(San Pablo).- La perspectiva de una prolongación de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, provocó una reacción fuerte del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. “No sé cuánto va a demorar este conflicto en acabar”, se lamentó, luego del mensaje televisado anoche por el jefe de la Casa Blanca Donald Trump. Para el líder brasileño, la contienda “es irresponsable”, pues había grandes chances de negociación. Lo más complicado, en su visión, es el potencial negativo que representa para las elecciones de octubre próximo: “El pueblo pobre no pagará las cuentas del aumento de precios de los combustibles”.
La confrontación en Medio Oriente, cuya rápida solución parecía anoche desvanecerse, generó incertidumbres en todos los ámbitos internacionales: políticos, sociales y económicos. Así lo expresaban ayer los líderes de los grandes países europeos como Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y España, que coincidieron en declarar que “esta guerra no es nuestra”. De esa forma consolidaron el rechazo de la Unión Europea a cualquier acción de “ayuda” a Estados Unidos. Los dirigentes chinos, que hasta ahora habían mostrado una notable discreción frente a esta guerra, culparon explícitamente al gobierno norteamericano por el cierre del estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico. Y los mercados mundiales reaccionaron de la peor manera: una caída generalizada de las bolsas y una nueva suba del petróleo.
Para el gobierno de centro izquierda de Lula, que está inmerso en un desarrollo electoral decisorio, donde está en juego perder la continuidad del comando presidencial para los próximos cuatro años, la actual atmósfera internacional es “pésima”. Primero, por el impacto de esta confrontación en el la vida cotidiana, dado que esencialmente encarece los alimentos puestos en las mesas de los votantes. Eso exige destinar mucho dinero para aplacar el descontrol del alza de los combustibles; y, por consiguiente, significa contar con menos recursos para acciones más visibles para el electorado. Lo expresó el propio Lula con estas palabras: “Estamos haciendo todo el esfuerzo posible para no permitir que la guerra de Irán afecte el bolsillo del pueblo; ni de la dueña de casa ni del camionero”.
Retroceso en la imagen de Lula da Silva y pesimismo económico marcan el clima social en Brasil
Al Partido de los Trabajadores, actor clave en el actual elenco ministerial en Brasilia, le inquieta mucho el devenir de los comicios de octubre. Algunos dirigentes deslizaron que el gobierno debe “reaccionar más rápido y en forma más efectiva al control del impacto de la guerra en Medio Oriente, con foco en el costo de vida”. Por el momento, el presidente resolvió ir en dos direcciones: una de ellas, apuesta a comparar las realizaciones de su tercera gestión con las de su antecesor Jair Bolsonaro. Esto tiene un sentido, dado que todo indica que su principal rival en octubre será el senador Flavio Bolsonaro, hijo del ex mandatario.
El líder petista juega con varias cartas para conformar el guion: un crecimiento del Producto Bruto Interno “sustentable”; la caída acentuada de la extrema pobreza, que se redujo de 8,7 millones de personas a 3,1 millones; el menor porcentaje de desempleo de la serie histórica (5,4%) y un aumento del máximo salarial. Según el jefe de Estado, “esos avances se deben al milagro de distribución de riqueza. No hay otra solución: o se coloca al pobre en el presupuestos o la economía brasileña solo crecerá para pocos”.
El segundo foco presidencial está puesto en las alianzas con la centro derecha. Apunta, en ese sentido, a atraer partidos como el Movimiento Democrático Brasileño, con quién marchó junto en varias oportunidades, o el Partido Social Democrático (PSD). Hasta ahora no queda claro cómo reaccionará ese sector político: si se prenderá a Flavio Bolsonaro o reforzará la reelección del petista y su vice, Geraldo Alckmin.