La administración del presidente Donald Trump puso el acceso al petróleo venezolano y la estabilidad geopolítica por encima de una transición democrática plena después de la caída de Nicolás Maduro, lo que generó inquietud entre sectores opositores y analistas. Ante este escenario, la activista Débora Van Berkel sostuvo en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) que “Los intereses de Trump retrasan la democratización de Venezuela”, al tiempo que destaca la vocación democrática del pueblo y la necesidad de restituir la soberanía popular.
La activista y defensora de derechos humanos venezolana, Débora Van Berkel, participó como invitada en programas como #ConLaLuz, donde habló sobre la necesidad de construir espacios de cambio pacífico, fortalecer la solidaridad ciudadana y enfrentar desafíos sociales y políticos en Venezuela. Además, en esas intervenciones llamó a la población y a las fuerzas armadas a buscar soluciones democráticas y a promover la transformación desde la base social.
A una semana de los acontecimientos, me interesa conocer su evaluación respecto de si lo ocurrido en Venezuela se inscribe dentro de lo previsto, resulta satisfactorio o queda por debajo de las expectativas.
Los venezolanos atravesamos una situación inédita para el país y creemos que también para el continente. Estamos frente a un momento de transformaciones profundas. Hoy nos encontramos con un dictador preso en una cárcel de Estados Unidos, pero con un régimen autoritario que sigue vigente y con un proceso de transición que comienza —esperamos— hacia la democracia, que es nuestra aspiración. Sin embargo, el camino aún no aparece con claridad y existe un evidente tutelaje por parte de la administración del presidente Trump sobre todo este proceso. Esto nos obliga a pensar necesariamente una ruta en la que los venezolanos recuperemos autonomía, independencia y capacidad para avanzar hacia una nueva etapa democrática, con un gobierno que responda a la seguridad popular, que sea reconocido como expresión de la voluntad colectiva y que pueda construir nuevas relaciones con la comunidad internacional.
¿Cómo se hace para cambiar un país que lleva treinta años bajo un sistema político, ni hablar del caso de Cuba, que lleva más de sesenta? ¿Y qué experiencias existen, por ejemplo, en China o en Rusia, donde se modificaron sistemas que duraron sesenta u ochenta años, pero donde finalmente la transformación volvió a derivar en modelos autocráticos y autoritarios? Es decir, ¿podemos plantearnos que en Venezuela hay un problema no solamente político, sino también cultural, después de una generación que solo vivió bajo este sistema?
Si hay algo que hoy podemos establecer con un balance positivo en Venezuela es la voluntad y la vocación democrática de los venezolanos. Eso se expresó con mucha claridad en las elecciones del año 2024, cuando, contra todo pronóstico, frente a situaciones muy complejas y numerosas limitaciones para llegar a elecciones justas, los venezolanos se impusieron a esas realidades, ejercieron su derecho al voto y manifestaron su voluntad de que el país volviera al cauce democrático. Fue una jornada de participación popular increíble. Por eso consideramos que, en este momento, esa vocación democrática y esa voluntad siguen vigentes; que los venezolanos atraviesan un proceso de mucha maduración política y que tienen muy claro que, en circunstancias tan difíciles, es necesario actuar con moderación y con calma.
Creo que ahí hay una diferencia. Como venezolanos, este mes recordamos lo que fue el año 1958, cuando terminó la última dictadura del siglo XX en Venezuela, la de Pérez Jiménez, y comenzó una etapa democrática que durante cuarenta años llevó al país a los más altos estándares de bienestar, progreso y ejemplo democrático para la región. Luego llegó una etapa que nos condujo por un camino absolutamente autoritario y a una situación social que revirtió todos esos avances logrados. Pero esa experiencia nos diferencia de otras realidades: en Venezuela existió un período democrático, ese período quedó sembrado en los venezolanos y hoy se trabaja arduamente por reconquistar ese camino hacia una democracia que será distinta en muchos aspectos, pero que conserve el aprendizaje de la participación y de la convivencia basada en un pacto social que garantice inclusión y derechos para todos y todas.
Ese es el camino en el que estamos hoy. No va a ser fácil. Existen fuerzas de otras latitudes involucradas en esta dinámica, lo que implica un trabajo muy intenso para enfrentar cómo se han introducido en nuestra realidad durante las últimas décadas. Se trata de factores complejos que no se limitan a Venezuela, sino que atraviesan a toda la región: el crimen organizado, los grupos transnacionales ilícitos, el narcotráfico. Todos estos elementos inciden en nuestra coyuntura y generan preocupación regional. Son factores que van contra la democratización y no se reducen a un gobierno más o menos autoritario, sino a un régimen que articuló alianzas y formas de trabajo intrínsecas con estas fuerzas, lo que vuelve particularmente delicado el desafío de revertir esta realidad en nuestro país.
Las elecciones de 2024 las ganó ampliamente la oposición y la mayoría de la población, por lo tanto, está a favor de lo que hoy sería la oposición. No se entiende por qué sería necesario un tránsito tan prolongado en la recuperación democrática si no fuera por una cuestión, podríamos decir, de militarización de una parte importante de la población, no solo de las fuerzas armadas. Porque si las fuerzas armadas fueran controladas por un nuevo comandante en jefe, como ocurrió en Rusia o en China, se alinearían a ese nuevo líder. Me parece que aquí el problema es que existe un porcentaje de gente armada prochavista que no está institucionalizada y que, por lo tanto, recomponer la democracia tendría un costo de violencia física. ¿Lo entiendo mal?
Una de las dificultades que enfrentamos es que la fuerza armada fue cooptada, tomada por el régimen y actualmente forma parte de ese equipo o alianza que decidió quedarse en el poder a cualquier costo. Ese es un problema fuerte en el país, pero en los últimos eventos, con la intervención de Estados Unidos, se vio evidente que la fuerza armada tampoco tiene vocación de inmolarse por esta situación. Existe un problema con grupos armados que resisten este proceso de cambio, lo que en parte explica la decisión de Estados Unidos de permanecer y continuar presionando con su fuerza para que no puedan seguir actuando en contra del proceso. Sin embargo, los venezolanos de a pie no están en posesión de armas ni en condiciones de confrontación armada entre ellos, por lo que no se puede hablar de una guerra civil.
Incluso, por lo menos, las informaciones que teníamos indicaban que en las elecciones de 2024, en las votaciones realizadas dentro de los cuarteles, también había ganado la oposición. Es decir, que la mayoría de las fuerzas armadas —no me refiero a las cúpulas, sino a la mayoría— se inclinó por la oposición. Entonces, la pregunta es: ¿por qué Estados Unidos, en 1989, en un país donde también las fuerzas armadas estaban cooptadas por el régimen, como fue el caso de Panamá a fines del siglo pasado, pudo intervenir directamente y colocar al presidente electo cuyas elecciones habían sido desconocidas tiempo atrás, y en este caso no?
En todas las bases militares y en los espacios donde hubo posibilidad de participación electoral, la oposición ganó. Y la misma parte de las fuerzas armadas procuró que la información sobre lo ocurrido en las elecciones y el resguardo de las actas llegara a manos de la oposición; eso también fue obra de actores dentro de las fuerzas armadas que apoyan la democracia. Existe una cúpula de sectores militares que mantiene la idea de continuar con un gobierno de facto.
Lo que piense Estados Unidos o no, no podemos tener absoluta certeza sobre sus pretensiones, pero hay un interés desde el punto de vista de la seguridad regional, por la presencia de actores de otras regiones y con fuerte actividad ilícita en Venezuela. Además, existe un interés económico evidente. La administración estadounidense busca aprovechar este período para lograr beneficios propios, tanto de la administración de Estados Unidos como de la de Trump.
Queremos llegar a un proceso donde se reconquiste la soberanía, no solo territorial, sino también la soberanía popular, entendida en su sentido completo. Ese es nuestro trabajo: alcanzar ese estadio con las mejores condiciones para la población. Actualmente estamos concentrados en la exigencia de libertad para todos los presos políticos, el cese de la represión, la oportunidad de recuperar espacios de actuación en lo público, el acceso a la información y, paulatinamente, crear las condiciones para que un gobierno electo por los venezolanos tome el poder con plena capacidad de ejercerlo.
El gobierno de Venezuela liberó a 24 presos políticos en un operativo nocturno
Será un proceso largo y requerirá una extensa negociación con la administración Trump, pero debe ser el camino para reconquistar nuestros derechos y nuestra soberanía. En ello estamos, independientemente de que Estados Unidos no sea el único país con intereses en Venezuela. Hay muchos otros países que también los tienen, y eso forma parte del problema que hemos estado analizando.
MV cp