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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1003: Por qué los pobres votan a la extrema derecha y podrían dejar de hacerlo

La derecha popular y la izquierda gentrificada comparten un fenómeno que atraviesa a Milei, Trump y la extrema derecha alemana: el desplazamiento de las mayorías populares. Cuando los sectores que históricamente fueron representados por una fuerza sienten que ya no les habla, el voto migra hacia opciones capaces de canalizar su malestar.

Día 1003 editorial JF
Día 1003 editorial JF | +Perfil

En Argentina de 2023, Milei ganó las elecciones con sectores de bajos ingresos desencantados con el peronismo, en 2016 Trump ganó también su primera elección presidencial prometiendo reindustrialización con votos de obreros desencantados con el partido demócrata.

Mientras en Argentina y Estados Unidos la relación de Milei y Trump con los sectores de menores recursos se resintió por los malos resultados de su economía para esos sectores sociales, en Alemania se repite el fenómeno inicial: los sectores de menores recursos que antes votaban en Argentina al peronismo, en Estados Unidos al partido Demócrata o en Alemania al comunismo y sus continuadores, pasan a votar a la ultraderecha mientra en el voto de Milei y Trump se gentrifica.

Expliquemos el fenómeno: la escena es cada vez más común en ciudades argentinas y de todo el mundo. Un barrio con sus esquinas, sus bares y su idiosincrasia es elegido tanto por vecinos que vivieron toda la vida allí como por recién llegados, que son atraídos por los precios de sus alquileres y lo genuino de su estilo. Luego, el mercado inmobiliario y grandes cadenas gastronómicas perciben el fenómeno y comienza la construcción de grandes torres. Se instalan los mismos negocios que se encuentran en las zonas más caras de la ciudad. Los precios empiezan a subir, las personas que viven ahí terminan vendiendo o dejando de alquilar y nuevos y más acaudalados habitantes llegan a la zona.

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Eso se llama gentrifricación y tomamos prestado este concepto que viene del urbanismo para explicar lo que le está pasando Milei, por qué puede perder Trump las elecciones de medio término en Estados Unidos y como una organización filo nazi arrasó en unas elecciones en Alemania y luego de 80 años, puede volver a gobernar una provincia del país europeo. Es como si por momentos, la distinción clásica entre izquierda/pobres y derecha/ricos en el mundo se pudiese sustituir por otra, donde la izquierda se elitizó y la derecha se popularizó.

Pero en países como Argentina el proceso parecería estar comenzando a dar la vuelta porque el voto de Milei se esta gentrificando. Y tomamos este concepto que viene del urbanismo y el mundo inmobiliario para explicar como Milei, que nació como un político genuino que lograba representar a los sectores populares, se quedó solo defendiendo a algunos sectores del establishment. Milei se gentrificó, dejó de representar a los pobres desencantados del peronismo y ahora es sostenido solo por el voto antiperonista clásico, por eso, la preocupación en la Casa Rosada y la caída de las encuestas.

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Lo que está sucediendo con la extrema derecha en Alemania es lo mismo que sucedió en Estados Unidos de 2016 y en Argentina de 2023, el comienzo del proceso donde los pobres votan a la derecha en su caso, de Alemania, la ultra derecha. La AFD, siglas de Alternativa por Alemania ha logrado una victoria histórica en las elecciones estatales de Sajonia-Anhalt con cerca del 44% de los votos, lo que abre por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial la posibilidad real de que la ultraderecha gobierne un estado en Alemania y lo paradójico es que es en la zonas menos desarrolladas de Alemania la parte oriental que estuvo gobernada por el comunismo durante casi medio siglo.

Actualmente, el resto de partidos está intentando aunar fuerza para que no logren tener la mitad más uno de los diputados locales, pero es una posibilidad real de que esta organización probados vínculos con el neonazismo pueda hacerse del poder en esa localidad. Por primera vez, es probable que el cinturón higiénico que se planteaba frente a la extrema derecha, no vuelva a funcionar. ¿Cómo puede suceder que luego de los horrores del nazismo una organización de este tipo pueda volver a gobernar un Estado alemán? ¿Cuáles son los procesos que se viven en Alemania y qué vinculaciones tiene con el resto de la ola de extrema derecha mundial? Para explicar esto, volvemos al concepto de la gentrificación y la representación popular.

El avance electoral de AFD en Sajonia-Anhalt, liderado por Ulrich Siegmund, encuentra sus cimientos en las secuelas de la reunificación de 1990 post caída del Muro de Berlín. La veloz desindustrialización desarticuló el tejido productivo regional, destruyendo empleos masivos en la minería, la química y las manufacturas estatales. Esa transición hacia el capitalismo de libre mercado generó despoblación juvenil, rezago salarial persistente y un profundo resentimiento social frente a las decisiones tomadas en Berlín.

Hay un clásico del cine, la película Goodbye Lenin, en la que se retrata lo sucedido después de la caída del muro. Recordemos su trailer.

Cómo ven, el protagonista de la película intenta hacer creer a su madre que había sufrido un coma que el régimen comunista seguia vigente. Para gran parte de la población, la caída del régimen soviético fue un trauma y sobre este escenario emergió Ulrich Siegmund, un político joven que anteriormente vendía aromatizadores de auto, que pasó de militar en la CDU, o sea la democracia actual centro derecha que gobierna el país, a convertirse en una figura central del ala más radical de AfD.

Siegmund combina un discurso identitario duro con un estilo de comunicación marcadamente populista y digital. Su estrategia se apoya en una presencia masiva en redes sociales como TikTok, donde acumula cientos de miles de seguidores, y en desplazamientos por pueblos de la región en un ciclomotor Simson de la época comunista, apelando a la memoria local.

Vamos a ver un video de este político de extrema derecha y su propaganda en redes.

Esta proyección de cercanía le permite presentarse como la voz auténtica del este frente al establishment político tradicional. La base que respalda este proyecto abarca a trabajadores industriales, pequeños comerciantes, agricultores, autónomos y desempleados que perciben que el modelo económico federal margina a las zonas rurales y pequeñas ciudades de la antigua Alemania Oriental, la RDA. Se observa un voto predominantemente masculino que reacciona con temor al descenso social, la inflación y las exigencias de la transición ecológica.

Históricamente, estos sectores encontraban representación política en Die Linke, el partido heredero del comunismo germanooriental que canalizaba el orgullo del este y la protesta poscomunista. Sin embargo, la migración de Die Linke hacia posiciones culturales progresistas alineadas con las clases medias urbanas abrió un espacio que AfD ocupó. Al fusionar la nostalgia por las redes de protección del antiguo régimen con un nacionalismo de tinte soberanista y antiinmigración, AfD logró captar al antiguo electorado de izquierda, reconfigurando la dinámica política regional. Es decir, que en ese sentido la izquierda también se gentrificó.

Las evidencias que vinculan a sectores decisivos de Alternativa por Alemania (AfD) con la extrema derecha radical y el neonazismo no son meras interpretaciones políticas, sino hechos probados por el propio Estado alemán, su inteligencia interior y el Poder Judicial. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV) clasificó formalmente a la organización juvenil del partido, la Junge Alternative, y a filiales regionales enteras —como las de Turingia, Sajonia y Sajonia-Anhalt— como estructuras confirmadas de extrema derecha violatoria del orden constitucional. Esta categorización fue ratificada por el Tribunal Administrativo Superior de Münster, que validó los informes de la BfV sobre la promoción implícita y explícita de un concepto de nación de corte völkisch, es decir, un modelo etnonacionalista que niega la condición de ciudadanos de pleno derecho a los alemanes con antecedentes migratorios, es decir, hijos de inmigrantes.

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A la luz de investigaciones judiciales y periodísticas, la permeabilidad entre la conducción del partido y el activismo neonazi es estructural. La investigación del medio independiente Correctiv reveló la participación de dirigentes de AfD en una cumbre secreta en Potsdam junto al extremista austríaco Martin Sellner y figuras del Movimiento Identitario, donde se debatió un plan de "remigración" proyectado para deportar a millones de personas, incluidos ciudadanos nacionalizados. Asimismo, la justicia alemana condenó en 2024 al líder del partido en Turingia, Björn Höcke, por utilizar a sabiendas en sus mítines el lema "Alles für Deutschland" ("Todo por Alemania"), consigna oficial de las SA, el brazo paramilitar del partido nazi. A esto se suman los fallos judiciales previos que determinaron que calificar públicamente a Höcke de fascista constituye una caracterización basada en hechos dada la naturaleza ideológica de sus discursos.

La cercanía no se agota en la retórica, sino que se traduce en una estrategia sistemática de revisión histórica. Creadores y referentes del espacio, como Alexander Gauland, han relativizado los crímenes del Tercer Reich definiendo al nazismo como una mera "mancha de pájaro" en la historia alemana, mientras que antiguos militantes de agrupaciones neonazis prohibidas por la ley, como la Heimattreue Deutsche Jugend (HDJ), han ocupado cargos de asesores y colaboradores dentro de las bancadas parlamentarias del partido. Bajo los estándares de la "democracia defensiva" germana, el entramado probatorio que conecta a AfD con el extremismo neonazi representa el archivo documental más sólido registrado contra una fuerza con representación legislativa en la Alemania de posguerra.

Si bien AFD ganó las elecciones en Sajonia-Anhalt, ahora debe conseguir la mitad más uno de los representantes para poder formar gobierno. El Gobierno de la CDU enfrenta el dilema de romper su política de “cordón sanitario” contra Alternativa para Alemania. Es decir, de no prestar ninguna colaboración parlamentaria para que pueda acceder al poder. Si rompen esta política, permitirían que la extrema derecha filonazi vuelva al poder, así sea en un solo estado, tras 80 años de la Segunda Guerra Mundial. Pero, si se niegan pagarán el costo político en buena parte del electorado que los apoya.

Además, está el Frente Sahra Wagenknecht, que lleva el nombre de su principal referente. Esta organización es una ruptura de la izquierda Die Linke. Combina posiciones de izquierda en lo económico, como aumento de salarios y congelamiento de los alquileres, con posiciones conservadoras en inmigración y está en contra de lo que se conoce como la cultura woke. Este partido, que tiene referentes de izquierda, plantea que se abstendrá en la votación del parlamento local e impulsará acuerdos con AFD en temas específicos. Esta alianza que sacó el 5,2% de los votos tiene pocos parlamentarios, pero podría su abstención podría ser clave en que Alternativa por Alemania pueda gobernar en Sajonia.

Si tuviésemos que sintetizar nuestra tesis, podríamos decir que en la política actual el que se gentrifica es derrotado. Es decir, quien pierde de vista la agenda de las mayorías populares y representa demasiado a los sectores medios y altos termina por perder su fuerza. Esto es complejo porque los sectores medios y altos suelen tener una sobrerrepresentación en la creación de subjetividad, pero en rigor un menor número de votos. Entonces, es fácil como fuerza política seguir una agenda de sectores que tienen posibilidad de generar subjetividad, pero menor cantidad de representación real en las urnas. En general, los sectores bajos siguen la agenda que establecen los sectores medios y altos, pero cuando su realidad dista demasiado de la subjetividad que estos construyen se producen estos quiebres que aprovechan sectores extremos de la política.

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Esto explica gran parte del problema de por qué los pobres votan a la derecha. Hay un concepto interesante desarrollado por el economista francés Thomas Picketty, famoso por su libro, El Capital del sigo XXI. El concepto de izquierda brahmánica fue formulado por Piketty y sirve para explicar cómo los partidos progresistas de Occidente dejaron de ser los representantes de la clase trabajadora para convertirse en la fuerza política de la élite educativa. Inspirado en los brahmanes —la casta superior de la India asociada al conocimiento, la autoridad intelectual y los rituales—, Piketty sostiene que la izquierda tradicional sufrió una mutación estructural a partir de la década de 1970, abandonando su función redistributiva original para abrazar los intereses de las clases hipereducadas.

Y esto mismo nos da pie para hablar de Trump. El éxito electoral de Donald Trump se cimentó en la construcción de una sólida coalición con la clase trabajadora no universitaria del denominado cinturón del óxido (Rust Belt). Prometiendo el retorno de la producción manufacturera, la imposición de aranceles y la protección del empleo frente a la deslocalización, el movimiento MAGA logró canalizar el resentimiento acumulado durante décadas de desindustrialización en estados clave como Pensilvania, Míchigan y Wisconsin. De hecho, un 12% de quienes votaron a Bernie Sanders en la interna demócrata de 2016 respaldó a Donald Trump en la elección general. Este electorado, ubicado en estados industriales clave, rechazaba el libre comercio, las élites políticas y la candidatura de Hillary Clinton, vista como la encarnación del establishment. Ante la derrota de Sanders, estos votantes alinearon su descontento económico y proteccionista con la retórica de Trump, priorizando la ruptura con el orden político tradicional por encima de las fronteras ideológicas.

Sin embargo, este mismo electorado popular representa hoy su mayor vulnerabilidad de cara a las elecciones de medio término si percibe que la agenda proteccionista ha fallado en traducirse en mejoras concretas para su vida cotidiana.

El riesgo para el espacio republicano radica en la brecha entre la retórica nacionalista y la realidad económica de las zonas industriales desfavorecidas. Análisis de instituciones como el Pew Research Center y el National Bureau of Economic Research (NBER) coinciden en que los aranceles masivos no han generado una creación neta sostenida de empleo en las fábricas, sino que han encarecido los insumos para los propios productores locales y alimentado presiones inflacionarias que golpean de lleno el poder adquisitivo de las familias de menores ingresos. Cuando el costo de vida aumenta y las plantas no reabren al ritmo prometido, la base de votantes obreros —cuya lealtad histórica pertenecía a los demócratas— tiende a refugiarse en la apatía o a desmovilizarse.

En unos comicios de mitad de mandato, donde la participación baja drásticamente respecto a las presidenciales, la pérdida del entusiasmo entre los sectores populares resulta letal para Trump. Si el votante trabajador considera que el proteccionismo benefició a los grandes capitales o que las medidas económicas provocaron represalias comerciales que dañaron a la agricultura y la industria regional, el ausentismo en los distritos industriales puede volcar la balanza en favor de los demócratas. La paradoja del populismo trumpista reside en que, al depender de la frustración con las élites económicas, queda obligado a responder con resultados inmediatos. Abandonar o defraudar las expectativas de esa clase trabajadora desindustrializada debilita el núcleo de su hegemonía y pone en severo peligro el control del Congreso en las legislativas.

Volviendo a nuestro país, hace meses Facundo Pedrini, un periodista que se desempeña como director de Crónica TV, pero también es columnista invitado en varios streamings, se hizo una pregunta interesante: ¿Cómo puede ser que el Rappi que le lleva un caramel machiatto a un conductor de radio en Palermo sea libertario y el conductor, peronista? Traduciéndolo a la columna de hoy, podríamos decir que el problema que ve Pedrini es que el peronismo se gentrificó, le habla a los que compran café de especialidad en vez de hablarle al repartidor que se lo lleva.

Justamente lo que le pasa a Trump y a Milei ahora es que dejaron de hablarle al repartidor y ahora parece que ambos, tanto el peronismo como el Gobierno le hablan a quien compra café de especialidad. ¿Quién le está hablando a los repartidores, a los que viven de changas, los vendedores ambulantes, los albañiles y las empleadas domésticas? Es decir, ¿quién les está hablando a los últimos? Si Milei todavía sigue competitivo es porque no solo él se gentrificó, si no porque el peronismo ya lo hizo antes.

Pedrini mismo planteó que Unión por la Patria perdió la elección de forma simbólica cuando hizo el cierre de campaña de Sergio Massa en 2023 en el Colegio Carlos Pellegrini, colegio hiperpolitizado de la clase media porteña. “La revolución de los incluídos”, tituló. El tema es que los incluídos, los ganadores en Argentina son cada vez menos y solo con sus votos no se ganan elecciones. Eso es lo que entendió, lamentablemente, Alternativa por Alemania.

Probablemente, esto es lo que buscaba revertir Milei con sus anuncios sobre Malvinas. Al no poder dar una respuesta concreta en lo económico a los sectores populares, quiso embanderarse en una causa que, como lo demostró el gesto de la scaloneta en el partido con Inglaterra, tiene mucho raigambre popular. Además, la causa Malvinas, como dijimos en nuestra columna de los 999 días de Milei, es el último gran “nosotros”, el último gran consenso transversal que une a la grieta.

Pero, parece que el efecto no fue el esperado. Según los datos recopilados por Monitor Digital y Pulso Research, la cadena nacional de Milei por Malvinas sirvió para que el Gobierno retomara el control de la conversación pública tras semanas dominadas por temas económicos adversos. Sin embargo, la cadena registró apenas 36.900 menciones únicas, convirtiéndose en la tercera con menor volumen de interacción digital desde el inicio de la gestión, quedando un 31% por debajo del promedio de sus mensajes previos. A pesar de la baja o estabilización de la inflación, el humor económico digital no repunta y mantiene un 70% de menciones con sesgo negativo. Es decir, de lo que habla la gente, tanto en redes como en la calle, es de lo mismo: la mala situación económica.

En una de nuestras columnas que más se viralizó decíamos que “Milei ya no fameaba aura”, en el sentido de que había perdido su carisma. Ahora completamos este diagnóstico con que esto sucedió porque se gentrificó, dejó de hablarle a los bulleados por la política y olvidados por el progresismo clasemediero e ideologizado, para hablarle al establishment. Si la oposición logra conectar con la mayoría social que la está pasando mal, la derrota de Milei podría ser prácticamente un hecho.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi