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MODO FONTEVECCHIA
Evolución de la estructura social y datos del INDEC

Agustín Salvia: "Midiendo bien la pobreza no cayó 12% sino 3% y la clase media está peor"

El director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA analiza el impacto real del ajuste en los distintos sectores socioeconómicos, el freno a la caída inflacionaria en el consumo de los hogares y el deterioro silencioso del poder adquisitivo en la clase media.

 Agustín Salvia
Agustín Salvia | Cedoc

En un recorrido exhaustivo por los microdatos de las mediciones oficiales y los estudios académicos más recientes, Agustín Salvia pone bajo la lupa la narrativa del ajuste económico y su verdadero correlato en las estadísticas sociales.

A través de un análisis minucioso que el sociólogo brindó en Modo Fontevecchia, por +Perfil y Radio Perfil (AM 1190), sobre la metodología de medición de la pobreza, el impacto de los programas sociales en los deciles más postergados y la fuerte presión de las tarifas sobre el presupuesto familiar, el sociólogo explica por qué la leve mejora en la base de la pirámide convive con un marcado empobrecimiento de la clase media. Una radiografía profunda para comprender cómo el bolsillo, la autoexplotación informal y las dinámicas del consumo moldean el nuevo mapa político y social del país.

Agustín Salvia es sociólogo egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y realizó su doctorado en Ciencias Sociales en el Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Actualmente es investigador del CONICET y, además, es jefe del Observatorio de la Deuda Social del Departamento de Investigaciones Institucionales de la Universidad Católica Argentina.

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Buenos días, Agustín. Como siempre, un gusto hablar con vos para que nos vayas actualizando, en este proceso por etapas, la evolución de la estructura social de la Argentina. Me gustaría que compartieras con nuestra audiencia las últimas conclusiones del observatorio.

Sí, hay dos. Mirá, justo ayer salieron los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC a nivel trimestral, del primer trimestre, y marca claramente una tendencia que cabe mencionar: la aparente caída —o hasta dónde hubo una caída— de la pobreza en Argentina en materia monetaria que se habría experimentado durante el 2025 comparado contra el 2023 o 2024. Esa caída se habría estabilizado y empezaría un proceso de reversión o, por lo menos, de estancamiento alrededor de lo que es un piso histórico de pobreza medido bajo el formato tradicional con que el INDEC venía midiendo esto, que es alrededor del 30%. Hay un piso de pobreza estructural en Argentina del 30%. Ahora, hay otra información que surge del trabajo académico que justamente publicó Perfil el sábado pasado y algo el viernes, y casi de manera exclusiva, porque nadie ha levantado mucho esa información: si midiéramos comparativamente, como se podía medir antes de 2024, la pobreza y la comparáramos con la medición de ahora, actualizadas correctamente las canastas que se consideran como parámetro para no ser pobre y corrigiendo el efecto de la mejor medición que tuvo la encuesta a partir del año 2024, la caída que compara muchas veces el presidente o el discurso oficial —en donde la pobreza habría caído más de 12 o 13 puntos— en realidad, cuando lo comparás contra el 2022 te habría caído casi 12 puntos la pobreza en términos informativos de 39 a 28%, esa caída no es tan real.

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La diferencia de 11 puntos se reduce a tres puntos. Con respecto al 2022, medido de la misma manera, habría sido de 44,7% y en el tercer trimestre del año 2025 habría sido de 41,6%. En la indigencia ocurre lo mismo: en vez de tres puntos de caída comparada contra aquel período, solo sería de 0,5%. Comparando lo mismo con la misma metodología, te dice que estaríamos tan mal como cuando estábamos mal después de la pandemia. No estamos tan bien. Sí es cierto que con menos inflación y, en cualquier caso, con un 30% de pobreza estructural que tiende a aumentar a la luz de un conjunto de factores, como es la falta de empleo, el aumento del empleo informal, la caída de la compensación que daban los programas sociales y factores de inflación, aunque siga bajando. Hay una situación ahí que, en términos monetarios, produce que los hogares puedan tener eventualmente más capacidad de consumo, pero la tienen que destinar a servicios y al pago de tarifas. Por lo tanto, tienen menos capacidad de consumo para bienes y servicios corrientes, lo cual baja el mercado interno, paraliza o hace más heterogénea o inestable la demanda interna del consumo. Esto muestra que hacia adelante lo que tenemos es un escenario corregido por equilibrio fiscal y caída de inflación, pero en el que estructuralmente la Argentina no ha cambiado sustantivamente. Incluso podríamos pensar que las capacidades de resiliencia han disminuido a través de la generación de empleo pleno. Ese es un poco el diagnóstico

Debo confesar el diagnóstico, Agustín, y no sé si vos coincidirás conmigo. Aunque la caída de la pobreza no haya sido de 11 o 12 puntos ni de 3 en la indigencia, y haya sido de 3 puntos en la pobreza y 1 en la indigencia, con un plan de ajuste como el que realizó el Gobierno hubiera sido imaginable lo contrario. Aunque sea módica la reducción de la pobreza, de cualquier forma sorprende y creo que tiene que ver con la actitud que tomaron de aumentar por arriba de la inflación el plan social, al que le pusieron todo el foco. Ahora, me parece que si uno puede decir "bueno, lograron con una eficaz utilización de la herramienta de los planes sociales amortiguar el efecto que hubiera tenido en la pobreza el enorme ajuste", en cuyo caso es una medida exitosa, simultáneamente la clase media es mucho más pobre de lo que era, o por lo menos esa es la sensación que se percibe día a día. Es decir, no se empobreció más a la clase más baja, pero se empobreció a la clase media. No sé si esta percepción absolutamente empírica y sin ninguna base estadística la corroboran los estudios que vos realizás en el observatorio.

Es más o menos así, te comento. Creo que la virtud que tuvo la política de ajuste del Gobierno fue no solamente aumentar los programas sociales, sino producir un sistema de competencias de mercado que ha hecho que bienes básicos, sobre todo la canasta alimentaria, pero también un conjunto de bienes básicos que son transables, tengan un ritmo de crecimiento por debajo de la inflación general.

Exacto.

Eso ha hecho que haya mayor capacidad de consumo en los sectores más pobres, tanto por los programas como por el hecho de que la composición de su canasta es fundamentalmente alimentaria y de bienes básicos. Esto ha hecho que esos segmentos —y ahí está la virtud, quizás, de esta política de ajuste— no hayan experimentado una situación ni de hambruna generalizada, ni de crisis, ni de catástrofe social. El efecto inflacionario también tuvo un componente positivo durante la segunda parte del '24 y el '25 que no necesariamente lo recogen las estadísticas en términos de la capacidad de administrar el presupuesto. Esto ocurrió también en las clases medias y medias bajas. Ahora bien, en la parte que sí coincido es que el aumento significativo por sobre el índice general de precios —a una inflación muy superior a la que estamos midiendo, sin que ello se mida porque el INDEC tampoco terminó actualizando la forma de medir la evolución de los precios— pero el aumento de todo lo que son los servicios y las tarifas por sobre el índice general le pega justamente en las rodillas a la clase media. La clase media espera poder tener capacidad de ahorro y, en vez de eso, tiene que destinar mucha más parte de sus ingresos a cubrir lo mismo que consumía antes: la misma cantidad de gas, de luz, de comunicación.

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Por lo tanto, no solo no tiene capacidad de ahorro o esta disminuyó, sino que tiene menos capacidad de consumo para servicios que son típicos de una clase media, como mejorar la calidad educativa o los servicios de recreación, y los consumos que hacen al mejoramiento de una vivienda o cambios de bienes durables. Esto empezó a ocurrir en el '25 y de ahí el endeudamiento: los bancos daban créditos y se tomó un endeudamiento fácil frente a una expectativa de que iba a haber una mejora sustantiva y después, obviamente, no la hubo. Ahí está la fuerte mora. Esos segmentos de la clase media están hoy endeudados, sin capacidad de ahorro ni de consumos básicos típicos de la cultura simbólica del hábitus de las clases medias. Entonces, la percepción de empobrecimiento —por mucho que no tengan que estar vendiendo el auto, la casa o rifando las joyas de la abuela— obviamente está experimentanto un deterioro y un empobrecimiento simbólico en sus consumos cotidianos. Algunos están muy enojados con el Gobierno, tal vez enojados desde antes y con una perspectiva política antiliberal. Otros, con mucho apoyo al Gobierno durante mucho tiempo, quizás tengan todavía expectativas de que esto pueda mejorar en el corto o mediano plazo, o visualizan que quizás no haya nada mejor que se les pueda ofrecer y lo que tienen como haber es la capacidad de administrar con menos inflación su vida cotidiana. Este es un poco el diagnóstico que surge de nuestros datos.

A ver, y vos corregirme nuevamente, Agustín, si lo hago tan silvestre que finalmente termina careciendo de cualquier valor científico: un sector, probablemente los últimos dos deciles de la población argentina, al bajar los alimentos o subir por debajo de la inflación y haber recibido una actualización de la ayuda social por arriba de la inflación, mejoró respecto de la situación previa al gobierno de Milei. La clase media baja —no solamente la clase media, sino la numerosa clase media baja— y la clase media, al aumentarle tanto por arriba los servicios, empeoraron su condición respecto a hace dos años. O sea, hay una muy leve mejora en un porcentaje —a lo mejor el 20% de la población— y un empeoramiento en un porcentaje mayor, a lo mejor el 50% de la población.

Sí. Eso que decís y que comunicás de esta manera es más o menos lo que ha ocurrido en términos monetarios y en términos de menor capacidad de consumo de esas clases medias. Hay más capacidad de consumo de los segmentos más bajos. No quiere decir que estén teniendo capacidad de invertir en capital humano, en desarrollo social o inclusión, porque sus déficits son muy estructurales. Pero para los segmentos medios, efectivamente, hay una disminución de su capacidad de inversión, de ahorro y de proyectar el futuro a través del producto de su trabajo. Su trabajo es menos remunerado.Pero sí destaco el otro punto: "bueno, tengo menos ingresos trabajando más, pero me administro mejor el presupuesto familiar". E incluso en algún momento tuve la desgracia de endeudarme y ahora tengo que estar pagando la deuda o dejé de pagar —lo cual genera un conflicto social latente—, pero en una sociedad que está mucho más mercantilizada, que tiene menos estructuras organizacionales de cohesión o de articulación, hace que la lucha sea mucho más individualista en términos de "cómo voy a salir de esta". Y de esta tengo que salir trabajando más, buscando otro trabajo o trabajando de manera informal. Hay pérdida de empleo formal y eso se reemplaza con un trabajo informal, que es mucho más intensivo y de mayor autoexplotación familiar. Incluso esos procesos llevan a una mayor atomización social y mayor individualización en la lucha del sálvese quien pueda en una situación que no es crítica, porque la inflación tampoco es catastrófica ni se están generalizando los cierres de empresas ni se corta la cadena de pagos. Entonces, todos luchan de una u otra manera para no quedar descolgados del proceso reproductivo. Ese proceso de lucha individual no produce cohesión ni integración social, pero sí produce armonía o paz social: un control social implícito dentro de la estructura donde quizás en otros contextos esto no sería soportable. Acá aparece como mucho más soportable e incluso viable que esto pueda continuar por mucho tiempo.

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Agustín, ¿es un predictor de intención de voto el ascenso o descenso de la capacidad de consumo de la mayoría de la población? Podríamos decir simplemente que un 20% no empeoró, un 50% empeoró y un 30% mejoró en alguna medida, que es el núcleo de apoyo que pueda tener el Gobierno. Incluso se percibía cierta gentrificación en el voto de Milei en 2025, distinto a 2023: en 2023 lo votaba mucha clase baja y en 2025 se parece más al voto del PRO, donde lo vota la clase alta. ¿Es un predictor esto que está sucediendo con la clase media, por lo menos por la experiencia que vos tenés respecto a la intención de voto?

Mira, yo creo que hay una transición. Siempre mantengo la tesis de que acá todavía no hemos logrado salir de una crisis más sistémica. Todavía no aparece un nuevo modelo ni de acumulación, ni de régimen político, ni de organización social. En esta transición, lo irruptivo que fue Milei en su momento traccionó votos de distintas extracciones sociales, no importa con qué situación económica, porque lo que ofertaba desde el punto de vista político era lo novedoso, lo irruptivo, lo diferente frente a un sistema agotado, deteriorado y un discurso político vaciado de legitimidad. Ahora, según cómo están ocurriendo los procesos, el discurso de Milei también encuentra un proceso de institucionalización y de organización dentro de eso mismo que él criticaba. Incluso la distribución del ingreso que se está dando no necesariamente va a terminar expresando a quién vota cada uno, porque hay un componente ideológico o irruptivo todavía presente. Pero hay una tensión sobre cuánto me va bien; vuelve a aparecer esa tensión de qué me está pasando en el bolsillo y a quién voy a votar. Ese punto lo tiene fundamentalmente la clase media. Por mucho que haya ganado votos en los sectores populares, hoy sigue teniendo un peso importante, mucho más del que podría esperarse, pero uno de cada cuatro miembros de los sectores populares podría votar a Milei fácilmente. Tal vez lo hizo casi la mitad en otro momento, pero uno de cada cuatro o cinco está en esa situación. Las clases medias son las que eventualmente van a terminar votando en 2025 o las que definen elecciones en las segundas vueltas, y mucho va a depender del componente económico. No lo fue en el año 2023, pero sí creo que lo va a ser en 2027 en términos de cuánto ese segmento va a castigar o no cómo le ha ido en los últimos cuatro años. Son 10 o 15 puntos porcentuales que definieron los votos de Cristina, de Macri, de Alberto Fernández y de Milei. Yo creo que ahí va a estar otra vez la definición de esos votos. Va a haber un componente que tenga que ver con "no quiero volver al pasado", pero hay otro componente que va a tener que ver con cómo estoy en el presente y cómo voy a poder estar en el futuro. El área de vacancia que tiene la política y que todavía no ha logrado construir la oposición es el hambre de futuro que tienen esos segmentos: un trabajo para mis hijos, como siempre.

Agustín, empezamos hablando de sociología y terminamos hablando de política muy ilustrativamente. Muchísimas gracias. Te mandamos un abrazo grande y nos mantenemos en contacto como siempre.

Gracias, Jorge. Un abrazo.

MEG