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REVISTA TAL CUAL

Malvinas, Thatcher y el día en que descubrimos toda la verdad

En 1982, mientras la dictadura militar llevaba a la Argentina a la cruenta Guerra de Malvinas, di mis primeros pasos en el periodismo como colaborador de la revista Tal Cual. El recuerdo de aquellas tapas contra Margaret Thatcher, el trabajo en la redacción y las verdades que aparecieron cuando terminó el conflicto.

Portada de Tapas de Tal Cual 16072026
Portada de Tapas de Tal Cual | CeDoc

Tenía apenas 22 años cuando empecé a dar mis primeros pasos en el periodismo. Era colaborador de la revista Tal Cual, de Editorial Perfil, y jamás imaginé que mi bautismo profesional iba a quedar atravesado por uno de los episodios más dramáticos de la historia argentina: la Guerra de Malvinas.

Argentina vivía bajo una dictadura militar que llevaba seis años en el poder. Hoy sabemos, con la perspectiva que da el tiempo, que la recuperación de las islas fue una decisión desesperada de una Dictadura Militar desgastada, que buscó en el fervor patriótico una salida para perpetuarse en el poder. Pero en aquellos días la información llegaba fragmentada, filtrada y, muchas veces, directamente manipulada por la censura y la propaganda oficial.


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En la redacción de Tal Cual el clima era distinto. No porque escapáramos a ese contexto —era imposible hacerlo—, sino porque había una enorme vocación periodística y una creatividad que transformaban cada edición en un desafío.

La revista estaba dirigida por Carlos Andaló y el secretario de Redacción era Héctor Chevalier. Dos periodistas inteligentes y audaces, capaces de convertir una portada en una declaración política y periodística. Compartía la redacción con Cristina Ricci, Marcos Valero, Susana Dacunto, Roberto De Stefano y Carmen Correa. Yo era uno de los más jóvenes y absorbía cada conversación, cada cierre, cada discusión sobre títulos y fotografías como si estuviera cursando la mejor universidad posible.

Mientras en los kioscos aparecían publicaciones que hablaban de victorias inminentes y de una guerra favorable para la Argentina, Tal Cual eligió concentrar toda su artillería editorial sobre Margaret Thatcher, la primera ministra británica, convertida entonces en el rostro visible del enemigo.

Así nació una serie de tapas que, vistas hoy, conservan una potencia visual extraordinaria.

La primera apareció el 30 de abril de 1982: "Pirata, Bruja y Asesina. ¡Culpable!". Thatcher aparecía con un parche en el ojo, como una pirata.

Tapas de Tal Cual 16072026

El 7 de mayo, llegó "La dama de la muerte", con colmillos de vampiro.

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Una semana después, el 14 de mayo, probablemente la más impactante de todas: "La Thatcher peor que Hitler", con casco nazi y bigote hitleriano.

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El 21 de mayo la tapa fue "Se enojó", "Está histérica por las tapas de Tal Cual. El 28 de mayo salió "Más mala que el diablo", con cuernos, barba y orejas demoníacas.

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Y el 11 de junio, apenas tres días antes de la rendición argentina, apareció "La Bruja Thatcher. ¡Maldita!", culminando una serie que buscaba expresar el rechazo a quien ordenaba el ataque de las fuerzas británicas.

Aquellas tapas eran provocadoras, exageradas y profundamente emocionales. Reflejaban el clima de un país en guerra, donde la indignación por los bombardeos, la muerte de soldados y el hundimiento de barcos convivía con una narrativa oficial que alimentaba la esperanza de una victoria que nunca estuvo cerca.

El 14 de junio de 1982 llegó la rendición.

Con ella terminó la guerra, pero también empezó otra historia: la de descubrir cuánto nos habían ocultado.

Recuerdo especialmente un momento que me marcó para siempre.

Varios meses después del conflicto vimos en la redacción un documental sobre la guerra de Malvinas. Fue una experiencia muy fuerte. Por primera vez aparecían imágenes de los combates, testimonios, reconstrucciones militares y datos que durante el conflicto nunca habíamos conocido.

Comprendimos entonces la enorme distancia que existía entre la realidad del frente y el relato que recibíamos diariamente.

No sólo habíamos ignorado la verdadera magnitud del poder militar británico; tampoco conocíamos las condiciones en las que combatían muchos de nuestros soldados, las dificultades logísticas, los errores estratégicos ni la dimensión real de las pérdidas.

Entendí que una guerra no sólo se libra con armas. También se pelea con información. Y que cuando la prensa trabaja bajo un régimen autoritario, la verdad suele convertirse en una de las primeras víctimas.

Con los años aprendí a mirar aquellas tapas con otra perspectiva.

Son un documento de época. Expresan el dolor, la bronca y el sentimiento de millones de argentinos frente a una guerra que despertó una causa legítima —la soberanía sobre las Islas Malvinas—, pero que fue utilizada por una dictadura militar que buscó en el conflicto una tabla de salvación política.

Más de cuatro décadas después, Margaret Thatcher volvió a ocupar un lugar inesperado en el debate público argentino. Las reiteradas expresiones de admiración del presidente Javier Milei hacia la ex primera ministra británica reabrieron una discusión que para mi generación tiene una carga emocional imposible de ignorar. Ante la polémica, el Gobierno explicó, a través de su vocero presidencial, que el Presidente admira el programa económico que aplicó Thatcher para derrotar la inflación y transformar la economía británica, y no su actuación durante la Guerra de Malvinas. También aclaró que esa valoración no modifica el histórico reclamo argentino sobre la soberanía de las islas.

Casi al mismo tiempo, otra imagen recorrió el mundo desde un lugar muy distinto. Después de eliminar a Inglaterra en el Mundial, los jugadores de la Selección Argentina celebraron mostrando una bandera con la inscripción "Las Malvinas son argentinas". No hubo discursos ni declaraciones políticas: apenas un gesto que volvió a expresar un sentimiento profundamente arraigado en buena parte de la sociedad argentina y que recordó que la causa Malvinas trasciende gobiernos, ideologías y generaciones.

Pero para mí, estas tapas de Margaret Thatcher, además, representan el comienzo de una vida dedicada al periodismo.

Tenía 22 años y todavía no lo sabía, pero entre aquellas reuniones de cierre, los titulares escritos a las apuradas y las fotografías, estaba aprendiendo una de las lecciones más importantes de esta profesión: desconfiar siempre de las verdades oficiales, especialmente cuando un país está en guerra.

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