Estados Unidos e Israel bombardearon Irán este sábado 28 de febrero, marcando una escalada directa tras días de tensión y un despliegue militar inédito en Medio Oriente. La ofensiva confirmó lo que diplomáticos en distintas capitales ya leían como una posibilidad concreta: mientras la diplomacia entre la superpotencia global y la potencia regional avanzaba en Ginebra, el escenario bélico estaba listo. En Buenos Aires, ese clima previo se había colado, casi en voz baja, en un evento interreligioso días antes.
La decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, ocurrió después de semanas de advertencias públicas y movimientos militares que alteraron el equilibrio regional. El mayor despliegue en el Golfo Pérsico en décadas, el reposicionamiento de activos estratégicos —como el traslado del gigantesco portaaviones USS Gerald R. Ford— y las evacuaciones preventivas habían elevado el nivel de alerta.
En Israel, las autoridades habían indicado a sus ciudadanos "no salir de sus casas", mientras que el gobierno iraní publicaba mensajes como "la República Islámica prevalecerá" en sus redes sociales, a medida de que los mandos medios recibían indicaciones directas del líder supremo sobre cómo proceder en caso de que los jefes militares "fueran eliminados".
Ataques de Irán hacia Bahréin, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos extienden el conflicto
Movimientos diplomáticos atípicos en Buenos Aires
En ese contexto, un detalle pasó casi inadvertido durante la celebración por el Ramadán, la festividad sagrada del calendario islámico que marca el mes de ayuno y reflexión espiritual para los musulmanes, organizado por la Embajada de Emiratos Árabes Unidos el pasado miércoles, un encuentro de alto perfil diplomático que reunió a embajadores, líderes religiosos y referentes de la política local.
El embajador estadounidense en Argentina, Peter Lamelas, el representante iraní, Mohsen Tehrani, el embajador turco, Omur Budak, y el azerbaiyano, Ramzi Teymurov, fueron algunas de los representantes de la política global que se cruzaron en la residencia del embajador emiratí Saeed Alqemzi, en la residencia ubicada en el barrio porteño de Belgrano.
El tono religioso y comunitario del acto —destinado a "fortalecer puentes de comunicación entre los pueblos"— no aisló a los presentes del contexto global más amplio que dominó la mayor parte de las conversaciones. "EE.UU. no manda un portaaviones así como si nada. Se viene algo importante", comentó un representante diplomático del Cono sur en una charla informal durante la cena que simbolizó la ruptura del ayuno con dátiles y agua. Se refería al arribo del USS Gerald R. Ford a la costa israelí como parte de un despliegue militar que ahora tomó un giro concreto hacia la ofensiva.

En medio de ese clima protocolar y multicultural, se produjo un movimiento que adquirió otra dimensión. Según supo PERFIL de fuentes del gobierno iraní, en la semana hubo movimientos atípicos en la sede diplomática persa en Buenos Aires, incluido un viaje relámpago del encargado de Negocios (el mayor rango diplomático en la actualidad) con destino a un país sudamericano, días antes del ataque. En tanto, la ausencia de representación iraní en Argentina —un país alineado estratégicamente con Washington según lo dispuesto por el presidente Javier Milei— adquirió otro peso político.
Trump e Irán: de la "teoría TACO" a la "furia épica"
En su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso estadounidense, el presidente Donald Trump reforzó esa narrativa, dejando en claro que la presión sobre Irán ya no se limitaría a su programa nuclear, a pesar de que el año pasado aseguró que las instalaciones "habían sido completamente destruidas" luego del bombardeo de junio en conjunto con Israel. Ahora apuntaría también a su capacidad militar, una postura que días después ratificó su enviado a Medio Oriente, Steve Witkoff, durante las negociaciones en Ginebra.
Con un mensaje que se extendió durante dos horas y 48 minutos —el más largo en la historia reciente, superando a Bill Clinton— afirmó que Irán había "desarrollado misiles balísticos" capaces de "amenazar Europa y bases estadounidenses" y que trabajaba en proyectiles que "podrían alcanzar territorio continental", aunque sin presentar pruebas que justificaran el masivo despliegue militar en el Golfo Pérsico desde principios de enero.
Recordó además los ataques estadounidenses del año anterior contra tres instalaciones nucleares iraníes durante la guerra con Israel e insistió en que, aunque su "preferencia era resolver el problema a través de la diplomacia", "nunca permitiría" que Teherán —al que calificó como "el principal patrocinador del terror en el mundo"— obtuviera armas nucleares, una presunción que emuló al pretexto de George W. Bush para bombardear Irak en 2003.

Pero luego del ataque de este sábado, denominado "Furia épica" del lado estadounidense, no quedó margen de duda: la finalidad es forzar el cambio de gobierno que data de la revolución de 1979. "Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní (...) Sus actividades amenazantes ponen en peligro directo a Estados Unidos, a nuestras tropas, a nuestras bases en el extranjero y a nuestros aliados en todo el mundo", sostuvo este sábado a la madrugada.
En tanto, la tensión entre la retórica de negociación y la acción militar volvió a instalar el interrogante sobre el factor "errático" de Trump. En Washington, algunos analistas revivieron la llamada "teoría TACO" ("Trump Always Chickens Out"), que sugiere que el mandatario amenaza más de lo que finalmente ejecuta. Esta vez, la ofensiva se concretó.
Señales previas: la narrativa israelí y el factor China
Pero el primer cortocircuito visible del ataque "preventivo" de EE.UU. sobre Irán se había producido en Londres. El primer ministro británico, Keir Starmer, se negó a autorizar el uso de bases británicas para el envío de aviones hacia Israel, marcando distancia operativa con Washington. En Israel, en paralelo, las autoridades ya habían instruido a la población a permanecer en sus casas ante la posibilidad de represalias iraníes. Por su parte, Teherán había advertido que cualquier base estadounidense en el Golfo Pérsico podría convertirse en objetivo en caso de ser atacado.
A nivel político, en Israel el clima previo ya anticipaba un escenario de redefiniciones regionales. El exministro de Defensa Yoav Gallant ― quien, junto al premier israelí Benjamin Netanyahu, tiene una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza―, publicó el viernes por la tarde (hora argentina) que si Irán cae, la siguiente "amenaza" para el país hebreo será Turquía, miembro de la OTAN y actor central en el tablero regional.
Según su análisis difundido en sus redes sociales, el eje iraní se debilitó —Hezbolá golpeado, el sirio Assad fuera del poder— y Turquía comenzó a ocupar ese vacío con músculo OTAN, presencia en Siria y proyección africana. "Las próximas semanas definirán el orden regional post-Irán", sintetizó, anticipando el ataque.
En paralelo, la reacción de China será otro punto de inflexión. Beijing es el principal comprador de petróleo iraní y miembro junto a Irán y Rusia de la Organización de Cooperación de Shanghái. En los últimos meses realizaron ejercicios de seguridad conjuntos y mantiene acuerdos energéticos estratégicos con Teherán. Hasta ahora, su respaldo fue diplomático incluso durante el bombardeo contra líderes militares, científicos e instalaciones nucleares y en junio de 2025. La pregunta que queda abierta es si el apoyo seguirá siendo retórico.