Donald Trump autorizó el inicio de la Operación Furia Épica desde su residencia de Mar-a-Lago, en Florida, mientras compartía una cena con invitados y mantenía una apariencia de normalidad absoluta. El operativo militar consistió en una serie de bombardeos masivos contra más de 85 objetivos vinculados a las milicias respaldadas por Irán en territorio de Irak y Siria. La ejecución de los ataques se produjo como respuesta directa a la muerte de tres soldados estadounidenses en una base de Jordania, ocurrida días antes del despliegue.
El plan estratégico incluyó una maniobra de distracción diseñada para confundir a los servicios de inteligencia de Teherán y a los líderes de los grupos insurgentes en la región. Mientras los bombarderos estratégicos B-1B Lancer despegaban desde bases en los Estados Unidos, el equipo de comunicación de la Casa Blanca y el propio Trump mantuvieron un perfil público que no sugería una acción inminente. Esta táctica buscaba evitar que los comandantes de la Fuerza Quds y de las milicias locales se pusieran a resguardo antes del impacto de los proyectiles.
Los informes técnicos indican que el ataque duró aproximadamente treinta minutos y utilizó más de 125 municiones de precisión sobre centros de mando, depósitos de armas y búnkeres de suministros. "Nuestra respuesta empezó hoy. Continuará en los momentos y lugares que elijamos", declaró Trump en un comunicado oficial distribuido minutos después de que las primeras explosiones sacudieran los complejos militares en la zona fronteriza entre Siria e Irak. Los aviones recorrieron miles de kilómetros sin escalas para completar la misión.
La logística del ataque silencioso
La utilización de bombarderos de largo alcance fue un componente clave para garantizar que la operación se mantuviera en secreto hasta el último momento. Al no utilizar bases aéreas regionales cercanas a los objetivos, el Pentágono minimizó el riesgo de filtraciones por parte de observadores locales o radares enemigos en la zona de conflicto. Los B-1B Lancer volaron bajo condiciones de silencio radiofónico estricto mientras cruzaban el Océano Atlántico, coordinados por el Comando Central de los Estados Unidos.
En Mar-a-Lago, el entorno de Trump describió una escena donde el presidente se retiraba momentáneamente de la mesa para recibir actualizaciones en una habitación segura habilitada dentro del club. Según las crónicas recogidas por el Daily Mail, los invitados presentes en el lugar no percibieron la magnitud de lo que ocurría en el Salón de Crisis improvisado. Esta disociación entre la actividad social del mandatario y la actividad bélica en Medio Oriente fue parte fundamental de la guerra psicológica planteada por Washington.
Los objetivos seleccionados no fueron aleatorios, sino que formaban parte de un mapa logístico trazado por la inteligencia satelital durante meses. Se atacaron instalaciones de la milicia Kataeb Hezbollah y otras facciones del Marco de Coordinación que operan bajo el paraguas de Irán. La precisión de los impactos buscó degradar la capacidad operativa de estos grupos sin desatar una guerra abierta total con el gobierno de Teherán, manteniendo una línea de disuasión medida pero contundente.
Impacto técnico y despliegue de armamento
El inventario de armamento utilizado incluyó bombas de diámetro pequeño (SDB) y municiones conjuntas de ataque directo (JDAM), capaces de penetrar estructuras reforzadas. El daño en las infraestructuras de almacenamiento de drones fue casi total en los sectores de Al-Qaim y Akashat. Los reportes de inteligencia posteriores confirmaron que las comunicaciones entre las células proiraníes colapsaron durante las primeras horas posteriores a la ofensiva debido a la destrucción de las antenas de transmisión y los nodos de mando.
La Operación Furia Épica se diferenció de incursiones anteriores por la simultaneidad de los golpes en múltiples coordenadas geográficas. "Si hacés daño a un estadounidense, vamos a responder", fue la premisa que los asesores de seguridad nacional transmitieron a la prensa tras la finalización de la primera oleada de ataques. El uso de los bombarderos pesados permitió una capacidad de carga que superaba ampliamente lo que podrían haber transportado los cazas F-16 o F-15 estacionados en bases de Qatar o Jordania.
EE.UU. e Israel se lanzan sobre Irán: la trama de un conflicto que nunca terminó
A pesar de la magnitud del bombardeo, el gobierno estadounidense aseguró que se tomaron medidas para minimizar las bajas civiles en las áreas circundantes a los depósitos de armas. La inteligencia francesa y británica colaboró en la verificación de algunos de los puntos de interés antes de que se diera la orden final de fuego. Los sistemas de defensa aérea sirios intentaron interceptar algunos proyectiles sin éxito, dado que la tecnología de interferencia electrónica de los aviones estadounidenses neutralizó los radares locales.
El costo operativo de movilizar la flota de B-1B desde territorio continental estadounidense se estimó en varios millones de dólares por hora de vuelo. Las evaluaciones de daños de batalla (BDA) realizadas por satélites de la Oficina Nacional de Reconocimiento mostraron cráteres de impacto y estructuras colapsadas en los siete sitios principales identificados por el Pentágono. La operación concluyó formalmente cuando las aeronaves salieron del espacio aéreo controlado por Siria para iniciar el retorno a sus bases de origen.
La notificación oficial al Congreso de los Estados Unidos sobre el inicio de las hostilidades se realizó bajo el marco de la Resolución de Poderes de Guerra de 1973. El Departamento de Defensa registró la destrucción de 12 instalaciones de logística y 9 centros de entrenamiento pertenecientes a las milicias iraquíes en territorio sirio. Los registros del vuelo indican que los bombarderos aterrizaron de regreso en la Base de la Fuerza Aérea Dyess aproximadamente 24 horas después de su partida.