo suyo: también cargaba con las expectativas, sacrificios e ilusiones de toda una familia detrás. Hasta que, un día, su cuerpo dijo lo que ella nunca se permitió sentir. Una historia sobre el costo invisible de ser “la que puede con todo”. | Por Dalina De Cicco, Lic. en Psicologia.

Mariana y el día que su cuerpo hablo lo que ella callaba
Mariana y el día que su cuerpo hablo lo que ella callaba | CONTENT PERFIL

Mariana llega al consultorio con una sonrisa breve, de esas que aparecen por educación y se esconden rápido. En el ascensor hablamos del clima y en sus gestos noto una timidez que parece acompañarla desde hace tiempo. Tiene 19 años y la mirada inquieta de quien todavía no termina de habitar del todo los espacios que pisa.

Cuando le pregunto por qué decide venir, responde:

—“Mis amigas me dijeron que me iba a hacer bien.”

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Está en segundo año de Medicina y sostiene estrategias de estudio impecables que la acercan a su objetivo: convertirse en médica.

—“Sería la primera universitaria de la familia, todos están contentos.”

Dejó Santa Cruz para instalarse en Buenos Aires y perseguir ese sueño. Sin embargo, su mirada brillante cargada de lágrimas me confirma que eso no es todo.

Recuerda que, al terminar su primer año de facultad, después de aprobar el último final, se subió a un colectivo para volver a la pensión.

—“Me empecé a descomponer en la parada… pensé que era el calor. Después no podía respirar bien. Sentí que se me acalambraban las manos y no podía hablar. Pensé que me habían drogado, mi papás siempre me dicen que ven esos casos en el noticiero. Perdí el control de mi cuerpo.”

Hace una pausa breve.

—“Una mujer policía me acompañó hasta mi parada. Me senté en la vereda y lloré mucho… supongo que fue el alivio. Nada grave.”

Ríe con timidez, las lágrimas ya no se esconden.

Lo que ella nombra como confusión y susto tenía la forma silenciosa de un ataque de pánico. No llegó en un momento de fracaso, sino de logro. Como si el cuerpo hubiese esperado cruzar la meta para, recién entonces, permitirse caer. A veces, el cuerpo grita lo que la voz aprendió a callar.

Mariana es la primera mujer de su familia en irse a estudiar una carrera universitaria. Creció rodeada de mujeres fuertes, de esas que “pueden con todo”. Durante ese año sostuvo una promesa invisible: no fallar, no volver, no llorar. Cada vez que extrañaba su casa, se refugiaba en el estudio o en una serie que le anestesiara la nostalgia. Se mantuvo eficiente, entera, disponible para todos… menos para sí misma. Ninguna emoción desaparece por ignorarla; solo cambia de idioma.

Ese día, en el consultorio, Mariana lloró.

Lloró la ventana de su habitación en Santa Cruz.

Lloró los abrazos de su mamá al terminar un año difícil.

Lloró el peso de los sueños heredados. No lloraba por su meta, lloraba por todas aquellas que no tuvieron la posibilidad. En cada noche de estudio, su mochila cargaba más historias y expectativas de las que podía sostener.porque no le pertenecían. No tenía deudas que saldar.

A veces el desarraigo no duele cuando nos vamos, sino cuando dejamos de distraernos y tratamos de cambiar el final de historias que no nos pertenecen, como mariana con las mujeres de su familia.

Y lo que no encuentra palabras, encuentra síntomas.

Porque sentir tarde también es sentir… solo que el cuerpo suele cobrar intereses.

Dalina De Cicco | Lic. en Psicologia (MN 79148)
Instagram: depsico.logia