En marzo, Frauke Petry, líder de Alternativa para Alemania (AfD), posó para una revista de corazón. Era algo inusual: La política no habla a menudo con la prensa. Se había puesto una blusa color rosa y dejó ver sus zapatos de tacón alto, lo que le dio un aspecto destacadamente femenino. Y no repudió la política del gobierno alemán en cuanto a los refugiados, un tema crucial del partido; charló sobre su relación amorosa.
Petry es una de las caras del nuevo populismo de derecha en Europa. Partidos semejantes avanzan en casi todo el continente (véase infografía), favorecidos por el miedo que sienten cada vez más europeos a perder su empleo o no poder acceder a vivienda, educación y salud.
En Grecia, Suiza, Hungría, Polonia, Letonia, Finlandia y Noruega, esos partidos forman parte o monopolizan el gobierno. Aunque cada uno tenga su propia orientación, los une la tendencia a ser conservadores de derecha, nacionalistas y enemigos de lo extranjero. Algunos tienen ideas neoliberales. Lo nuevo: varios de estos partidos tradicionalmente masculinos están encabezados por mujeres.
Además de Frauke Petry, están Marine Le Pen (Frente Nacional) en Francia, la primera ministra Beata Szydło (Ley y Justicia) en Polonia, Anke Van Dermeersch (Interés Flamenco) en Bélgica, Pia Kjærsgaard (Partido Popular Danés) en Dinamarca y Siv Jensen (Partido del Progreso), ministra de Finanzas de Noruega.
¿Es una estrategia de los partidos para llegar a un electorado más amplio? O expresa la pretensión de mando de cada una de las mujeres?
“Me resisto a que lo redujamos a una mera estrategia”, dice la historiadora Cordelia Heß, colaboradora en la red científica Mujeres y Extrema Derecha, para quien “las mujeres líderes llegaron a su puesto por su convicción, están exactamente donde quieren comprometerse”.
Heß reconoce que hay “una contradicción muy interesante”, porque los partidos populistas de derecha, incluso sus integrantes mujeres, suelen rechazar el feminismo y definir el rol de la mujer por su matrimonio y la maternidad.
Esas mujeres “se ven beneficiadas por los logros de la segunda ola del feminismo: la modernización de la sociedad y la conciliación de la familia con el trabajo”.
La más conocida fuera de Europa es Marine Le Pen. El ejemplo de la francesa ilustra que, por ser mujer, sus posiciones y su actitud no son menos duras: destituyó a su padre para abrir el FN a otros grupos de votantes y, aunque haya suspendido la retórica antisemita, quiere salir de la UE y mandar a los extranjeros de vuelta a sus países. La belga Anke Van Dermeersch, después de los ataques en Bruselas, reclamó que se reintrodujera la pena de muerte para terroristas islámicos.
“Lo decisivo para que hayan llegado mujeres al liderazgo de partidos de extrema derecha es que ellas deciden lograrlo”, enfatiza Heß. Como Petry, quien le arrebató el liderazgo al fundador de su partido, porque para Petry no era lo suficientemente derechista.
La ultraderecha europea tiene rostro de mujer
Importantes partidos xenófobos y enemigos de la migración poseen un liderazgo femenino en Europa.