Terminado el mundial y con el aceleramiento de las encuestas negativas para el Gobierno, el calendario electoral a un año de las PASO, si no fueran eliminadas, del próximo agosto sintomáticamente el calendario electoral se disparó con intensidad. Surgen candidaturas, reuniones de ambos campos políticos Karina con Macri, del peronismo del interior y bonaerense por su parte, en lo que podríamos llamar los idus de agosto.
Pero hay una ley que parece imponerse la mayoría de las veces. Los argentinos elegimos al presidente menos pensado, al que sería una sorpresa que fuese electo, al desconocido, al que rompe alguna tradición o genera un imprevisto.
Alfonsín, padre de la democracia, rompió un mito político prácticamente fundante de la Argentina contemporánea: el peronismo nunca había perdido una elección libre. Menem derrotó contra pronóstico a Cafiero en la interna peronista y volvió al poder vestido de caudillo del siglo XIX. Kirchner era prácticamente desconocido frente a un Menem que todavía parecía favorito. Macri rompió otro mito: nunca la derecha había llegado al poder mediante elecciones sin un golpe de Estado. Alberto Fernández era un dirigente conocido en la política pero desconocido para la mayoría del electorado cuando Cristina lo eligió. Y para qué hablar de Milei: apenas un panelista televisivo unos meses antes de ser diputado de un minibloque de dos integrantes y, después, presidente.
Evidentemente, la apuesta por lo desconocido forma parte de nuestra cultura política. Además de demostrar que tenemos un sistema democrático capaz de permitir que un candidato gane provincias en las que prácticamente no tenía estructura, nos muestra una constante: para nosotros no aplica el “más vale malo conocido”. Hay un eterno desengaño con el presente y una incansable apuesta por el futuro.
Estamos a un año de las próximas PASO, si finalmente no son suspendidas. Para comprobar cuánto hay de ley y cuánto de casualidad, podemos mirar qué ocurría en los agostos de los tres ciclos electorales anteriores.
En agosto de 2014, el favorito era Daniel Scioli, seguido muy de cerca por Sergio Massa y Mauricio Macri tercero. Poliarquía los ubicaba en 25%, 24% y 21%, respectivamente. Otra encuesta llevaba a Massa al 30% y lo señalaba como el principal opositor. Un año después, sin embargo, Macri terminaría en el balotaje y sería presidente.
En agosto de 2018, Cristina Kirchner era la principal figura opositora y conservaba un piso electoral cercano al 30%. Macri ya sufría el desgaste de la crisis económica. Pero nadie imaginaba a Alberto Fernández como candidato presidencial: incluso Marcelo Tinelli, que nunca había anunciado una candidatura, aparecía en las mediciones y llegó a registrar 17% de intención de voto. Un año después, el candidato que había elegido Cristina terminaría derrotando a Macri.
En agosto de 2022, Horacio Rodríguez Larreta era el opositor mejor ubicado. Una encuesta de Rouvier le daba 31%, contra 21% de Milei y 18,7% de Massa. En la provincia de Buenos Aires, Tendencias también ponía primero a Larreta, seguido por Massa y Milei. Patricia Bullrich todavía no era la candidata que finalmente competiría con Larreta en Juntos por el Cambio.
La fotografía se repite: un año antes, el candidato que finalmente gana no necesariamente es el que encabeza las encuestas. En 2014 era Scioli; en 2018, Cristina; en 2022, Larreta. Macri, Alberto y Milei aparecían en escenarios distintos, pero ninguno era entonces el presidente inevitable.
La explicación de esta particularidad argentina no parece estar tanto en una supuesta inclinación nacional a votar al desconocido como en una característica más profunda de nuestro sistema político: la extraordinaria volatilidad del voto. La ciencia política utiliza ese concepto para medir cuánto cambian, de una elección a otra, los porcentajes que reciben los partidos. Y la Argentina forma parte de una región particularmente volátil.
En un trabajo publicado en The Journal of Politics en 2018, Mollie J. Cohen, Facundo E. Salles Kobilanski y Elizabeth J. Zechmeister construyeron una base de datos con elecciones presidenciales y legislativas latinoamericanas desde las transiciones democráticas de los años 70 y 80. Encontraron niveles importantes y persistentes de volatilidad electoral y distinguieron dos fenómenos: el cambio de votos entre partidos que permanecen dentro del sistema y el “party replacement”, es decir, el reemplazo de partidos existentes por nuevas fuerzas. Este último fenómeno es especialmente importante para entender una sucesión como la argentina: no solamente cambia el candidato, sino también el vehículo político capaz de llevarlo a la Presidencia.
La pregunta siguiente es por qué América Latina tiene tanta volatilidad. Kenneth Roberts y Erik Wibbels, en un estudio clásico publicado en American Political Science Review en 1999, analizaron 58 elecciones legislativas y 43 presidenciales de 16 países latinoamericanos. Pusieron a prueba tres grandes explicaciones: el voto económico, las características institucionales y de los sistemas de partidos, y la estructura de las divisiones sociales. Su conclusión fue particularmente interesante: las variables institucionales tenían el efecto más consistente, mientras que el impacto de la economía dependía del tipo de elección y de cómo se midiera la volatilidad.
Es decir, no alcanza con decir que los argentinos cambian de candidato porque la economía anda mal. La economía puede empujar el cambio, pero la estructura política determina cuánto puede cambiar el voto cuando llega una crisis. Cuando los partidos tienen identidades fuertes y vínculos duraderos con determinados sectores sociales, una crisis puede producir alternancia sin destruir el sistema de partidos. Cuando esas identidades se debilitan, una crisis puede abrir la puerta a una fuerza completamente nueva.
¿De qué tipo de problemas de identidad estamos hablando? Menem, presidente peronista que prometió, vestido de Facundo Quiroga, un salariazo y revolución productiva llevando adelante las reformas neoliberales que mandaba Estados Unidos, más profundas incluso que la dictadura militar. El radicalismo socialdemócrata de Alfonsín y luego, más de centro derecha con el PRO y ahora los radicales con peluca junto a Milei. ¿Qué piensa el radicalismo exactamente? Ahora vamos con el kirchnerismo, espacio nítido dentro del peronismo. El candidato que impulsó en 2015, Daniel Scioli es funcionario de Milei y el principal hijo político de Cristina Kirchner, Axel Kicillof es el principal adversario de este espacio, pero sin dejar de tener su mismo programa.
El PRO generó figuras que se oponen a Milei como Horacio Rodríguez Larreta y Pablo Avelluto y funcionarios de primera línea como Luis Caputo, Federico Sturzenegger y Diego Santilli. La vicepresidenta de Milei, Victoria Villarruel se opone totalmente a los cambios en la Ley de Tierras de su propio gobierno por considerar que comete el grave crimen de entregar la soberanía nacional. ¿Alguien puede estar seguro que si vota a un candidato, este se comportará teniendo en cuenta las ideas que dice defender el partido por el cual fue electo? La respuesta es que no tenemos ni idea. Los políticos cambian de opinión más rápido de lo que cambian de traje. No se sabe el voto de los argentinos es volátil o son volátiles los políticos y eso hace que cambie tanto el voto, no porque hayan cambiado tanto de idea los votantes, si no porque siguen buscando a quien las represente realmente.
El trabajo de Yen-Pin Su, publicado en Latin American Politics and Society en 2014 a partir de datos de elecciones legislativas de 18 países entre 1978 y 2012, llega a una conclusión compatible con esta idea. Su encuentra que las alteraciones institucionales irregulares incrementan la volatilidad y que, a nivel partidario, los partidos con una identidad ideológica más distintiva tienden a experimentar menos volatilidad. La antigüedad de un partido, en cambio, no resulta por sí sola una explicación suficiente.
Esto permite entender algo peculiar de la Argentina: tenemos partidos históricos, pero no necesariamente identidades partidarias estables.
En la Argentina, además, aparece un fenómeno asociado: el voto de protesta y la aparición de outsiders. La politóloga Victoria Murillo interpretó la llegada de Javier Milei en 2023 como la consecuencia esperable de una prolongada frustración con el desempeño económico y con las alternativas tradicionales: cuando los votantes prueban distintas opciones y sienten que ninguna ofrece soluciones, aumenta la posibilidad de que emerja un candidato antisistema. “La bronca antisistema tarde o temprano iba a llegar a Argentina”, sostuvo entonces.
La hipótesis, por lo tanto, puede formularse de una manera más precisa: quizás los argentinos no tengamos una particular afición por votar al menos pensado; tenemos un sistema político en el que resulta relativamente sencillo que el electorado abandone rápidamente las opciones conocidas cuando estas pierden credibilidad. Y cuando esa disponibilidad para cambiar de voto coincide con una crisis económica, una crisis de representación o una ruptura dentro de los partidos tradicionales, el beneficiario puede ser alguien que hasta poco antes parecía imposible.
Por eso la sorpresa presidencial podría ser menos una característica psicológica de los argentinos que el resultado visible de una democracia con alta volatilidad, partidos relativamente poco institucionalizados y un electorado dispuesto a utilizar el voto como mecanismo de castigo y ruptura. El presidente inesperado no sería entonces la causa del fenómeno, sino su consecuencia.
Retomemos ahora la historia para ver cuánto de esta ley del presidente sorpresa se repite. Ahora nos vamos incluso antes de que existieran las PASO. Agosto de 1982, año anterior a la vuelta de la democracia: la Argentina todavía estaba bajo la dictadura y acababa de atravesar la derrota de Malvinas. No había elección convocada ni encuestas electorales confiables que permitieran anticipar un presidente. Alfonsín era uno de los dirigentes radicales que empezaban a ganar protagonismo, pero el candidato natural del peronismo parecía mucho más peligroso para la UCR. Sin embargo, cuando finalmente se votó en 1983, Alfonsín obtuvo el 51,75% y derrotó a Ítalo Luder, que alcanzó el 40,16%. El primer presidente democrático de esta etapa fue, precisamente, alguien que un año antes nadie imaginaba en el cargo.
En agosto de 1988, la sorpresa se produjo incluso antes de la elección presidencial. Antonio Cafiero era el gobernador bonaerense, líder de la renovación peronista y favorito para convertirse en candidato del PJ. Menem era el gobernador de La Rioja, un dirigente periférico, con un estilo político extravagante y una estructura nacional mucho menor. Las encuestas y los pronósticos favorecían a Cafiero. Pero el 9 de julio Menem derrotó a Cafiero en la interna peronista por 53,94% contra 46,06%. Un año después sería presidente. La sorpresa no fue solamente quién ganó la elección: fue quién llegó a esa elección como candidato.
En agosto de 1994, Menem parecía estar en una situación completamente diferente: era el presidente y acababa de conseguir, mediante el Pacto de Olivos y la reforma constitucional, la posibilidad de ser reelegido. La oposición buscaba una alternativa al menemismo, pero todavía no había encontrado un liderazgo indiscutible. El FREPASO comenzaba a crecer y José Octavio Bordón se convertiría en su candidato. La UCR, en cambio, llegaría a 1995 golpeada por el Pacto de Olivos y por el desgaste de Alfonsín. En las encuestas previas a aquella elección, Menem aparecía claramente primero y la gran incógnita era quién conseguiría quedar segundo. Finalmente Bordón obtuvo 27,83%, superó ampliamente al radical Horacio Massaccesi, que consiguió 16,16%, y desplazó a la UCR del segundo lugar. La sorpresa de 1995 no fue el ganador sino la demolición del viejo bipartidismo.
En agosto de 1998, la escena volvía a cambiar. Menem todavía pretendía conservar el poder y dentro del PJ Eduardo Duhalde se preparaba para sucederlo. Pero la verdadera novedad era la Alianza entre radicales y frepasistas. En los sondeos de ese momento, Graciela Fernández Meijide llegó a liderar con 24%, seguida por Fernando de la Rúa; Duhalde aparecía tercero con 13%. De la Rúa todavía debía ganar la interna aliancista y Duhalde todavía debía imponerse dentro del peronismo. La política argentina parecía encaminada a una disputa entre varios dirigentes conocidos. Sin embargo, la Alianza terminaría consagrando a De la Rúa, que ganó las elecciones de 1999 con 48,37%.
Y llegamos a agosto de 2002, probablemente el caso más extraordinario. La Argentina acababa de atravesar la crisis de 2001, cinco presidentes en pocos días, el default, el corralito y una brutal crisis de representación. Duhalde ocupaba la Presidencia pero no era candidato. Las encuestas mostraban un escenario completamente abierto: Carlos Reutemann aparecía primero con 20%, aunque ya había dicho que no quería competir; Adolfo Rodríguez Saá tenía 16,3% y Elisa Carrió 15,9%. En otras mediciones aparecían también Kirchner y otros dirigentes peronistas, pero ninguno era una figura nacional dominante. Incluso Nito Artaza era mencionado espontáneamente como posible candidato.
El resultado fue extraordinario: Reutemann no se presentó, Rodríguez Saá quedó afuera del balotaje y Néstor Kirchner, que un año antes era prácticamente un desconocido para buena parte del electorado nacional, terminó siendo presidente después de que Menem abandonara la segunda vuelta.
Si miramos la secuencia completa, aparece algo más interesante que una simple colección de sorpresas. En 1982 no estaba claro quién conduciría la democracia; en 1988 nadie esperaba que Menem derrotara al aparato de Cafiero; en 1994 la incógnita era quién sobreviviría al bipartidismo; en 1998 todavía no existía De la Rúa como candidato presidencial de la Alianza; en 2002 nadie imaginaba seriamente que Kirchner pudiera convertirse en presidente. Y después volvemos a Scioli-Massa-Macri en 2014, Cristina-Macri-Alberto en 2018 y Larreta-Massa-Milei en 2022.
La conclusión es incómoda para quienes intentan leer la Argentina como una fotografía: las encuestas sirven para medir quién está adelante hoy, pero nuestra historia electoral parece construirse alrededor de quién todavía no está adelante. Tal vez esa sea la verdadera ley del presidente sorpresa: cuando falta un año, el próximo presidente puede estar midiendo primero, segundo, tercero o directamente no estar midiendo. Lo único que parece necesario es que todavía no parezca inevitable. Dicho con un poco de humor, esta ley parece ir totalmente en contra de Axel Kicillof, hoy el candidato opositor más claro, salvo por dos detalles. 1) La existencia misma de la ley y 2) la maldición de Alsina.
Es decir, ya el hecho de encontrar esta regularidad en la que siempre se elige al menos pensado, que por una vez se elija al obvio implicaría un cambio. Por otro lado, la maldición de Alsina (también conocida como la "maldición de los gobernadores") es un famoso mito político argentino que señala que ningún gobernador electo de la provincia de Buenos Aires ha logrado ganar una elección presidencial para convertirse en el mandatario de la Nación. A pesar del inmenso peso demográfico, electoral y económico de la provincia de Buenos Aires, el cargo parece actuar históricamente como un techo insalvable para las ambiciones presidenciales.
El origen histórico de la “maldición” lleva el nombre de Adolfo Alsina, quien fue gobernador bonaerense entre 1866 y 1868. Alsina intentó postularse a la presidencia en múltiples ocasiones (1868, 1874 y 1877), pero por falta de apoyos, alianzas truncas o su repentina muerte antes de los comicios, nunca pudo lograrlo.
Vinculada a esta maldición existe una leyenda urbana ambientada en la fundación de la ciudad de La Plata (1882). Se dice que los partidarios de Julio Argentino Roca, buscando frenar el ascenso de su rival político y entonces gobernador Dardo Rocha, contrataron a una bruja de Tolosa. Según el mito, la mujer profanó la piedra fundacional de la nueva capital provincial y lanzó un maleficio para asegurar que ni Rocha ni ningún sucesor en su sillón alcanzaran jamás la presidencia del país.
Las víctimas de esta maldición son evidentes. Dardo Rocha y Alsina mismos, Antonio Cafiero, Daniel Scioli, Felipe Solá y Duhalde, que si bien fue presidente no fue por el voto popular sino por la Asamblea Legislativa tras la crisis del 2001. Kicillof es el más pensado y bajo esta ley ser el principal opositor electo lo vuelve una anomalía y de ganar sería el primero que rompa con la maldición de Alsina.
Más allá de estas divertidas digresiones que nos ofrece nuestra historia, lo concreto es que la democracia argentina adolece de dos grandes carencias. Falta de resultados y falta de identidades políticas estables. Es decir, por un lado, si bien se recuperó la democracia y efectivamente al ver el gran nivel de alternancia, esto implica que funciona, vivimos cada vez peor. El acceso a la vivienda, a la salud, la educación y a un empleo con el cual satisfacer todas las necesidades básicas y crecer económicamente es cada vez más difícil.
Por el otro, los partidos y políticos a los que recurrimos para mejorar la situación del país tienen opiniones cambiantes, poco claras o incluso antagónicas a lo que luego terminan haciendo. Entonces atravesamos las elecciones a tientas, en la oscuridad de una historia tan apasionante como compleja.
Argentina, la tierra de la incertidumbre en la que, gracias a la entrega y el esfuerzo de muchos patriotas y de un pueblo que comprendió su sentido histórico, lo único invariante hace casi medio siglo es la democracia.
Luego de este recorrido por la historia y las razones profundas de la ley del presidente sorpresa, como se dice popularmente esperemos que le encontremos el agujero al mate y podamos salir adelante.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MEG