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Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1010: De Irlanda a Malvinas, peones en el tablero de Trump

Donald Trump usa las causas de Irlanda y Malvinas como peones en su disputa contra el laborismo británico: el riesgo de confundir una conveniencia personal con una alianza histórica.

Día 1010 editorial JF
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Este fin de semana el presidente norteamericano, Donald Trump, planteó que la reunificación de Irlanda será algo “fantástico que sucederá tarde o temprano”. Esta afirmación se encuentra en el contexto de la escalada diplomática con el Reino Unido por los gastos militares en la OTAN y la falta de apoyo a Estados Unidos en la guerra de Irán. Trump utiliza a Irlanda, como antes utilizó a Argentina y la causa Malvinas, como peones en su tablero para poner en jaque al gobierno laborista.

Si el dirigente de extrema derecha Nigel Farage ganase las elecciones e Inglaterra se pusiera de acuerdo militarmente con Estados Unidos, Trump abandonaría rápidamente esa táctica de declaraciones anticolonialistas. Es lícito tratar de aprovechar la enemistad coyuntural entre Estados Unidos e Inglaterra para dar pasos en la soberanía de territorios ocupados como el de Malvinas; lo que sería un error es creer las palabras de Trump y generar una estrategia que solo dependa de su voluntad.

Vamos a ver las dos tapas de los principales medios impresos irlandeses para palpar algo del impacto de las declaraciones de Trump. Vamos primero con Sunday Independent (Domingo Independiente).

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Sunday Independent

Trump planteó la unidad de Irlanda en una reunión privada con líderes”, dice. Ahora, veamos el Irish Sunday Mirror.

Irish Sunday Mirror

Como ven, tiene una foto de Trump y el mandatario irlandés y dice: “Una nación de nuevo”. Es interesante las perspectivas que generan las declaraciones de Trump, pero también sucede que hay detractores y voces críticas al respecto. Veamos esta otra nota del Irish Sunday Mirror:

Sunday Independent

“Manifestantes expresan su preocupación en Clare y Dublín bajo el lema «Ninguna confianza a los fascistas»”.

Todo esto se enmarca en un momento particularmente delicado de Trump. El próximo 3 de noviembre se enfrentarán en las elecciones de medio término en Estados Unidos y, según la mayoría de las encuestas, los republicanos van a perder; quedaría ver por cuánto. Personalidades como las de Trump y las de Milei ante estas adversidades generalmente tienden a elevar sus niveles de autoafirmación y locura que, en el caso de Trump, ya cruza cualquier frontera de racionalidad. Vamos a ver un video de él bastante particular. Es de una convención republicana antes de viajar a Irlanda, donde les pide a todos jurar por "el presidente más maravilloso de la historia de los Estados Unidos": él mismo.

El análisis de la política exterior exige evaluar cada declaración por su coherencia con las previas. Al incorporar a Irlanda a sus intervenciones recientes, Donald Trump demuestra algo claro: su verdadero foco no reside en la cuestión Malvinas. Tampoco está en la causa de la reunificación irlandesa. El objeto verdadero es atacar al actual gobierno laborista británico.

Irlanda del Norte funciona como un test analítico superior al de las islas Malvinas para poner a prueba las intenciones del presidente norteamericano. A diferencia de lo que ocurre con el gobierno argentino de Javier Milei, en el caso irlandés Trump no puede alegar ninguna amistad especial ni afinidad ideológica.

El actual titular del gobierno irlandés —la República de Irlanda, conocida como Irlanda del Sur—, Micheál Martin, es líder del Fianna Fáil. Es un partido de centro/centroderecha en el espectro europeo, de tradición republicana pero pragmático, pro-Unión Europea y defensor del multilateralismo. No pertenece a la derecha populista del tipo de Nigel Farage o del propio Trump. Existen diferencias importantes en política exterior, inmigración, gobernanza internacional y Unión Europea.

Las diferencias son todavía mayores en política internacional, especialmente respecto al conflicto en Gaza, donde Irlanda mantiene posiciones mucho más críticas respecto de Israel. Durante la visita de Trump de este fin de semana hubo grandes manifestaciones contra él. De este modo, Irlanda y Malvinas serían instrumentos, no objetivos.

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Esta dinámica plantea un experimento natural. ¿Qué sucederá con el súbito anticolonialismo de Trump el día que Nigel Farage entre en Downing Street? Si mañana Farage llegara a Downing Street y Trump dejara simultáneamente de simpatizar con una Irlanda unida y de insinuar un cambio sobre la soberanía de Malvinas, tendríamos un escenario revelador. Habría cambiado una sola variable importante: el gobierno británico. No habría cambiado la historia de Irlanda. No habría cambiado el reclamo argentino. No habría cambiado la situación jurídica de Malvinas. No habría cambiado la población de las islas. Habría cambiado el laborismo por Farage. Quedaría demostrado que el enemigo coyuntural es simplemente el gobierno laborista británico.

Trump puede darse el lujo de ser transaccional porque Estados Unidos posee un enorme poder relativo. Argentina no. El fuerte puede cambiar de aliado según la ocasión. El débil que depende del fuerte no necesariamente puede hacerlo. Por eso surge la pregunta crucial: ¿es una ventana geopolítica la que tenemos con Malvinas o una ventana partidaria? Son cosas completamente diferentes. Si fuera geopolítica, sobreviviría a cualquier primer ministro británico. Si fuera partidaria, se cerraría en cuanto un amigo de Trump llegara a Downing Street.

Allí radica la fragilidad del político que confunde la conveniencia ajena con una oportunidad histórica propia. La fragilidad no consiste solamente en tener menos poder que otro. Consiste en confundir el interés circunstancial del poderoso con una amistad permanente. Porque cuando cambia su interés, el débil descubre que aquello que interpretó como alianza nunca había dejado de ser conveniencia. Se confunde así una coincidencia de intereses con una conversión ideológica. Ocurre algo similar cuando el ministro de Seguridad de Israel, Ben-Gvir, habla de Malvinas porque pelea con Londres, nuevamente con el partido laborista inglés que hoy gobierna Reino Unido y que está en contra de lo que hace Israel en Gaza.

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Cabe preguntarse si puede utilizar Malvinas para recuperar legitimidad si más del 60% interpreta su conversión malvinera como oportunismo.

Esto mismo le puede pasar a la sociedad y a la oposición con la malvinización de Milei. En este caso, el Gobierno es el fuerte y la sociedad y la oposición, el débil. Si aprovechamos el momento para presionar a Milei para que tenga políticas de soberanía sobre las islas es correcto, pero hay que saber que Milei, si el tema no le rinde o le genera problemas con Trump, dejará el reclamo de inmediato.

Volviendo a la geopolítica, cuando se es dependiente es mejor diversificar la dependencia: no solo Estados Unidos, sino también de otras potencias. En lugar de diversificar la dependencia, se concentra una enorme cantidad de capital diplomático en una sola relación: con Donald Trump. Esto sería particularmente peligroso. La política exterior argentina habría confundido una pelea personal de Trump con una modificación histórica de la política de Estados Unidos. Trump no está volviéndose simultáneamente proargentino y proirlandés. No existe una doctrina. Es simplemente una política de relaciones personales y oportunidades sucesivas.

Para dimensionar el verdadero alcance de estos reclamos es necesario mirar las diferencias y similitudes. Son dos territorios cuya soberanía Londres justifica apelando, precisamente, a la voluntad de sus habitantes. El Reino Unido utiliza prácticamente la misma fórmula política para ambos territorios. Irlanda del Norte permanecerá británica mientras sus habitantes quieran seguir siendo británicos. Malvinas permanecerá británica mientras los isleños quieran seguir siendo británicos. Irlanda del Norte y Malvinas permiten comparar dos resultados muy diferentes de la expansión británica y del asentamiento de población británica. Sin embargo, jurídicamente no son casos equivalentes.

En Irlanda, la Corona inglesa fue extendiendo su dominio durante siglos. Especialmente desde los siglos XVI y XVII cuando impulsó las plantations, asentamientos de colonos ingleses y escoceses, sobre todo protestantes, en tierras confiscadas a propietarios irlandeses. El caso decisivo fue la Plantation of Ulster. Eso modificó profundamente la demografía del nordeste de Irlanda. Cuando la mayor parte de Irlanda consiguió separarse del Reino Unido, la partición de 1921 dejó seis condados del Ulster dentro del Reino Unido, precisamente donde existía una mayoría unionista/protestante que quería continuar siendo británica. Hay aquí una analogía conceptual con Malvinas. Una potencia ocupa o controla un territorio. Se consolida allí una población vinculada a esa potencia. Generaciones después, esa población reivindica su voluntad de continuar perteneciendo a ella.

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El Good Friday Agreement de 1998, aceptado por Reino Unido e Irlanda, estableció el llamado principio de consentimiento. Irlanda del Norte continúa perteneciendo al Reino Unido mientras esa sea la voluntad de la mayoría de sus habitantes. Pero, y esto es decisivo, si algún día una mayoría votara por una Irlanda unificada, el Gobierno británico reconoce que debe respetar esa decisión. El acuerdo incluso establece el mecanismo para convocar un border poll, un sondeo de límites. Paralelamente, el crecimiento de la población católica en Irlanda del Norte ya superó a la protestante.

La historia de Irlanda está atravesada por una resistencia centenaria frente al dominio británico. Tras la partición de 1921, la creación de Irlanda del Norte dejó a la minoría católica bajo un sistema de profunda discriminación civil y económica administrado por la mayoría protestante. Esta tensión estalló a fines de los años sesenta en el período conocido como The Troubles, cuando el afán por la reunificación reactivó la lucha armada. El Ejército Republicano Irlandés (IRA), en su facción Provisional, asumió un rol central mediante atentados, enfrentamientos urbanos y campañas con bombas tanto en Ulster como en suelo británico.

El conflicto escaló trágicamente tras episodios como el Bloody Sunday de 1972, en el que tropas británicas mataron a manifestantes católicos. La respuesta del gobierno británico incluyó la suspensión del parlamento local, el despliegue militar y encarcelamientos sin juicio. Esto alimentó una espiral de violencia donde insurgentes católicos, paramilitares lealistas protestantes y fuerzas estatales provocaron más de 3.500 muertes.

El IRA infundió un estado de crisis permanente que impactó profundamente en la sociedad y en la política del Reino Unido. Recién en 1998, el Acuerdo de Viernes Santo puso fin a tres décadas de violencia al establecer un gobierno de poder compartido y fijar el principio de consentimiento.

Les comparto un tráiler de la serie Say Nothing que retrata cómo era la vida de los irlandeses del Sur y su relación con el IRA antes de este acuerdo.

Malvinas presenta una secuencia territorial mucho más nítida para la argumentación argentina. En 1833 Gran Bretaña expulsó a las autoridades argentinas de las islas. Mantuvo desde entonces su control y posteriormente se consolidó la población británica actual. La ONU reconoce que existe una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido. Desde la Resolución 2065 de 1965 insta a ambos gobiernos a negociar.

Por eso son comparables como problemas de soberanía, población y colonialismo, pero no son intercambiables jurídicamente. Su utilización en el discurso de líderes externos no responde a un cambio estructural de fondo, sino a una estrategia de conveniencia que no debe confundirse con un compromiso histórico permanente.

Este problema geopolítico de las naciones menos poderosas frente a países como Estados Unidos fue tratado de manera magistral por el excanciller Rafael Bielsa en una columna titulada “La cosa por su nombre” que publicamos en Perfil.com. Vamos a escuchar un fragmento de esta nota con la voz del propio Bielsa hecha por IA.

Milei utiliza la causa Malvinas para tratar de recuperar terreno político tras la caída en su popularidad y Trump utiliza la causa Malvinas y la de la reunificación de Irlanda, para agredir al gobierno laborista inglés.

Irlandeses y argentinos podemos utilizar esta situación para que se avance en los reclamos pertinentes, pero no se puede confiar en actores de opiniones tan cambiantes y que solo se mueven por intereses políticos que de fondo son ajenos a las mayorías sociales, aunque por momentos puedan converger con los propios.

El primer paso para dejar de ser peones en un tablero es entender el juego.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi