La periodista y escritora Mariela Blanco contó cómo fue construyendo su relación con Buenos Aires a partir de caminarla, observarla y escuchar a quienes conocían en profundidad su patrimonio. Después de comenzar su carrera como movilera, fue acercándose cada vez más a la historia y la arquitectura porteñas hasta convertir ese universo en uno de los ejes centrales de su trabajo.
“Me fui haciendo de tanto leer la calle, de entrevistar a los más grandes, Luis Grossman, el arquitecto Carral, todos los arquitectos contemporáneos que uno le puso el faro al Barolo”, explicó en +Perfil. Blanco definió a esos especialistas como sus maestros y señaló que muchas de las inquietudes que aparecieron durante sus coberturas terminaron alimentando también su libro.
Las preguntas que aparecen detrás de lo cotidiano
Una parte de ese proceso surgió de las consultas de los propios oyentes. Blanco recordó que, cuando realizaba móviles desde sitios emblemáticos, las preguntas muchas veces apuntaban a cuestiones inmediatas y cotidianas.
En el Café Tortoni, por ejemplo, los oyentes podían interesarse por el precio de una medialuna antes que por las historias vinculadas con escritores, artistas y figuras que pasaron por sus mesas. Ante esa situación, la periodista comenzó a modificar también su propia manera de preguntar.
“Las preguntas me las empecé a hacer yo. Digo, qué caro que nos va a salir la medialuna”, recordó con humor. El Tortoni se convirtió así en uno de los ejemplos de una ciudad donde lo cotidiano puede ocultar una enorme cantidad de historias.
Durante la conversación aparecieron también las reuniones del grupo Boedo y los distintos personajes que dejaron su huella en los espacios porteños. Para Blanco, detrás de cada lugar conocido existe una trama que muchas veces pasa inadvertida.
Aprender a detenerse y mirar
Una de las claves de su propuesta consiste precisamente en modificar la velocidad con la que se recorre Buenos Aires. “Hay que mirar esos carteles, poder hacer foco en esos detalles que muchas veces pasan desapercibidos”, explicó.
Osvaldo Quiroga relacionó esa forma de observar con la figura de Manuel Mujica Lainez, alguien que también sabía detenerse frente a los detalles de la ciudad. Blanco sostuvo que su propio recorrido fue construyéndose de esa manera, a partir de personas, historias y escenas descubiertas durante años de trabajo.
La observación, sin embargo, no se limita a los grandes monumentos. También alcanza elementos mínimos del paisaje urbano, desde una fachada hasta un cartel improvisado, que pueden revelar otra dimensión de la ciudad.
Contar el patrimonio antes de que desaparezca
Blanco trasladó esa mirada a una pregunta sobre el propio ejercicio del periodismo. “Yo digo, ¿por qué con la cámara llegamos siempre para el derrumbe, para el auto que choca contra la fachada? Digo, ¿por qué no vinimos un día antes a ese barrio ferroviario?”, planteó.
Su reflexión apunta a contar los lugares antes de que el deterioro o una tragedia los conviertan en noticia. En ese sentido, el patrimonio deja de ser únicamente un tema del pasado y se transforma en algo que necesita ser registrado mientras todavía forma parte de la vida cotidiana.
El libro aparece entonces como una forma de anticiparse a esa pérdida y de recuperar espacios que muchas veces recién reciben atención cuando están en riesgo de desaparecer.
Los distintos Buenos Aires
Blanco también destacó que la ciudad cambia según el lugar desde donde se la mire. Contó que se animó a subir a cúpulas y buscar perspectivas diferentes, y recordó especialmente una experiencia desde el Hotel Savoy.
“Me sucedió ver cómo unos turistas japoneses se volvían locos con cosas tan nuestras que nosotros ni cuenta nos damos acá”, relató. Marchas, pasacalles y expresiones callejeras que para un porteño pueden formar parte del paisaje habitual adquirían, desde esa mirada extranjera, un carácter completamente distinto.
“Son de esperanza”, definió al hablar de algunos de esos carteles que aparecen en las calles. Para Blanco, también esos mensajes integran el patrimonio cotidiano de Buenos Aires, porque condensan deseos, reclamos y estados de ánimo de quienes la habitan.
Su manera de recorrer la ciudad incluye así edificios históricos, cafés, cúpulas, barrios, protestas y frases anónimas. Todo puede convertirse en una historia cuando se abandona la velocidad y se aprende, como propone Blanco, a “hacer foco en esos detalles que muchas veces pasan desapercibidos”.