INTERNACIONAL

Manifestantes acorralan por primera vez a la monarquía jordana

Con un déficit récord de 5.000 millones de dólares, el rey Abdulah II enfureció a Jordania. Fotos. Galería de fotos

Hasta ahora, El régimen jordano había logrado sortear con cierto éxito la ola de revueltas en el mundo árabe.
| Cedoc

La dinastía Hachemita es, para la historia oficial de Jordania, sinónimo de resistencia cultural frente al atropello invasor. Provenientes de Arabia Saudita (donde cuidaban lugares santos en Meca y Medina, las dos ciudades fundamentales del Islam), llegaron a su tierra definitiva en 1916 y, casi al instante, lideraron la asonada que puso fin a 300 años de ocupación otomana. Fueron los héroes de una revolución susurrada al oído: Gran Bretaña ofreció todo su apoyo a los amotinados solo porque la fuerza de estos debilitaba el poderío turco, por entonces aliado a Alemania en plena Primera Guerra Mundial.

De ahí a la fecha, cuatro miembros de la familia se sucedieron en el trono de una monarquía que se jactó siempre de constitucional y parlamentaria, aunque la carta magna y el congreso jordano no sean más que otras de las tantas expresiones de la voluntad real. Lo mismo que el primer ministro, su gabinete y los gobernadores de las doce provincias. En Jordania, son pocas las cosas que escapan al arbitrio hachemita.

Sin embargo, los últimos días pusieron a raya la hasta ahora intachable investidura dinástica de una familia que cerca está de cumplir un siglo encima del trono jordano. Acorralado por un déficit récord de 5 mil millones de dólares, el rey Abdulah II decidió eliminar grandes volúmenes de subsidios que dispararon hasta niveles astronómicos el valor del gas domiciliario y, en menor medida, el de los combustibles y el transporte público.

A diferencia de otros países árabes, Jordania no dispone de yacimientos petrolíferos ni carburíferos sobre los cuáles recostar sus políticas impopulares, y ya no le sirve el viejo discurso de que el Dinar, la moneda nacional, es más fuerte que el Euro, una ficción que había logrado sostenerse gracias a un tipo de cambio por debajo del dólar. Es que, para Estados Unidos, Jordania representa un enclave estratégico para proteger a Israel (con quien comparte una larga frontera) de los embates de Irán, estado que en estos días tuvo que salir a desmentir las versiones que indicaban petróleo y energía gratis para su vecino hachemita a cambio de vaya a saber uno qué concesiones regionales.

El régimen jordano había logrado sortear con cierto éxito la ola de revueltas que (con diversos desenlaces que fueron desde el exilio en funciones del sirio El Asad hasta la muerte del libio Muhamar Kadafi) salpicaron a la gran mayoría de los gobiernos árabes. Abdulah ofreció la cabeza de su primer ministro y una batería de promesas para sofocar las tímidas protestas que en aquellos días se produjeron en su país. Salidas políticamente correctas para calmar las aguas, si es que cabe tal metáfora en un país donde ésta ocupa apenas el 0,01 por ciento de toda su desértica extensión.

Pero el polen de la primavera árabe quedó suspendido en el aire, como varios de los problemas que el soberano hachemita prefirió disuadir con medios adictos y decisiones cosméticas de una monarquía que se precia de moderada solo porque hasta el momento no había padecido los reclamos suficientes como para poner en práctica los puños de acero de las fuerzas de seguridad.

Así fue como estos meses se tiñieron de rojo plomizo a través de protestas que, por primera vez en la joven historia jordana, arrojaron manifestantes de a miles en las calles de todo el país. La decisión de eliminar los subsidios al gas doméstico y al combustible, en un país de pobreza y recesión, azuzó el fuego de la discordia en un país que no logra afrontar el escandaloso déficit ni siquiera con el megablindaje que el congreso estadounidense aprobó en julio pasado.

Todos los viernes, desde el último de septiembre, resuenan en Jordania voces cada más fuertes y mordaces. El próximo será el décimo consecutivo de protesta y movilización. El fin de la corrupción y un sistema electoral más participativo son algunos de los reclamos en un país en donde el congreso puede vetar al rey si logra reunir la voluntad de sus dos tercios, una cifra difícil de obtener considerando que la mitad de los legisladores (al igual que los doce gobernadores) son elegidos, justamente, por el monarca.

Abdulah disolvió recientemente el parlamento, adelantó las elecciones y ordenó el procesamiento de Mohamed Dahabi, exjefe del servicio secreto condenado a trece años de prisión y una multa de 30 millones. Pero las medidas no lograron corregir las posturas díscolas.

Algunas marchas llegaron a reunir a casi veinte mil personas, una cifra inédita que encuentra parangón en los 150 detenidos, 71 heridos y dos muertos producidos por la feroz intervención policial. En Ammán, la capital, algunas movilizaciones fueron disuadidas con gases lacrimógenos. El corpus protestante lo componen militares retirados, los denominados “trabajadores por un día” (un régimen laboral infame de contratación diario que el gobierno utiliza aún con empleados de larga antigüedad) y los Hermanos Musulmanes, un espacio político y religioso de amplio acervo en la región que tiene vínculos con el presidente egipcio Mohamed Mursi y el grupo Hamas, en Palestina.

Además del descontento político y económico, Jordania enfrenta el viejo dilema de su composición social, integrada por una riestra de refugiados sirios, iraquíes y palestinos que conviven en eterna tensión con los jordanos nativos.

A Rania, la coqueta reina nacida en Kuwait, no le perdonan, justamente, su ascendencia palestina. Tampoco el lujo de su costoso nivel de vida ni la osadía con la que interviene en los asuntos de estado prescindiendo de la burka y del resto de la indumentaria típica de la mujer islámica. Cuenta la historia que Abdulah la conoció en una fiesta, donde quedó deslumbrado por la belleza de esa muchacha que yacía al costado de una pileta. El hijo del rey Hussein era un oficial de alto rango instruido en Inglaterra y Estados Unidos que lejos estaba de imaginarse en el trono, destino que le cupo solo porque su padre ordenó modificar las preferencias sucesorias pocos días antes de morir a través de un complejo entramado de enroques.

En ese tiempo, Abdulah acuñaba un deseo que poco tenía que ver con el Corán y su linaje real: participar en la saga Star Trek. Un cameo en una de las películas saldó el viejo anhelo, seguramente tras desprender la billetera con la que está financiando, ya siendo rey, un parque temático del filme en el golfo de Aqaba, al sur de Jordania.

Hoy, mientras tanto, su país le reclama elecciones transparentes, un congreso soberano y tarifas acorde a las necesidades de un pueblo pobre y no a las de una dinastía millonaria. Pedidos que, en el contexto de las tiranías árabes, suenan más bien a ambiciones intergalácticas.

(*) Especial para Perfil.com, dese Jordania.

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