La ofensiva coordinada entre EE.UU. e Israel contra Irán degradó capacidades clave de la República Islámica y alteró el ya frágil equilibrio en la región.
La campaña combinó un ataque inicial masivo con una fase posterior de bombardeos selectivos que afectaron casi la totalidad del territorio iraní y parte de sus infraestructura.
El impacto fue significativo. “En términos generales el poder militar iraní está severamente degradado, sobre todo en materia de aviones de combate, sistemas antiaéreos, lanzamisiles tácticos y navíos de guerra de cierto porte”, explica a PERFIL Mariano Bartolomé, profesor de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Los ataques desplegados tuvieron como blancos centrales la infraestructura militar y los sistemas de defensa aérea, lo que redujo la capacidad de Irán para controlar y defender su espacio aéreo.
A esto se sumó el deterioro en la capacidad de producción de drones, un componente clave en la estrategia militar de Teherán en los últimos años.
“También estaría afectada la capacidad para fabricar drones aéreos, aunque en este caso debe tenerse en cuenta que son instalaciones fácilmente relocalizables”, señaló Bartolomé, al matizar el alcance del daño. En contraste, el componente terrestre de las fuerzas iraníes no habría sufrido pérdidas significativas “en parte porque no era relevante para el tipo de objetivos buscados por Israel y EE.UU”.
Más allá del daño visible, persisten zonas de incertidumbre. Bartolomé explica que una de ellas es el volumen real de armamento almacenado en instalaciones subterráneas, sobre el cual el régimen mantiene un fuerte hermetismo. Otra es su capacidad de respuesta asimétrica en el mar, donde conserva una ventaja táctica.
Irán, de hecho, “mantiene una flota de pequeñas embarcaciones rápidas –conocidas como “flota mosquito”– capaces de hostigar buques comerciales y militares en el Golfo Pérsico– en un modo asimétrico de combate naval ‘en enjambre’”. Este tipo de estrategia, de bajo costo y alto impacto, cobra especial relevancia en un escenario donde el enfrentamiento directo resulta más riesgoso.
Esto se vuelve evidente en el manejo del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos del comercio global. La influencia de Irán sobre el punto de estrangulamiento marítimo revela su potencia. “Irán ha tenido la inteligencia de emplearlo como un arma, lo ha ‘weaponizado’”, sostuvo el especialista. Los riesgos económicos que derivan de su cierre podrían obligar al gobierno de EE.UU. –que tendrá elecciones en noviembre– a poner fin al bloqueo de los puertos y la costa de iraní.
Reconstrucción de poder. A pesar de los daños, Teherán conserva capacidades para reconstruir su poder militar. Su industria de defensa, desarrollada desde la Revolución Islámica, junto con vínculos con actores como Rusia y China, le otorgan acceso a tecnología, financiamiento y know how, sostiene Bartolomé. Sin embargo, ese proceso no sería inmediato ni ilimitado. “Probablemente haya un umbral de armamento que otros actores externos –EE.UU. e Israel– no querrán que supere, especialmente en materia misilística”.
Equilibrio regional. El actual escenario también tensa el equilibrio regional. Para las monarquías del Golfo, sunnitas e históricamente alineadas con Washington, “la erosión del poder militar iraní resulta funcional a sus intereses”, aunque “políticamente los ataques que provocaron esa degradación generaron críticas y protestas en la región, pues fueron acciones de Israel contra un país islámico”.
Con el frágil alto el fuego decretado unilateralmente por EE.UU., el conflicto entró en una fase más incierta, con negociaciones que no encuentran su curso. “Irán intentará jugar la baza del cierre de Ormuz para lograr, en una negociación –sea directa o no, pública o reservada–, el mayor grado de satisfacción a sus planteos” prevé Bartolomé, mientras que “del otro lado, la Casa Blanca no puede aceptar una prolongación en el tiempo del cierre, porque afecta su imagen internacional”. Irán estranguló una ruta comercial crucial para los envíos de energía, cuanto más se prolongue, más sufrirá la economía mundial. “La sensibilidad de la economía global y la opinión pública del ciudadano estadounidense juegan a favor de Irán” sostiene el profesor.
En ese delicado equilibrio, la región parece encaminarse no hacia una resolución definitiva, sino hacia una “zona gris”: un escenario de tensión sostenida, con capacidad de escalada latente y episodios intermitentes de confrontación.