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opinión

EE.UU. e Israel abren un frente que puede reordenar la región

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Escalada. Fuerzas iraníes disparan un misil contra territorio israelí. | afp

El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní —reconocido públicamente por Washington como una operación militar en curso— no es un episodio aislado: es un mensaje estratégico. En términos geopolíticos, apunta a tres objetivos simultáneos: degradar capacidades que Occidente perci be como “amenaza inminente” (nuclear/misiles), recuperar disuasión regional después de años de guerra por delegación, y empujar el tablero interno iraní hacia un escenario de crisis de legitimidad. Medios internacionales denunciaron explosiones en múltiples ciudades y un clima de pánico social, con impactos directos sobre la gobernabilidad doméstica.

El problema es que, a diferencia de otras campañas punitivas, Irán no es un actor pasivo ni un “teatro periférico”. Es un nodo: conecta energía, rutas marítimas, milicias aliadas, guerras latentes y la competencia entre grandes potencias. Por eso, lo ocurrido abre un nuevo foco de tensión mundial que se suma al ya inestable eje Afganistán–Pakistán: un mundo con demasiados frentes activos tiende a perder “gestión” y a ganar “accidente”.

Capacidades y limitaciones. Estados Unidos e Israel llegan con superioridad tecnológica, inteligencia, reabastecimiento, guerra electrónica y capacidad de ataque de precisión a distancia. La combinación de plataformas aéreas, misiles y arquitectura ISR (inteligencia–vigilancia–reconocimiento) permite golpear infraestructura crítica sin ocupar territorio. Pero tienen dos límites estructurales:

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1. El límite de la “campaña corta”: si el objetivo real es degradar en profundidad (misiles, mando y control, instalaciones endurecidas), la escalada puede volverse prolongada y políticamente costosa. Chatham House advirtió que las acciones siguieron a una acumulación militar estadounidense en la región y que el escenario inicial ya es de escalada, no de “golpe quirúrgico” aislado.

2. La vulnerabilidad regional: bases, aliados y rutas marítimas quedan expuestas a la respuesta asimétrica.

Irán, por su parte, combina capacidad convencional limitada (frente a EEUU) con una caja de herramientas asimétrica muy amplia: misiles balísticos y drones, cibercapacidades, presión marítima, y red de aliados/“proxies” en distintos teatros. Al analizar escenarios de respuesta, Teherán puede preferir respuestas proporcionales para evitar una guerra total, pero con capacidad de infligir costos significativos mediante ataques a bases, aliados y tráfico marítimo.

Su limitación central no es “tener o no tener” medios: es sostener una escalada bajo castigo aéreo y sanciones, evitando a la vez que el conflicto erosione su estabilidad interna.

Efectos regionales: el riesgo del “incendio por periferia”. El primer anillo de afectación es Medio Oriente ampliado. El patrón más probable es una combinación de:

• Ataques directos o indirectos contra activos estadounidenses e israelíes en la región. Se reportaron advertencias iraníes sobre considerar “objetivos legítimos” a intereses de EEUU e Israel en Medio Oriente.

• Presión sobre el Golfo (bases, infraestructura energética, puertos).

• Riesgo marítimo: el Estrecho de Ormuz vuelve a ser el “punto de palanca” por excelencia. Diversos análisis prevén interferencia naval o bloqueo/hostigamiento que podría disparar precios y seguros de navegación.

Además, Europa ya mostró preocupación por una escalada que afecte a civiles, rutas y estabilidad regional, y pidió retorno a una solución negociada.

Efectos globales. Si Ormuz se tensiona, el impacto deja de ser “regional”: energía y transporte repercuten en inflación global, balanza de pagos de importadores y estabilidad social en países frágiles. A eso se suma la “contaminación estratégica” del sistema: otra crisis mayor absorbe atención, munición diplomática y recursos militares, en un momento en que el mundo ya administra múltiples conflictos abiertos.

En paralelo, el episodio erosiona aún más la autoridad práctica de los mecanismos multilaterales: Rusia, por ejemplo, denunció el ataque como “agresión armada” y empujó una agenda en el Consejo de Seguridad.

Posturas de las potencias. China. Su prioridad es estabilidad energética y previsibilidad comercial. Beijing tenderá a reclamar “desescalada” y solución política, mientras busca proteger sus flujos (energía, rutas) y capitalizar diplomáticamente el desgaste occidental. Pero evitará comprometerse militarmente: su ganancia está en el costo estratégico que paga EEUU por abrir otro frente, no en entrar al combate.

Rusia. Ya reaccionó con condena dura y narrativa de “agresión” y “pretexto de cambio de régimen”, ofreciendo mediación. A Moscú le conviene fracturar consensos occidentales, elevar costos energéticos (si suben precios), y reforzar su rol como actor indispensable.

Pero también enfrenta un dilema: demasiada escalada puede generar inestabilidad impredecible en el flanco sur ruso y complicar su propia agenda.

Arabia Saudita. Riad buscará evitar que la guerra dañe su estabilidad interna, su inversión y su imagen de “polo de orden” regional. Su postura más probable será condenar la escalada y exigir contención, mientras refuerza defensa aérea y protección de infraestructura. En paralelo, un precio del petróleo al alza puede beneficiar fiscalmente, pero una guerra cerca de sus rutas y plantas es un riesgo existencial: preferirá precio alto sin caos.

India. Nueva Delhi es pragmática: necesita energía, preserva vínculos con Israel y EE.UU., pero también busca sostener márgenes con Irán por conectividad regional y autonomía estratégica. Su inclinación será pedir moderación, proteger cadenas de suministro y evitar alineamientos absolutos. Con un mundo más inestable, India intentará convertir “neutralidad activa” en influencia.

Un mundo con frentes simultáneos. Sumar un conflicto abierto EEUU–Israel–Irán al eje Afganistán–Pakistán implica algo más que “otra guerra”: implica simultaneidad. Y la simultaneidad es el caldo de cultivo del error de cálculo: una represalia que pega donde no debía, un derribo, un ataque a un buque, una base saturada, un actor no estatal que busca escalar por cuenta propia. El sistema internacional se vuelve menos diplomático y más operativo; menos de comunicados y más de misiles.

La Argentina. La pregunta final es incómoda, pero inevitable. Porque si el mundo entra en una fase donde la fuerza vuelve a ser herramienta normalizada, la Argentina no puede seguir discutiendo defensa como si fuera un tema “prescindible”.

Los datos de gasto son elocuentes: los registros internacionales muestran que Argentina ha invertido históricamente menos del 1,5% del PBI regional en defensa en los últimos años y en el presente ejercicio se estima que lo reducirá a un mínimo histórico del 0,47 % del PBI. Eso explica perdida de recursos humanos, capacidades intermitentes, obsolescencia y dificultades para sostener adiestramiento, logística y presencia efectiva en espacios críticos.

Es cierto que hay señales parciales de recomposición, como la incorporación progresiva de F-16 y Vehículos Stryker (con cronogramas de entrega a varios años) que apunta a recuperar una capacidad aérea perdida. Pero la defensa nacional no se arregla con una plataforma: se recompone con sistema (doctrina, personal, mantenimiento, munición, radares, interoperabilidad, ciber, mar, logística, reservas, industria, y conducción política sostenida).

En un mundo donde la coerción vuelve a ocupar el centro, la Argentina —con Malvinas, Atlántico Sur, Antártida y un espacio marítimo gigantesco— no puede darse el lujo de un Instrumento Militar “desarticulado”. No para “ir a la guerra”, sino para que nadie pueda imponerle condiciones por ausencia de disuasión. La defensa, al final, es el seguro estratégico que solo se valora cuando ya es tarde.

*Teniente General (R)