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MODO FONTEVECCHIA
El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 765: Irán: El feminismo contra los ayatollahs

La crisis en Irán se incubó durante años y hoy estalla sobre una sociedad agotada por la inflación, la emergencia ambiental y la brutalidad del régimen, con más de mil ejecuciones en 2025 y una fuerte opresión sobre las mujeres.

Día 765: Irán: El feminismo contra los ayatollahs
Día 765: Irán: El feminismo contra los ayatollahs | CEDOC

El proceso de rebelión que atraviesa Irán, que estalló por razones económicas, no puede ser visto por fuera de la opresión social que genera el régimen teocrático de los ayatollahs, y en especial la opresión sobre la mitad de su población: las mujeres, que han protagonizado fuertes protestas en 2022 y son hoy protagonistas de las movilizaciones en todo el país.

Parte de lo que sucede en Irán se relaciona con la llamada “cuarta ola” del feminismo, que en la era de internet multiplica los reclamos e internacionaliza los símbolos de resistencia. Mientras en Occidente los varones jóvenes votan a la extrema derecha en queja por el retroceso que perciben ante los avances del feminismo, la cultura woke, en el Irán medieval actual son las mujeres quienes comienzan el cambio social contra valores de la extrema derecha que en la cultura judeocristiana se viene produciendo hace siglos.

"Género" y "economía" son las dos palabras claves en Irán, que además se retroalimentan por la pérdida de gran parte del potencial laboral femenino, la mitad de todas las poblaciones, que afecta a los países islámicos ultraconservadores.

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Primero, el registro formal de los hechos: el 28 de diciembre de 2025, los comerciantes del histórico Gran Bazar de Teherán bajaron las persianas y se declararon en huelga. El bazar es una de las columnas vertebrales del poder económico iraní y, cuando se paraliza, suele marcar que el malestar ya no es solo social sino también político.

El disparador fue la misma mezcla explosiva que se viene repitiendo en los últimos meses: inflación fuera de control, derrumbe del rial y una sensación extendida de que la economía se deshace entre las manos. Pero las protestas que al principio iban dirigidas contra el aumento del costo de vida, con el paso de los días se han convertido en un movimiento contra el régimen teocrático que ha gobernado Irán desde la revolución de 1979.

Algunos de los cánticos que se escuchan en las calles son muy radicales, como “¡Muerte al dictador!” y “¡Muerte a Jamenei!”, el líder supremo del régimen iraní. Aunque las consignas son múltiples y dispares, conviven gritos por la caída de la República Islámica con nostalgias monárquicas, al tiempo que estudiantes y los movimientos de mujeres rechazan tanto el clericalismo como el autoritarismo del Sha.

A partir de ese foco inicial en los bazares, las protestas se ramificaron por todo el país, alcanzando tanto a pequeñas ciudades castigadas por el desempleo como a Teherán y otros centros urbanos. El régimen, según denuncias internacionales, intensificó las ejecuciones en los últimos años, llegando a más de 2.000. Su respuesta ante las protestas fue inmediata: cortes de Internet para bloquear las comunicaciones, miles de detenciones y una represión que dejó cientos de muertos.

Trump amenazó a Irán con “medidas muy contundentes” mientras avanza el reloj hacia la ejecución del manifestante detenido

En paralelo, desde Washington, el presidente Donald Trump comenzó a evaluar abiertamente la posibilidad de lanzar ataques militares contra Irán, lo que añadió un componente bélico a un escenario ya saturado de tensión interna.

Trump alentó públicamente a los manifestantes iraníes a “tomar sus instituciones” y aseguró que “la ayuda está en camino”. Suspendió contactos con Teherán, impuso aranceles del 25% a socios comerciales de Irán, especialmente China, y fue grabado advirtiendo que, si Irán “empieza a disparar”, Estados Unidos responderá del mismo modo. Crece la posibilidad de que, a partir de las protestas, Estados Unidos tenga el pretexto para intervenir en el país.

Pero el proceso iniciado en diciembre de 2025 es una nueva oleada de protestas que ya se cuentan como la quinta desde 2017. Las escenas se repiten: calles tomadas, ciudades paralizadas, cánticos que desafían al poder. El trasfondo está en las relaciones sociales internas de Irán.

La crisis se incubó durante años y hoy estalla sobre una sociedad agotada por la inflación y el derrumbe del rial, que perdió el 90% de su valor tras la guerra de los doce días, la degradación de los servicios públicos, los cortes de luz, la emergencia ambiental y la opresión del régimen, con más de mil ejecuciones en 2025 y una fuerte opresión sobre las mujeres.

Esta revuelta se enlaza con una secuencia de alzamientos que marcaron la última década: la “Revuelta del Pan” de 2017, la explosión de noviembre de 2019 por el aumento del combustible, la “Revuelta de los sedientos” de 2021 liderada por comunidades árabes y, luego, el ciclo “Mujer, Vida, Libertad” de 2022, que unió demandas feministas y reclamos de pueblos oprimidos como los kurdos.

El componente femenino y la importancia que tuvo la movilización de 2022 podría indicar que Irán está viviendo algo más profundo que una protesta motivada por la crisis económica: está siendo atravesado por la mayor ola transformadora del siglo XXI, que lleva como protagonista a las mujeres. ¿Estará este proceso impactado también por la llamada “cuarta ola” del feminismo?

Como muestra de esto, en medio de las protestas circuló en redes sociales un video que muestra a una mujer que enciende un cigarro y quema un retrato del líder supremo, Alí Hoseiní Jamenei. El cigarro simboliza además un desafío a la prohibición de que las mujeres fumen. La protagonista del video viral muestra un gesto de rechazo al régimen y sus estrictas normas sociales impuestas a las mujeres.

Una mujer que enciende un cigarro y quema un retrato del líder supremo, Alí Hoseiní Jamenei

En los últimos tres años, la sociedad iraní fue testigo de una creatividad insólita en las formas de protesta protagonizadas por mujeres: asistir sin velo a universidades y oficinas públicas, arrojar los turbantes de los clérigos en callejones y bazares, disputar espacios en competencias deportivas invisibilizadas o incluso desnudarse en público, como ocurrió en la Universidad Azad de Teherán. Cada gesto busca corroer el monopolio clerical sobre la vida cotidiana. La transgresión dejó de ser excepción y se volvió método.

Sus gestos ya no se leen solo como actos de rebeldía individual, sino como una negación simbólica del orden sexista y autoritario del régimen. Hoy aparecen en las protestas con los labios manchados de sangre, hacen gimnasia frente a los cordones policiales y encienden cigarrillos usando como yesca retratos en llamas de Jamenei.

Cada imagen viral vuelve a colocar a la resistencia femenina iraní en el centro de la escena mundial. Y empalma, justamente, con la llamada en Occidente “cuarta ola” del feminismo, identificada desde la década de 2010. Es un fenómeno global del feminismo que puso en primer plano la denuncia de la violencia patriarcal, el control sobre los cuerpos y las desigualdades estructurales. A diferencia de etapas anteriores, se apoya fuertemente en las redes digitales, que permiten articular protestas, amplificar denuncias y conectar luchas más allá de las fronteras nacionales.

Movimientos como #MeToo, que desenmascararon casos de abuso en el mundo del espectáculo en Estados Unidos, o las masivas marchas por el derecho al aborto en Argentina, que internacionalizaron como símbolo el pañuelo verde, mostraron cómo una experiencia local puede convertirse rápidamente en un hecho político global gracias al eco de las redes sociales y la conexión global a Internet.

Este martes entrevistamos Modo Fontevecchia a Said Chaya, un especialista en Medio Oriente, que plantea que las protestas actuales en Irán no son un fenómeno importado ni inducido desde el exterior, sino la continuidad del proceso abierto en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, quien el día anterior había sido detenida al salir del subte en Teherán por tener corrido el velo.

A su entender, existe una dinámica doméstica profunda que empuja a la población a salir a las calles y que se viene acumulando desde hace varios años. El analista explicó que el movimiento nace en las demandas de las mujeres, pero se expande rápidamente hacia reclamos políticos y económicos en un contexto marcado por sanciones, inflación y desempleo.

No se trata de una rebelión contra la religión, sino contra el establishment clerical que monopoliza el poder. Chaya destaca que el régimen repite su libreto clásico de aislar al país y reprimir, pero advierte que hoy lo hace desde una posición más débil que en el pasado, con una crisis económica más severa y menor capacidad de proyectar fortaleza interna.

Pero además introduce la noción de un “pos islamismo”: el impacto de valores occidentales que no destruye el Islam, pero lo vuelve más flexible, especialmente en temas de derechos de las mujeres, minorías sexuales y vínculos de pareja. "Puede ser como una etapa que eventualmente estemos atravesando, donde la atracción de los valores que genera Occidente no generan un cambio de 180 grados en las sociedades islámicas, pero sí impactan, abriendo, por ejemplo, interpretaciones más laxas sobre las minorías sexuales, los derechos de las mujeres, la flexibilidad en torno a los matrimonios y las uniones entre las parejas. Es decir, el impacto de Occidente genera una apertura en el Islam sin que ello implique un cambio radical de la estructura", explicó.

Para el analista, el régimen se enfrenta a un dilema existencial: modernizarse y aceptar cierta apertura, o responder con represión, como lo ha hecho hasta ahora. “Acá el gran dilema es frente a un líder supremo que ha envejecido, y que está a la búsqueda de un recambio. La pregunta es: ¿cómo va a cambiar ese sistema? ¿Se aceptan algunas reformas para permitir que ese proceso revolucionario del '79 siga adelante con cambios, que parece ser el camino más adecuado, o en realidad aceptar esas reformas va a implicar un efecto dominó que implicará un cambio estructural en la sociedad iraní?", sostuvo.

Said Chaya: “Las protestas de Irán son continuación de las de 2022 por el velo de Masha Amini”

Las jóvenes iraníes, conectadas al mundo por Internet y las redes sociales, ven y comparan: saben cómo viven otras mujeres, qué derechos tienen y qué libertades ejercen. Esa comparación alimenta un deseo de emancipación que el régimen ya no logra contener.

Por eso, la revuelta iraní forma parte de una dinámica mundial más amplia, en la que el feminismo se convirtió en uno de los motores principales del cambio político y cultural. No se trata solo de economía o sanciones, sino de una disputa profunda por la autonomía, la dignidad y la libertad en un mundo donde las mujeres están redefiniendo el rumbo del siglo XXI.

El antecedente a esta revuelta es el levantamiento llamado “Mujer, Vida, Libertad”, de hace cuatro años. En septiembre de 2022, el nombre de Mahsa Amini, o Zhina, como la llamaban en su familia, se convirtió en una herida abierta en la historia reciente de Irán. Tenía 22 años y estaba de visita en Teherán con su hermano cuando fue interceptada por la temida gasht-e ershad, la llamada “policía de la moral”, encargada de vigilar el cumplimiento del uso obligatorio del velo.

Testigos relataron que la subieron violentamente a una furgoneta y la golpearon; cuando su hermano intentó impedirlo, también fue agredido. A ambos les dijeron que el destino era el centro de Vozara, donde recibiría una “clase” para “reformar” su conducta. Horas más tarde comenzaron a circular versiones de que Mahsa había sido torturada dentro del móvil policial, incluyendo golpes en la cabeza. Entró en coma y fue llevada de urgencia al Hospital Kasra, donde murió el 16 de septiembre de 2022, tres días después de su arresto, aún bajo custodia estatal.

La escena de su cama de hospital, rodeada de agentes, se transformó en un símbolo brutal del aparato de control que pesa sobre las mujeres iraníes. La reacción social fue inmediata. Su muerte encendió un movimiento que ya venía madurando en silencio y que encontró en la consigna “Mujer, Vida, Libertad” una síntesis perfecta del reclamo.

Protestas en Irán por la muerte de Mahsa Amini

Durante meses, Irán fue escenario de protestas masivas que cruzaron ciudades, clases sociales y etnias. La respuesta oficial incluyó represión sistemática, ejecuciones y miles de detenciones, pero no logró apagar la llama que había prendido con el caso Amini.

Lo que distingue a este ciclo de movilización es su efecto concreto: tras años de organización paciente, desobediencia civil y desgaste del aparato represivo, muchas activistas sostienen que se logró la mayor concesión de la República Islámica desde 1979. En buena parte del país, la imposición del velo dejó de aplicarse de facto. El resultado de una presión social sostenida volvió impracticables ciertos mecanismos de control cotidiano.

La historia de Mahsa Amini condensó décadas de abuso y silencios forzados. Su muerte no solo desató la ola de protestas más profunda de los últimos años, sino que abrió una grieta cultural que todavía atraviesa a la sociedad iraní y que sigue redefiniendo los límites de lo posible bajo un régimen que, hasta entonces, parecía inamovible.

El islam político que gobierna Irán no atravesó nunca una reforma como la que tuvo el cristianismo con Lutero. Mientras Europa rompía con el dogma y la autoridad papal en el siglo XVI, en Teherán hoy mandan ayatollahs que conservan intacto el espíritu de la Inquisición. En vez de tribunales eclesiásticos, patrullas de moral; en vez de hogueras, cárceles y ejecuciones.

En la Europa medieval, la Inquisición fue una maquinaria institucionalizada para vigilar la fe, castigar desviaciones y producir obediencia social a través del terror. Entre los siglos XV y XVII, miles de mujeres fueron procesadas como brujas, acusadas de herejía, locura o inmoralidad sexual, y ejecutadas públicamente para que el mensaje quedara claro: el cuerpo femenino era propiedad del orden religioso.

Silvia Federici analiza este proceso en "Calibán y la bruja", donde propone una relectura radical del origen del capitalismo: no fue un proceso “económico” neutro, sino una guerra social contra las mujeres, los pobres y los cuerpos. Federici llama a este proceso una contrarrevolución: destruyó el poder social que las mujeres y las comunidades habían conquistado en la Baja Edad Media.

El cuerpo femenino se transformó en una máquina de producción de trabajadores, y la violencia misógina fue el cemento cultural que permitió el nacimiento del capitalismo moderno. Ese sistema de terror eclesiástico institucionalizado contra las mujeres recién empezó a resquebrajarse cuando la Reforma protestante y luego la Ilustración desplazaron la autoridad divina del centro del poder político.

Nada de eso ocurrió en la República Islámica. El clero chiita no solo no fue desafiado por una reforma interna, sino que se fusionó con el Estado tras la revolución de 1979, creando una teocracia donde la ley religiosa se volvió ley civil. El Consejo de Guardianes, los tribunales revolucionarios y la “policía de la moral” funcionan como una inquisición moderna: definen qué es correcto vestir, cómo se debe amar, qué se puede decir y hasta cómo se debe morir.

La comparación no es antojadiza. A Mahsa la mataron por su velo como en Europa se quemaba mujeres por “brujas” o “locas”. La lógica es la misma: disciplinar el cuerpo femenino, convertirlo en territorio de castigo ejemplar, marcar a fuego que el poder se ejerce sobre la piel de las mujeres.

Es cierto que dentro del islam existen diferencias profundas entre suníes y chiíes, pero en casi todo el mundo musulmán las mujeres están menos liberadas que los hombres. La subordinación femenina es un pilar del orden social que ahora está siendo impugnado desde adentro.

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La paradoja entre la revolución del 79 iraní y otros procesos en lo que respecta a la mujer es fuerte. La Unión Soviética creó el Día Internacional de la Mujer, Mao las incorporó al trabajo a la par de los hombres, borrando diferencias de género en nombre de la revolución.

Los ayatollahs, en cambio, desperdician deliberadamente a la mitad de su fuerza laboral, expulsando a las mujeres del espacio público en nombre de una moral fosilizada. Irán atrasa cincuenta años respecto del mundo, pero sus clérigos atrasan quinientos. No gobiernan una república moderna: administran una teocracia reaccionaria.

A fines de los setenta, obreros, estudiantes y sectores populares comenzaron a movilizarse masivamente en Irán. El ayatollah Jomeini, que había sido derrocado mediante un golpe de Estado, regresó del exilio y capitalizó la victoria. Mediante un referéndum instauró la República Islámica. Aunque la revolución había tenido una base popular amplia, la ausencia de conducción permitió que el clero chiita monopolizara el proceso.

La revolución femenina es el centro de los cambios en todo el planeta. No es casual que la derecha mundial haya declarado la guerra a la cultura “woke”. Trump no pelea contra una moda, pelea contra un proceso histórico que erosiona los cimientos patriarcales de la sociedad.

Hoy el movimiento de mujeres y diversidades es el principal foco de resistencia contra la “batalla cultural” de la ultraderecha. La primer marcha contra Trump fue la “Millon Women March”, así como ocurrió en Argentina, con la primer movilización contra Javier Milei en el Día Internacional de la Mujer.

En Occidente, hombres jóvenes que se sienten desplazados, furiosos contra el feminismo, buscan refugio en discursos reaccionarios y son el núcleo duro de líderes reaccionarios como Trump y Milei. En Irán son las mujeres las que arriesgan la vida, junto a trabajadores y sectores populares empobrecidos, para empujar la historia hacia adelante.

La reforma en Occidente permitió luego otros avances culturales. Mayo del 68 no fue solamente una rebelión estudiantil contra el autoritarismo universitario y el capitalismo fordista: fue una impugnación frontal al orden moral heredado del siglo XIX. En las paredes de París no solo se gritaba contra De Gaulle, también contra la familia patriarcal, la represión sexual y el mandato de la obediencia femenina. La consigna de que “lo personal es político” empezó a adquirir carne ahí.

Woodstock, al año siguiente, el festival de rock y clímax del movimiento hippie, fue la traducción emocional y masiva de esa ruptura. La música, la exploración y el reclamo de libertad expresaban un cambio de época respecto del conservadurismo social y el control sobre el cuerpo femenino.

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El culto a la liberación sexual propio de la utopía hippie implicaba que la sexualidad deje de ser motivo de vergüenza o pecado para convertirse en experiencia de exploración, y esa mutación cultural fue uno de los cimientos invisibles del feminismo moderno. Esa revolución cultural que en Occidente tuvo su símbolo en Woodstock hoy adopta en Irán la forma de una pantalla de celular encendida.

Internet y las redes sociales quebraron el aislamiento histórico de las mujeres iraníes: ya no comparan su vida sólo con la de sus madres, sino con la de millones de mujeres en todo el mundo. Observan otras formas de amar, de vestirse, de trabajar y de decidir. Esa brecha entre lo que el régimen impone y lo que ellas saben que es posible funciona como una dinamita cultural silenciosa: no organiza aún un poder alternativo, pero erosiona cada día el monopolio clerical sobre los cuerpos y sobre la imaginación del futuro.

La crisis económica es el combustible que enciende protestas contra un régimen asfixiante. La potencia de este movimiento reside justamente en su carácter doméstico y cultural: nace en la comparación con otras vidas posibles, se expande por redes, se filtra en la vida cotidiana y erosiona por dentro el poder del régimen. No es una revuelta importada ni un plan de Washington: es la expresión local de una ola feminista global que ya transformó Occidente y ahora perfora el corazón de una de las teocracias más cerradas del planeta.

Cada vez que Estados Unidos insinúa una “ayuda” militar, no hace más que ofrecerle oxígeno al régimen teocrático, que convierte la presión externa en propaganda nacionalista y refuerza su aparato represivo. La rebelión iraní no necesita salvadores armados, necesita reformas internas que modifiquen la vida de las personas.

Por eso, el futuro de Irán no se decidirá en el Pentágono, sino en las calles, en las universidades, en los bazares y, sobre todo, en la experiencia de millones de mujeres que están redefiniendo los límites de lo tolerable. Si esta revuelta logra sostenerse, no será recordada como una crisis más, sino como el momento en que la historia empezó a escribirse en femenino, contra los ayatollahs y también contra la vieja tentación imperial de “liberar” a otros a bombazos.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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