Un trabajo de restauración realizado en una histórica basílica del centro de Roma derivó en una polémica inesperada que combina arte, religión y política. La controversia se desató tras la difusión de imágenes de un querubín recientemente intervenido en la Basílica de San Lorenzo in Lucina, cuyo rostro fue asociado por numerosos observadores con el de la primera ministra Giorgia Meloni.
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El caso fue dado a conocer por el diario La Repubblica y rápidamente replicado por otros medios italianos como Corriere della Sera e Il Messaggero, que destacaron el impacto simbólico de la intervención en un edificio religioso protegido.

La Basílica de San Lorenzo in Lucina y su valor histórico y patrimonial
La basílica, ubicada a pocos metros del Parlamento italiano, alberga los restos de Umberto II, el último rey de Italia. Los querubines cuestionados flanquean el busto funerario del monarca y forman parte de una decoración mural incorporada a comienzos de los años 2000, lo que convierte a cualquier modificación en un asunto sensible desde el punto de vista patrimonial.
Tras la viralización de las imágenes, el Vicariato de Roma ordenó el cierre preventivo del sector intervenido para preservar el sitio y facilitar las inspecciones técnicas.
El foco de la investigación recayó sobre Bruno Valentinetti, colaborador voluntario del templo desde hace años y señalado como autor de la restauración del rostro. Valentinetti rechazó las acusaciones y negó haber utilizado a la dirigente política como modelo. “La restauración se hizo respetando el aspecto original del querubín”, afirmó en declaraciones a la prensa italiana.
Según explicó, la figura había sufrido un fuerte deterioro debido a filtraciones de agua desde el techo y el subsuelo, lo que obligó a una intervención profunda para recuperar su visibilidad. También sostuvo que ya había participado en trabajos decorativos similares en la misma capilla hace más de dos décadas.
El rol del Vaticano y la intervención del Ministerio de Cultura
La supervisión del caso quedó a cargo del cardenal Baldo Reina, vicario del Papa en Roma, quien solicitó revisar los archivos técnicos y el material fotográfico conservado de la restauración original. Esos documentos podrían resultar determinantes para establecer si el rostro actual difiere del diseño previo.
En paralelo, el Ministerio de Cultura dispuso el envío de funcionarios de la Superintendencia de Roma para evaluar si la intervención respetó las normas que regulan la conservación del patrimonio histórico-artístico.
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El episodio trascendió rápidamente el ámbito cultural. El Partido Democrático, principal fuerza opositora, calificó lo ocurrido como “inaceptable” y reclamó explicaciones formales. La diputada Irene Manzi sostuvo que el patrimonio cultural “no puede ser objeto de interpretaciones ambiguas”, lo que obligó al ministro de Cultura, Alessandro Giuli, a intervenir públicamente.
Meloni, por su parte, optó por restarle dramatismo al episodio y respondió con ironía ante las consultas periodísticas: “Definitivamente, no me parezco a un ángel”.
Especialistas citados por la prensa italiana señalaron que la incorporación de rasgos contemporáneos en figuras religiosas no es un fenómeno nuevo en la historia del arte, aunque advirtieron que en este caso se trata de una restauración reciente y no de una obra original, lo que eleva el nivel de exigencia técnica y ética.
Mientras avanzan las pericias, la basílica permanece parcialmente cerrada y el debate sigue abierto. La investigación deberá determinar si se trató de una simple coincidencia estética, de una restauración discutible o de una intervención que cruzó límites sensibles en un país donde el arte, la religión y la política conviven a diario.