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Mañabord por +Perfil

Tomás Rebord apuntó contra la agenda del Gobierno: "Milei para tapar Milei"

En su programa de +Perfil, Rebord analizó el despliegue oficial alrededor de Malvinas y sostuvo que el Gobierno administra novedades para mantener el tema en los medios y desplazar otras discusiones, como la morosidad. “Van administrando cosas por goteo todos los días”, afirmó.

Tomás Rebord 24082026
Tomás Rebord. | Collage Captura pantalla

Javier Milei encontró en Malvinas algo más que una causa histórica sobre la cual fijar posición. Encontró una herramienta para ordenar la conversación pública. Esa es la lectura que hizo Tomás Rebord en Mañabord por +Perfil, al analizar la sucesión de anuncios, denuncias, sanciones y proyectos impulsados por el Gobierno alrededor de las islas.

La clave, para Rebord, no está necesariamente en cada medida tomada de manera individual, sino en la forma en que esas decisiones son administradas comunicacionalmente. “Van administrando cosas por goteo todos los días”, explicó. Un día aparece una denuncia contra empresas, al siguiente una nueva medida, después un proyecto que llega al Congreso y, más adelante, el debate legislativo. El tema no desaparece porque antes de que se agote una novedad aparece otra.

La política, entonces, también se juega en el territorio de la atención. El Gobierno parece haber entendido que no alcanza con tener una posición: hay que conseguir que esa posición ocupe espacio. Y en ese sentido, Malvinas funciona como una serie por capítulos. Cada anuncio mantiene encendido el anterior y prepara el siguiente. Rebord incluso calificó la jugada como una “masterclass” desde el punto de vista estratégico. Al repasar las tapas de los diarios, observó que el tema aparecía una y otra vez y que el Gobierno iba incorporando nuevos elementos para mantenerlo vivo. “Hay una administración de los contenidos”, resumió.

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Ahí aparece el verdadero objetivo político de la maniobra: ganar tiempo de agenda. Mientras Malvinas ocupa titulares, declaraciones y discusiones, otros asuntos quedan desplazados. Rebord lo vinculó directamente con la morosidad, un tema que la oposición buscaba llevar al Congreso y que podía volver a instalarse en el centro de la conversación pública.

La coincidencia temporal es lo que vuelve más interesante la lectura. La oposición había conseguido convocar una sesión especial para discutir la situación de los deudores y distintos proyectos vinculados con la morosidad. El Gobierno, en paralelo, avanzaba con una nueva entrega de novedades sobre Malvinas. La disputa no era solamente institucional: también era una disputa por qué tema iba a mirar la sociedad.

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Porque una agenda política no es solamente una lista de problemas. Es una selección. Lo que aparece permanentemente adquiere importancia; lo que queda fuera de la conversación pierde centralidad. Y ahí es donde la estrategia comunicacional del Gobierno puede ser más eficaz que cualquiera de las medidas concretas que la alimentan.

Milei para tapar a Milei

Pero la lectura de Rebord va todavía un paso más allá. La estrategia no solamente permite tapar los problemas del Gobierno: también permite tapar al propio Milei. El conductor señaló que el discurso internacional del Presidente resultó particularmente efectivo para desplazar el foco de una serie de declaraciones realizadas apenas un día antes. “Milei para tapar a Milei”, sintetizó, al recordar que el mandatario había planteado que quienes no lo votaran estarían prácticamente “suicidándose” y que, poco después, el eje de la conversación pública pasó a estar puesto en Malvinas y en su posicionamiento internacional.

La paradoja es potente: Milei necesita cambiar de tema para que no se hable de Milei.

El Presidente construyó buena parte de su identidad política alrededor de su capacidad para instalar discusiones, provocar reacciones y obligar al resto de la dirigencia a responder. Durante mucho tiempo, esa dinámica funcionó como una ventaja. El oficialismo marcaba el tema y la oposición corría detrás, incluso cuando la respuesta era para cuestionarlo.

Pero cuando un gobierno atraviesa un momento de mayor desgaste, esa capacidad de imponer la conversación adquiere otra función. Ya no se trata solamente de comunicar logros. Se trata de evitar que determinados temas se conviertan en el centro de la discusión.

Malvinas aparece así como un ejemplo casi perfecto. Es una cuestión cargada de historia, identidad, nacionalismo y sensibilidad social. Difícilmente pueda competir en atención pública con un debate técnico sobre morosidad, deuda o una discusión parlamentaria. Y justamente por eso tiene capacidad para ordenar la conversación alrededor de una pregunta mucho más emocional.

La política del goteo

La operación tiene, además, una particularidad que Rebord marca con claridad: no parece depender de un único gran anuncio. Al contrario, funciona por acumulación. Primero, una declaración. Después, una denuncia. Más tarde, una sanción. Luego, un proyecto de ley. Finalmente, el tratamiento parlamentario. Cada episodio tiene una vida propia, pero todos pertenecen al mismo relato. De esa manera, el Gobierno consigue transformar una decisión puntual en una secuencia de noticias. Eso es lo que significa administrar contenidos. No necesariamente producir una gran noticia todos los días, sino evitar que la noticia anterior muera.

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“Van administrando cosas por goteo todos los días”, dijo Rebord. La frase sirve para describir algo más amplio que la estrategia sobre Malvinas: la política contemporánea se convirtió también en una disputa por la duración de los temas. En ese juego, el Gobierno parece haber aprendido una lección que la oposición todavía tiene dificultades para procesar. No alcanza con tener algo para decir. Hay que conseguir que alguien lo escuche. Y, sobre todo, hay que conseguir que lo escuche antes de que aparezca el próximo tema.

La oposición, mientras tanto, enfrenta el problema inverso. Puede conseguir una sesión, reunir proyectos, alcanzar acuerdos parlamentarios y construir una agenda propia, pero si no consigue instalarla en la conversación pública, corre el riesgo de que su iniciativa exista institucionalmente y desaparezca mediáticamente. Por eso la discusión de Malvinas y la de morosidad no son dos discusiones completamente separadas. Son dos agendas compitiendo por el mismo espacio de atención. Y en esa competencia, Milei parece haber entendido algo que buena parte de la política todavía subestima: quien consigue decidir de qué se habla durante una semana no necesariamente resolvió los problemas del país, pero sí consiguió algo políticamente valioso: evitar que durante esa semana se hable de aquello que más le incomoda.

La cuestión, entonces, ya no es solamente qué hace Milei con Malvinas. La pregunta más interesante es otra: ¿qué consigue Milei que dejemos de discutir cada vez que instala un nuevo tema? Porque quizás el verdadero poder de la agenda no esté en imponer una respuesta. Esté, simplemente, en conseguir que nadie llegue a formular la pregunta que estaba haciendo antes.

Esta nota es una trascripción hecha en base al programa de Tomás Rebord trasmitido por la pantalla de +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil.