El cierre de Fate, una empresa de 80 años con casi mil empleados, vuelve a poner en debate el plan económico del Gobierno, los distintos modelos de capitalismo que se están discutiendo y la transformación estructural de la forma en la que trabajamos y vivimos. ¿De qué trabajarán los trabajadores despedidos de las fábricas que cierran? ¿Los empleos que consigan serán de la misma calidad y con sueldos equiparables a los que perdieron? ¿Podrá haber una reconversión exitosa de la economía argentina? ¿Qué ejemplos exitosos en el mundo hay de este tipo de reconversiones? ¿Qué cambios en el mundo del trabajo y qué tipo de subjetividad generan estas transformaciones? En resumen, preguntamos: ¿los trabajadores argentinos van hacia un mejor destino o serán nuevamente desilusionados? Es decir, ¿se generarán nuevos tipos de empleos en los que la sociedad pueda desarrollar su potencial y aspiraciones o, detrás de la destrucción del entramado productivo, solo hay eso, destrucción?
Según el presidente Javier Milei, si las empresas no pueden competir en un mercado plenamente libre, por ejemplo frente a la apertura irrestricta de importaciones, deben cerrar. Luego, el dinero que se ahorrarían quienes compran neumáticos chinos más baratos irá a adquirir otros bienes y eso desarrollará otros sectores económicos, que traerán como consecuencia un incremento en la actividad y, por ende, una recuperación del bienestar. El rédito económico se redistribuye en base a las leyes de la oferta y la demanda, llegando a un nuevo equilibrio.
Un informe de PxQ pone en números esta política del Gobierno al analizar el caso testigo del neumático. El estudio analiza qué pasó con el sector de neumáticos entre 2023 y 2025 tras la apertura de importaciones. El resultado es claro: los precios en dólares bajaron 34,2%, pero el empleo cayó 46,1%, mientras las importaciones crecieron 34,7%. Es decir, la política logró reducir precios, pero a un costo laboral muy alto.
Además, aumentó la cantidad de marcas y productos disponibles y se eliminaron aranceles, lo que incrementó la competencia. Sin embargo, la baja de precios no se explica solo por mayor eficiencia, sino también por sobrestock y una demanda interna débil. El informe introduce la idea de “ratio de sacrificio”: cuánto empleo se pierde por cada punto de baja en precios. En este caso, el costo social es elevado y podría transformarse en un límite político del programa económico.
Si entramos en una especie de juego de utilitarismo, ¿cómo se redistribuye el bien y entra cuántas personas? En ese caso, el bien medido por capacidad económica, ya sea salarios y empleo por un lado, y capacidad de comprar neumáticos por el otro.
El plan económico del Gobierno se asemeja al concepto de destrucción creativa del economista austríaco Joseph Schumpeter, donde dejar de dedicar capital y trabajo a productos y servicios menos competitivos liberaría fuerzas económicas hacia los que sí lo son. Ahora, si se destruye el entramado industrial del país, como está sucediendo, Fate es solo una de las 20 mil empresas que cerraron desde que Milei es presidente, ¿de qué trabajarán los argentinos que se quedan sin su puesto laboral?
Si nos atenemos a las palabras del Presidente, deberían emplearse en los rubros competitivos: el campo y, actualmente, la minería y la energía. El problema es que esas actividades se desarrollan lejos de los centros urbanos donde se concentra la mayor parte de la población. La otra alternativa es la transición hacia trabajos en servicios.
En Argentina, según datos oficiales y series internacionales de 2023–2025, la minería representaba aproximadamente el 0,6% del empleo registrado privado en 2025. El agro ocupó alrededor del 0,61% de los trabajadores en 2023, según estadísticas laborales comparables de ILOSTAT/Banco Mundial. El empleo en energía, petróleo, gas y electricidad, no tiene un porcentaje aislado publicado, pero su participación combinada con ramas intensivas en capital suele ser muy baja, cerca del 1% o menos del empleo total, dado el tamaño relativo del sector en comparación con servicios e industria. En total, 2,20%, sumando los tres ítems.
Supongamos que el sector de la energía, con Vaca Muerta y el litio, crece de manera extraordinaria hacia 2030, como se plantea, y se alcanza el 5% entre todos estos sectores, faltaría el 95% restante de la masa trabajadora argentina. Según el INDEC, el 15% trabaja en el Estado y un 60% en el rubro de servicios. Esto deja a un 20% de trabajadores en la industria, puestos que están bajo amenaza en el paradigma libertario de Milei, incluida la apertura total de importaciones.
Teniendo en cuenta que es improbable que crezcan los empleos en el Estado por la política de “motosierra” que impulsa este Gobierno, la mayoría de los puestos que se pierdan en la industria deberían ser absorbidos por el sector servicios, algo que viene sucediendo desde hace tiempo, no solo en Argentina, sino a nivel global y desde hace décadas.
Desde principios de los noventa existen cifras oficiales sobre el empleo en el sector industrial y en el de servicios. En 1992, cerca del 32% de los trabajadores argentinos se desempeñaban en la industria y, en 2023, el 23%, mientras que los servicios pasaron del 60% al 75%. Dentro del rubro servicios se incluyen los empleos estatales, algo que aquí habíamos desagregado.

Un trabajador de Fate narró este proceso de conversión entre empleos industriales desde los noventa hasta la actualidad. "He vivido la época del menemismo y me tuve que aferrar a la máquina para no quedarme sin laburo. La ventaja que tenía es que era joven, pero hoy estoy pagando por ese esfuerzo físico. Hubo muchos compañeros despedidos, y perdí muchas condiciones de trabajo que no se restituyeron completamente, pero esta es otra situación. A pesar de que esa crisis en los 2000, que fue muy dura, no se cerró la plata. Hoy estamos hablando de que estamos en la calle".
Lo que se puede notar es que los empleos industriales son muy valorados por la gente que logra acceder a ellos porque tienen varias condiciones que los hacen muy atractivos. En parte puede ser una respuesta de que eran muy peligrosos para el ser humano en la primera mitad del siglo XX. Con la progresión de ciertos tipos de protecciones para el trabajador, se convirtieron en trabajos de altos sueldos y trabajos con ciertos beneficios o condiciones que son muy interesantes. Eso contrasta, obviamente, con el sector de los servicios.
Dentro del rubro servicios hay un sector que viene creciendo, particularmente desde 2016: el trabajo en plataformas.

Estamos hablando de empresas como Rappi, Pedidos Ya, Uber, DiDi, etc. El crecimiento es impactante, llegando a ocupar hasta el 2% de los trabajadores argentinos. La tendencia es a la alza y es probable que muchos de los empleos que se pierdan en la industria vayan hacia este tipo de sectores, que ofrecen un sistema laboral totalmente distinto al del empleo asalariado tradicional. También es importante notar que se ve un cambio de trabajadores asalariados hacia otros esquemas, como monotributistas y autónomos, que ofrecen diferencias con el sistema clásico del empleo formal del siglo XX.
¿Qué cambios estructurales podemos identificar entre los históricos trabajos industriales de los obreros, con sus convenios colectivos y derechos adquiridos, frente a los servicios? En primer lugar, los salarios y ciertos beneficios o condiciones para los trabajadores industriales son históricamente mejores que los de los servicios. Hay mayor estabilidad laboral, dado que son trabajos con skills muy específicos, lo que lleva a mayor permanencia de los empleos industriales.
Estas tendencias globales, con sus aristas argentinas, que muchas veces están asociadas a décadas de decadencia económica, alta inflación y pérdida de poder adquisitivo, llevan a un deterioro de la situación histórica del empleo asalariado industrial, con salarios más altos y mayor estabilidad. Se da, entonces, un cambio profundo en la estructura laboral y, por lo tanto, en la subjetividad de la masa trabajadora argentina.
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Desde Aristóteles hasta filósofas del siglo XX como Hannah Arendt conceptualizaron el trabajo desde distintos puntos de vista. Si para Aristóteles había un trabajo físico de menor jerarquía y un trabajo intelectual que contenía la acción política y la contemplación filosófica, que permitían la realización humana, Karl Marx ponía el énfasis en la alienación laboral en condiciones de un proletariado dominado por los dueños de los medios de producción. Es decir, la idea de que la acción repetitiva y fragmentaria de una tarea, junto con la separación del producto de la misma, convertía al trabajador en una máquina más, deshumanizándolo. Más tarde, Hannah Arendt retoma la distinción, pero la reordena: labor, subsistencia, work (construcción de mundo), y action (acción política entre iguales).
La industria clásica estaba asociada al work, fabricar objetos duraderos, construir mundo. El obrero producía algo tangible. Con la expansión de los servicios, gran parte del empleo se desplazó hacia actividades de gestión, circulación y atención, muchas veces más cercanas a la labor, sostener procesos continuos, responder demandas inmediatas, alimentar el ciclo consumo-ingreso-consumo.
La economía de plataformas, apps de reparto, transporte, microtareas digitales, generación de contenido, servicios bajo demanda, y el mercado freelance profundiza esa lógica. El trabajo se fragmenta en tareas breves, medibles, evaluadas por algoritmo. No se construye un objeto duradero, se satisface una necesidad instantánea. Es una actividad orientada al flujo y no a la permanencia. Obviamente tiene sus matices, dando al trabajador la oportunidad de decidir cuándo y dónde conectarse, algo que es extremadamente útil para quien lo utiliza como un ingreso adicional.
La contracara es cierta relación efímera con el empleador. Y acá, un punto muy importante: las plataformas buscan plantearse no como empleadores, sino como socios, algo que realmente no es así de fondo. Igual se debe decir que es distinta la relación laboral. Por ejemplo, quien maneja un Didi o un Uber es dueño del vehículo o lo alquila, no es de la plataforma. Estamos frente a un nuevo paradigma de la relación entre el que controla las condiciones de trabajo y quien lo está efectuando.
Además, el trabajador de servicios, como es el caso de las plataformas, no es plenamente homo faber, no diseña el sistema, solo ejecuta dentro de él. La infraestructura, como la app, el algoritmo o la base de datos, es el verdadero “mundo” construido, pero pertenece a la empresa. El trabajador queda más cerca del animal laborans, gestionando su supervivencia en ciclos cortos de ingresos variables.
De fondo, estas tendencias, que se venían desarrollando en la segunda mitad del siglo XX, se profundizan en el XXI, mostrando que seguimos en una etapa del capitalismo que, de alguna manera, parece haberse estancado. Esto también queda en evidencia frente a la falta de ascenso social a nivel global, que fue lo que logró que en el siglo XX el capitalismo se consolide como el mejor sistema económico.
Y, como subrayaría Arendt, nada de esto amplía necesariamente la action, la acción política entre iguales. La hiperflexibilidad, la individualización y la mediación algorítmica pueden incluso debilitar los espacios de deliberación colectiva. Ese es el caso en Argentina y en el resto del mundo. Así, la economía moderna, ejemplificada en este caso con las plataformas, no solo consolida el paso de la industria a los servicios, también intensifica la primacía de la lógica de la labor, inmediatez, repetición, dependencia del flujo constante. La pregunta política de fondo no cambia: ¿este nuevo tipo de servicio construye mundo común o solo optimiza la circulación dentro de un sistema que otros diseñan?
Volviendo al problema del cambio en la matriz productiva del país, hay países que también transformaron su economía hacia los servicios y lo hicieron exitosamente. Vamos a analizarlos. En ese sentido, el fundador y líder de la Cámara de Comercio Argentina-Australia, Diego Berazategui, publicó un posteo en X al respecto.

Es un tuit muy interesante. Sin embargo, es el Gobierno nacional, el de la Provincia de Buenos Aires y todos los distintos gobiernos que tienen que ver con las cadenas productivas del país quienes tienen que trabajar activamente con trabajadores y sindicatos. No es un tema de ver si el responsable es Milei o Axel Kicillof. El tema es entender que existen nuevas formas de interacción, como planteó muy bien Berazategui.
El punto clave del posteo es el rol activo del Estado y los sindicatos para encarar la situación. El Gobierno, en ese caso, ayudó a los trabajadores que se quedaron en la calle para que puedan adaptarse, reconvertirse y capacitarse frente a nuevas condiciones. En ese contexto, el sindicato aportó lo suyo para llevar la situación a buen puerto.
Australia sí atravesó una reconversión desde una economía con fuerte protección industrial hacia otra dominada por los servicios, pero el proceso fue largo, planificado y con un Estado muy activo, como también con la participación de los líderes del sector de los trabajadores. No fue simplemente “dejar caer fábricas” y esperar que el mercado absorbiera a los trabajadores.
Desde los años 80, los gobiernos australianos, tanto laboristas como conservadores, redujeron aranceles y desmantelaron esquemas de protección a la manufactura. Sectores como el automotriz, donde operaban firmas como Holden, de General Motors, Ford y Toyota, fueron perdiendo competitividad frente a Asia. El cierre definitivo de la producción automotriz en 2017 fue el punto final de una transición que había comenzado décadas antes.
El rol del Estado fue central en tres niveles. Primero, diseñó políticas de apertura graduales, no abruptas, permitiendo a las empresas adaptarse o planificar salidas ordenadas. Segundo, implementó programas de structural adjustment, o ajustes estructurales, fondos específicos para regiones afectadas, centros de transición laboral, capacitación técnica financiada públicamente y coordinación entre empresas y sindicatos para recolocación. Tercero, sostuvo un sistema de protección social robusto, seguro de desempleo, acceso a educación técnica y políticas activas de empleo.
Pero hay un elemento estructural decisivo: la transición fue financiada por el boom de los recursos naturales. La expansión minera, hierro, carbón, gas, litio, generó ingresos fiscales y divisas que amortiguaron el impacto social de la desindustrialización. Australia no pasó simplemente “de industria a servicios”, sino que combinó minería altamente competitiva con crecimiento en educación internacional, servicios financieros, salud y servicios profesionales.
En síntesis, la reconversión australiana no fue solo una cuestión cultural o institucional. Fue una estrategia sostenida por décadas, respaldada por capacidad fiscal, estabilidad macroeconómica y coordinación Estado-empresa-sindicatos. Sin esos pilares, la transición difícilmente hubiera sido tan ordenada ni socialmente absorbible.
Cuando hablamos de Asia, no es solo China. Es un paquete más amplio y, además, en distintas etapas históricas. En los años 80 y 90, el desafío fuerte para la industria australiana vino de los llamados “tigres asiáticos”: Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong. Estos países desarrollaron manufacturas competitivas en acero, electrónica, autopartes y bienes industriales, con costos más bajos y creciente sofisticación tecnológica.
Luego, desde fines de los 90 y sobre todo en los 2000, el actor dominante pasó a ser China. China combinó escala masiva, integración en cadenas globales y políticas industriales agresivas. Eso volvió muy difícil sostener producción manufacturera en países con salarios altos como Australia.
Así que la presión fue secuencial: primero los tigres asiáticos en manufactura liviana y media, después China como gigante sistémico. Japón también jugó un rol antes, especialmente en autos y acero. No fue un solo competidor, sino una transformación completa del eje productivo global hacia el Este asiático. Australia decidió integrarse a ese nuevo orden como proveedor de recursos y servicios, no como potencia manufacturera pesada, aunque China si lo es. Ahí está el punto estructural.
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Por otro lado, el desarrollo de los llamados “tigres asiáticos”, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong, no fue el resultado de un simple libre mercado espontáneo, sino de Estados con fuerte capacidad estratégica. Cada caso tuvo matices, pero en todos hubo una intervención pública decisiva para orientar la estructura productiva.
En Corea del Sur y Taiwán predominó el modelo de “Estado desarrollista”. Los gobiernos identificaron sectores estratégicos, acero, astilleros, electrónica, automóviles, y dirigieron crédito subsidiado hacia conglomerados nacionales. La protección a industrias nacientes no fue indefinida, estaba condicionada a cumplir metas de exportación. Si las empresas no alcanzaban competitividad internacional, perdían apoyo. El Estado no reemplazaba al mercado, pero lo disciplinaba y lo orientaba hacia la inserción global. Además, en las primeras décadas estos procesos se dieron bajo regímenes autoritarios que facilitaron la coordinación entre capital, trabajo y gobierno.
Singapur combinó planificación con apertura. El Estado creó empresas públicas competitivas, invirtió fuertemente en infraestructura y educación técnica, y atrajo inversión extranjera con estabilidad jurídica y baja corrupción. Allí el sector público no solo reguló, sino que también participó directamente en actividades productivas estratégicas.
Hong Kong fue el caso más liberal, con impuestos bajos y mínima política industrial explícita. Sin embargo, el Estado garantizó condiciones clave: seguridad jurídica, sistema financiero sólido y un puerto altamente eficiente. Incluso en su versión más libremercadista hubo un Estado fuerte en lo institucional.
Todos estos países empezaron a traer trabajos que eran tradicionalmente parte de los pilares productivos industriales de los países avanzados. Entre ellos podemos hablar principalmente de Estados Unidos, como también de Europa. Esto es parte de la guerra que estamos viendo hoy con los aranceles, con el proteccionismo y esta búsqueda de países, especialmente EE. UU. bajo Donald Trump, de volver a traer la producción a Estados Unidos.
Es decir, los países del sudeste asiático se convirtieron mucho más competitivos, a precios más bajos, inclusive en algunos casos haciendo dumping, pero no siempre. No podemos caer en la simplificación solamente del dumping para traer esos trabajos industriales de los polos occidentales hacia sus mercados laborales.
En todos los casos aparecen rasgos comunes: inversión masiva en educación técnica, burocracias profesionales, disciplina macroeconómica y orientación exportadora. No fue proteccionismo permanente ni laissez-faire absoluto. Fue intervención selectiva, metas claras y adaptación constante a la competencia internacional.
Con esto queremos decir que no es ni bueno ni malo que se plantee ir hacia una reconversión de la industria o hacia un país más industrializado. Solo que el rol del Estado debe ser claro y es un plan a largo plazo que requiere puntos de acuerdo entre los diferentes actores políticos del país. Como dijimos, tanto conservadores como laboristas en Australia mantuvieron un esquema de reconversión de la industria hacia empleos de servicios, pero lo fueron haciendo de a poco y asistiendo a los trabajadores.
En el extremo opuesto, en los países que se industrializaron también hubo un rol fuerte del Estado. ¿Cómo hacer cualquier transición con un gobierno que plantea que el Estado no debe interferir y que el mercado se regula solo? ¿Cómo hacer una transición que llevaría años si ni siquiera hay acuerdo entre los principales partidos sobre qué transición hacer? En el medio están los obreros industriales, ese 20% de trabajadores que solo entienden que su sustento y el de su familia está en peligro.
También es importante decir que muchos de estos casos, esos Estados no eran plenamente democráticos. El caso arquetípico sería China, pero en muchos de los tigres asiáticos también veíamos dictaduras o semidictaduras, o sea, hay cierta puja conceptual. Lo que sí queda claro es que con cero Estado, con cero direccionamiento, el mercado solo parece ser que no puede lograr de la manera más inteligente ese tipo de reconversión.
Reparemos un segundo en lo que es la ideología que plantea Javier Milei. Estamos hablando de alguien que se considera un anarcocapitalista libertario. Es una persona que considera que el Estado no debería existir y que el mercado solo es el que puede regular todas las relaciones entre los distintos actores. Dentro de ese contexto vemos que los que han hecho reconversiones han utilizado un Estado, pero no un Estado tonto, no un Estado plenamente corrupto, es un Estado eficiente.
En este contexto, está claro que el problema no se resuelve solamente con una reforma laboral, ni con el resto de las reformas estructurales. Las reformas son parte de un proyecto político donde el gobierno debe mostrar su capacidad de negociar y llegar a acuerdos que, a la larga, generen las condiciones para políticas de Estado. Lamentablemente, hoy la discusión “reforma sí o reforma no” está dada dentro de un marco de nueva grieta social que podría resumirse en “Milei sí, Milei no”, más que en otra cosa.
Hoy estamos en medio de un paro general contra la reforma laboral, pero tal vez también estamos en medio de una discusión más ideológica que práctica. ¿Seremos capaces los argentinos de debatir seriamente cómo nos insertamos como país en un mundo que cambia aceleradamente, al ritmo de la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China y la revolución de la inteligencia artificial?
Lamentablemente, hoy no parece que estemos en ese camino. Lo único que hay son miles de trabajadores que pierden su puesto de trabajo, muchos encuentran empleos precarios en las llamadas economías de plataformas y otros, como los de Fate, están protestando para reclamar una solución a su situación.
Del otro lado vemos una discusión política atrasada, estancada, que sigue en la grieta, y podríamos decir en lo peor de la grieta. Quizás antes era kirchnerismo o antikirchnerismo. Hoy, con el kirchnerismo llevado a una situación donde deja de ser un actor preponderante, donde vemos una oposición totalmente fragmentada y donde vemos una discusión o un planteo de anarcocapitalismo libertario, cuando el resto del mundo va hacia otro tipo de planteos, parece que vamos hacia la precarización para reflejar el momento de desprotección que tienen los trabajadores, el momento de pérdida de cierto rumbo conceptual y de un sistema económico que parece estar basado más en conceptos del siglo XIX que en los del siglo XXI.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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