Yamil Dora nunca imaginó que terminaría escribiendo sobre una parte de su infancia que durante años había permanecido prácticamente borrada de su memoria. En una entrevista con Osvaldo Quiroga en +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, contó que su padre había sido dueño de un cabaret en Casilda, Santa Fe, una historia familiar que durante su niñez estuvo atravesada por la vergüenza y por la mirada de los demás.
“En realidad es un libro que yo nunca pensé que iba a escribir, era una historia como borrada en mi cabeza”, explicó. El recuerdo comenzó a reaparecer muchos años después, durante uno de sus regresos a Casilda, cuando pasó por el lugar donde había funcionado el establecimiento.
“Todos sabían que yo era el hijo del dueño del cabaret”
Dora recordó que su padre cerró el cabaret cuando él tenía alrededor de 13 o 14 años. “En Casilda, Santa Fe, una ciudad chica, todos sabían que yo era el hijo del dueño del cabaret”, relató.
La situación adquiría una dimensión especialmente incómoda durante la infancia, cuando todavía no tenía herramientas para explicar qué significaba aquella actividad. Una escena escolar quedó particularmente grabada en su memoria.
“Estaba en tercer o cuarto grado y había que pasar al frente y escenificar el trabajo de tu papá. Y yo tenía que ver cómo hacía para escenificar al dueño de un cabaret trabajando”, recordó. La consigna, aparentemente cotidiana, lo enfrentaba con una diferencia que sentía difícil de explicar ante sus compañeros.
La foto que hizo regresar los recuerdos
El disparador literario apareció décadas después. Durante un viaje a Casilda junto a un amigo, Dora volvió a pasar frente al edificio donde había funcionado el cabaret.
“Miré, ahí estaba el cabaret de mi viejo. Me dice: ‘Pará, bajá, te saco una foto’”, relató. Esa imagen terminó funcionando como una puerta hacia recuerdos que habían permanecido guardados durante años.
“Llegué a Buenos Aires y me puse a escribir. Y empecé a recordar las sensaciones que yo tenía de ser el hijo del dueño del cabaret”, explicó. La escritura comenzó entonces como una reconstrucción de emociones antes que como un proyecto literario planificado.
“Me daba mucha vergüenza el trabajo de mi viejo”
Uno de los aspectos centrales de esos recuerdos fue la comparación permanente con las familias de sus compañeros. “Cuando era chico me daba mucha vergüenza el trabajo de mi viejo, y también idealizaba la otra familia”, reconoció.
Dora observaba a los hijos de profesionales y construía alrededor de ellos una imagen de normalidad y bienestar. “Veía a mis compañeros, compañeras, que los padres eran profesionales, y pensaba que tenían una vida fantástica, porque tenían unos autos cero kilómetros, casas hermosas”, recordó.
Con el tiempo, aquella percepción comenzó a modificarse. La mirada adulta le permitió revisar las apariencias de esas familias y también recuperar con mayor complejidad la figura de su propio padre, ya no únicamente desde la incomodidad que había sentido cuando era niño.
De la vergüenza a la literatura
El libro terminó convirtiéndose en una forma de volver sobre esas contradicciones: el afecto hacia su padre y la vergüenza por su trabajo, la fascinación por las familias ajenas y la comprensión posterior de que ninguna vida era tan perfecta como parecía.
Lo que durante años había resultado difícil de nombrar se transformó finalmente en material literario. Casilda, el cabaret, la infancia y la figura paterna comenzaron a reaparecer a través de una escritura que busca comprender el pasado sin borrar sus tensiones.
Como señaló Dora, son precisamente “las contradicciones” las que permanecen en el centro del relato. Una historia familiar que había intentado olvidar terminó convirtiéndose, décadas después, en una forma de recuperar a aquel niño y de mirar con otros ojos aquello que alguna vez le produjo vergüenza.