“A mí me cuesta mucho organizarme para poder hacer teatro que es de las cosas que más me gustan en la vida”: con esta frase Leonardo Sbaraglia define lo que siente frente al unipersonal Los días perfectos de Jacobo Bergareche que desde el 9 de enero se presentará en la sala mayor del teatro Nacional Cervantes. Es la versión teatral de Daniel Veronese, quien también asumió la dirección. La pieza ya fue estrenada en España y aquí las funciones serán de miércoles a domingo, con dos los sábados. La agenda de Sbaraglia está plagada de compromisos, entre los que se incluye una nueva película con director argentino, de la que no puede hablar. Fue en Madrid donde el director del Cervantes, Gonzalo Demaría lo vio y cursó la invitación para que iniciaran la temporada 2026.
—Tu anterior unipersonal, “El territorio del poder”, era de cuestionamiento. ¿Por qué hoy decidís tocar el tema del amor?
LEONARDO SBARAGLIA: Son cosas diferentes, porque cuando hice El territorio del poder fue desde un lugar de resistencia. Aquella propuesta fue una mezcla de música y teatro, junto a Fernando Tarrés y los músicos que eran maravillosos. Ahí había una crítica social quizás muy fuerte. Y éste es un espectáculo que habla de la magia. Allá estaba acompañado, aquí estoy solo. Cuando lo estrené en Madrid me sentía muchas veces en la plaza de toros.
—¿Qué dificultades encontraste para trasladar la novela a un unipersonal?
DANIEL VERONESE: Tengo esta inclinación profesional que veo una película y digo: ¿se puede hacer en teatro? No descanso nunca y me es difícil encontrar lo que puedo pasar al escenario. Son cosas intransferibles. Cuando la leí la pensé porque tiene sencillez, no es pretenciosa y a la vez tiene una simpleza muy humana. A mí no me gustan los unipersonales, no me gusta verlos. Hice con María Onetto La persona deprimida, La muerte de Margarite Duras con Eduardo Pavlovsky y ahora éste. Los hago por los actores, más que por los textos.
—¿Cómo te acercás a este personaje?
L.S: Lo primero que me dijo Daniel cuando empezamos a ensayar fue: “no quiero ver a un actor con oficio, mostrándome matices, quiero ver un ser humano con errores, vulnerabilidades y desnudo”. Siempre busco poner en escena una representación de personas, aunque sea Carlos Menem. A Menem también intenté hacerlo una persona, aunque era un personaje. Busco llevar un pedazo de vida al escenario. Aquí soy un hombre hablándole a su mujer, como si estuviera en su cama o en su baño. Muchas veces salgo del escenario, y si bien estoy vestido, me siento desnudo. Muestro mis miserias, dolores, alegrías y deseos. Los actores somos objeto de estudio para los psicoanalistas. ¿Cómo es la cabeza? ¿Cuál es el trabajo del actor? Es un espejo traslúcido donde uno se mira a sí mismo, pero también estás mirando al personaje.
—Entre tus antecedentes siempre figura el titiritero, casi antes que el autor y director. ¿Qué quedó?
D.V: Más que los títeres es Ariel Bufano lo que me ha quedado, como un creador que admiraba y temía, casi de manera paternal. Nosotros creamos el grupo El periférico de objetos para enfrentarnos a él. Aprendí de esos títeres la síntesis, el poder narrar a partir de la acciones, de las actuaciones y a sacar todo lo que no sirve en el teatro.
—En tu historia profesional está que fuiste dirigido por Alcón hasta compartir escenas con Héctor Alterio y Pepe Soriano. ¿Qué huellas te dejaron?
L.S: Todos ellos están acá, adentro mío. Apenas entré al Cervantes me encontré con una foto de Alfredo y Cristina Banegas en De pies y manos. Los siento presentes a todos, incluso a Norman Briski que está entre nosotros. Sumá a Lito Cruz y a Martín Adjemian. Ellos pasan a ser nuestros ancestros. Tenemos una historia en la Argentina de grandísimos actores y por suerte muchísimos están en plena actividad como Miguel Ángel Solá, Ricardo Darín, Oscar Martínez o Julio Chávez.
—Dirigiste a Alcón y a Eduardo Pavlovsky. ¿Qué diferencia hay entre aquellos actores y los actuales?
D.V: Luis Machín, Leonardo Sbaraglia o Fernán Mirás son actores que todavía pertenecen a una estirpe de paladar negro, con un amor por el teatro, una entrega y un compromiso que se asemeja mucho a ellos. Pero creo que se va perdiendo. En el escenario hoy ves que vienen del streaming o es un influencer, me parece que hay un desapego. A mí todavía me gusta contar historias.
—En España: ¿qué te dicen como actor argentino?
L.S: Nos quieren mucho. Allí quedaron Héctor Alterio, Luis Politti, Walter Vidarte, Federico Luppi, luego llegaron Cecilia Roth, Miguel Ángel Solá, Ricardo Darín y Darío Grandinetti. Siento que seguimos abriendo lugares donde llevamos nuestro oficio y lo defendemos con mucho amor y pasión. Ellos lo ven y lo sienten. Y no desmerezco a actores maravillosos españoles como Javier Bardén, Eduard Fernández, Luis Tosar o a Ernesto Alterio y Malena Alterio. Todos hacen un trabajo descomunal. Evidentemente tenemos una relación España -Argentina que valoran mucho. Hay un espacio que nos dan y puertas que siempre nos abren, por alguna razón.
—En el 2013 te dieron el Premio Max Iberoamericano por haber entablado un puente entre España y Latinoamérica. ¿Qué recordás?
D.V: Fue cuando empecé a llevar a España mis versiones de las obras de Chéjov. Luego me empezaron a convocar para dirigir. Creo que es algo que nos pasa a muchos argentinos, como a Claudio Tolcachir y a Javier Daulte. La gente se maravilla con algo que tenemos los argentinos a la hora de crear y de mirar el escenario desde un lugar especial.
—Tu padre fue carpintero: ¿te marcó de alguna forma?
D.V: Vengo de una familia con una sensibilidad social muy grande. No puedo dejar de sentir este dolerme, por el país y el mundo. Mi granito de arena es éste, mi teatro es mi militancia. Quiero hacer espectáculos que tengan algo que ver con el sufrimiento de la gente, aunque yo esté en una situación más acomodada que muchas personas.
—¿Hay nervios por actuar en el Cervantes?
L.S: Será la primera vez que en enero habrá funciones y siempre con precios accesibles. Para mí esto es un sueño cumplido. Creo que hay pocas cosas que me puedan dar más alegría, es como si me devolviesen algo de un sueño infantil. De adolescente quería conocer a Alfredo Alcón, actuar en el San Martín y en el Cervantes.
El trabajo que está haciendo Gonzalo Demaría, como director del teatro es muy bueno y es para agradecer. También al subdirector Cristian Scotton. Vi La revista del Cervantes y es un espectáculo maravilloso, pero además el trabajo que se está haciendo de recuperación de los propios espacios. Está transformando a este teatro y lo estás llevando a lo más alto y hay que decirlo.
—¿Cómo fue filmar “Amarga Navidad” con Pedro Almodóvar?
L.S: Es una persona muy exigente y difícil, es alguien muy seguro de lo que quiere. Es como un Picasso, me pongo a las órdenes de un genio. Él quiere una música y eso también es algo muy de él. Te dice: “No, quiero que terminen abajo, quiero lo digas de esta manera…” Tiene muy en claro lo que busca y uno se transforma en un instrumento, si lo aceptás te tranquiliza y te entregás.
—¿Tenés ritos antes de la función?
LS: Llego tres horas antes, quiero estar tranquilo, digo todo el texto de corrido, sin pensarlo. Después hago rituales, pongo velas, prendo sahumerios en mi camarín y tengo fotos de mi familia. Convoco a mis ancestros, a los personajes que hice, están todos, no estoy solo. En el teatro uno va al encuentro del público; es como una danza.