En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), Jorge Telerman analizó el nuevo escenario internacional a partir del conflicto con Irán, el impacto de las tensiones en Medio Oriente y la situación del régimen cubano, al que describió como atravesando una crisis profunda tras décadas de expectativas frustradas de apertura. Sin embargo, el exdiplomático y gestor cultural resaltó: "Cuba tiene recursos importantes, como el petróleo, como para poder zafar y pensar algún tipo de transición".
Jorge Telerman es un periodista, diplomático, político, empresario teatral y gestor cultural. Cuenta con una extensa trayectoria en la gestión pública, destacándose como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires entre 2006 y 2007 y vicejefe entre 2003 y 2006. En el ámbito cultural dirigió el Teatro Colón, complejo teatral de Buenos Aires, y el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Anteriormente se desempeñó como embajador en Cuba entre 1997 y 1998 y secretario de Cultura porteño entre 2000 y 2003.
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Recientemente hablaste en una entrevista de que el conflicto en Irán es un síntoma de este momento de transición. Ayer el presidente Milei, en Nueva York, dijo en una conferencia y relacionó lo que estaba pasando en Irán con la caída definitiva de Cuba. Fuiste embajador en Cuba, entre distintas actividades de tu carrera diplomática. ¿Cuál tu visión de lo que está pasando en el mundo, lo que está pasando en Irán y esta relación que hace el Presidente entre lo de Irán y Cuba?
En principio, efectivamente hay un nuevo orden. Hay un gran concepto, recuerdo de Bertrand Russell, que decía: “El mundo se vuelve incómodo durante las transiciones". Incómodo, ni malo ni bueno. Es decir, hay que elegir otro lugar para mirar, hay que salir de la comodidad para entenderlo. Hay un nuevo orden. Eso que había pasado en nuestras generaciones, de un mundo bipolar que había desaparecido por un mundo unipolar, hoy esa tensión deriva en un reacomodamiento muy fuerte de los actores principales en la escena internacional.
Hay algunos agentes en esa instancia, y lo estamos viendo por la manera en que se acomodan también los países de la región, que claramente conspiran contra una transición al nuevo orden de lo más lógico posible. Irán, sin duda, es un agente desestabilizador de la región, no solamente en relación a su decisión histórica y realmente violenta e incomprensible de hacer desaparecer a Israel del mapa, sino que es un agente desestabilizador aún de los países vecinos. Vemos en esta crisis, por primera vez, que ya sin ambigüedades el resto de los países árabes no solamente no se alineó con Irán, sino que es crítico de Irán y está siendo bombardeado y atacado por Irán.
Entonces, me parece que lo que está pasando allí es efectivamente una situación que se fue extendiendo durante mucho tiempo, desde 1979 de la revolución de los ayatolás, de la llegada de Jomeini, que fue saludada inicialmente por un sector, como le pasó a tantas revoluciones que inicialmente generan algún tipo de ilusión o fantasía, para rápidamente convertirse en ese régimen de terror que hoy conocemos, acrecentándose. Nosotros hemos sido víctimas de esa decisión imperial de Irán de extenderse más allá de sus fronteras a lo que cueste, a como dé lugar.
Por supuesto nunca una guerra es bienvenida, pero a veces es inevitable, como esta. Ojalá sea lo más corta posible. Recordemos para hacer una síntesis ya demasiado exagerada que, con los acuerdos de Abraham, hasta el 7 de octubre de 2023 se encaminaba la región, cuando Hamas, es decir un proxy de Irán, es decir Irán, decide cometer ese atroz acto criminal que dio comienzo a esta instancia de desestabilización que termina en esto. Así que ojalá este conflicto sea lo más corto posible y dé paso a una conversación en la región que tantos efectos no solamente es tremenda para la región en sí, sino para las consecuencias que trae en el otro mundo.
Vos decías tantas revoluciones que comenzaron con ilusión y que luego se fueron confirmando en su desarrollo lo contrario a lo esperado. ¿Incluís a Cuba en eso?
Sin duda.
Y me gustaría que hables de Cuba y tu propia experiencia en Cuba y cómo ves hoy Cuba.
Yo tuve el privilegio de ser embajador en Cuba en uno de los momentos en que supuestamente las cosas comenzaban a cambiar. Yo era un funcionario en un organismo internacional en Washington, trabajaba dentro de la OEA, era el vocero del secretario general y el director de Información Pública. Durante el gobierno de (Bill) Clinton se anuncia el el famoso viaje del Papa Juan Pablo II hacia Cuba, cuando vivía todavía Fidel Castro. Yo recibía chismes por la relación que había con (César) Gaviria y (Gabriel) García Márquez, que era el interlocutor entre Fidel Castro y Clinton. En ese momento recibíamos chismes y todo indicaba que permitía un comienzo de apertura.
Se anuncia el viaje de Juan Pablo II y las cancillerías deciden actualizar sus embajadores para poner más políticos que puedan estar en sintonía de lo que supuestamente venía del cambio. Yo tuve el privilegio de ser convocado por (Carlos) Menem para esa embajada. Así que llegué los días previos a la llegada del Papa. La Habana parecía Casablanca, la película. Estaba lleno de espías, intelectuales y artistas de todo el mundo que venían a ver uno de los grandes cambios de fin de siglo.
Era el laboratorio del mundo.
Exactamente. Es un privilegio para gente curiosa como nosotros estar en un monumento como ese. La explicación más racional fue que Clinton rápidamente empezó su crisis por la denuncia de Monica Lewinsky con el fiscal (Kenneth) Starr. Entonces tuvo que parar cualquier otra cosa que lo debilitara y se cierra ese acercamiento y la apertura.
Lo que uno también puede decir es que Cuba había sido muy hábil en generar muchas expectativas muchas veces, como pasó también con el Papa Francisco, y que los cambios no se producían. Así que conozco bien ese clima que a veces generaba Cuba, que dejó de generar, porque las expectativas en esa ilusión que se generó a fines de los 50, del cambio del régimen de (Fulgencio) Batista, un régimen no provisorio, por una revolución de jóvenes idealistas, y terminó siendo lo que ha sido lamentablemente todas las experiencias comunistas en el mundo.
Este edificio tiene una base de testimonio de lo que fueron las experiencias socialistas, que se consiguió cuando ustedes decidieron repartir partes del muro de Berlín, a los que éramos lectores de la revista. Ese muro oprobioso significaba eso, la división entre la libertad y la represión. Me parece que esas revoluciones que han empezado con sueños tan luminosos terminan en pesadillas sistemáticamente todas.
¿Y qué imaginás de Cuba hoy? ¿Cómo imaginás su futuro?
Con una caída. Ya tengo cada vez menos información porque todos mis amigos del momento ya están fuera de Cuba, y la mayoría por eso. Algunos por razones económicas se fueron, otros por razones políticas, pero básicamente por desesperanza.
¿Imaginás el final de los ayatolás y el final de Cuba?
Cuba, a diferencia de Venezuela, por ejemplo, donde también está surgiendo una transformación a partir de este nuevo delineamiento del mapa mundial, tiene recursos importantes, como el petróleo, como para poder zafar y pensar algún tipo de transición. Cuba está en un momento material y socialmente durísimo, con crisis energéticas diarias.
Aquello decía que los cubanos eran los argentinos del Caribe, ¿a qué lo atribuís? ¿Qué encontraste de esa cultura cubana? ¿Y qué espejo argentino hay en ellos?
En la broma. La primera vez que escuché un famoso chiste sobre la Argentina fue ahí en La Habana. Tienen como chiste que llegan dos amigos argentinos ahí a La Habana a una fiesta por azar, y uno le dice al otro: “Che, decimos que somos argentinos”. Y el otro dice: “No, que se jodan”. Es esa sensación de ser simpáticamente sobradores. Ambos pueblos están anclados por ahí en sus épocas de oro, reales o inventadas, pero épocas de oro al fin, en las que miraban por el hombro a sus vecinos.
Claro, miraban por el hombro al resto de las islas del Caribe. Cuba era la más importante.
Efectivamente lo vemos. De hecho, aún a pesar de la malaria y de la crisis subsisten en La Habana barrios que dejan ver todavía esas glorias del pasado.
Igual que Argentina.
Igualito.
Más allá de tu actividad diplomática, gran parte de tu vida estuvo atravesada por la gestión cultural ¿Cómo ves la gestión cultural hoy, en particular en términos materiales? Y en este cambio de época, ¿cuánto la atraviesa y hacia dónde la lleva?
La atraviesa muchísimo, pero siempre es el campo en donde más impactan y donde, si uno es atento, puede percibir hacia dónde va el mundo. Tengo algunas posiciones tomadas y algo garabateado sobre eso de cómo el arte siempre te antecede y te explica o te cuenta eso que vendrá, no tanto por visión sino por interpretación del espíritu de la época. La cultura sirve de inspiración, desde Frankenstein en adelante, desde la película Matrix en estas últimas décadas. Antes de comenzar conversábamos acerca de este concepto de singularidad, singularity, que los nerds están pensando: el día que la inteligencia artificial iguale y supere la suma de todas las inteligencias humanas. Muchos dicen que ya llegó. Eso está en Matrix, por ejemplo. Así que el cambio de época da testimonio en la cultura, sin duda.
Y hoy lo da doblemente porque los motores de desarrollo económico aquí y en todo el mundo incluyen la economía del conocimiento, que tiene un capítulo en la producción de contenidos culturales, artísticos, de un universo ampliamente considerado cultural, para no ponernos demasiado exigentes. Tiene uno de los motores de crecimiento de la economía. Y en el que la Argentina podría sacar pecho más, porque tiene historia, porque tiene talentos.
La semana pasada tenía reuniones con productores. Mi vida de la gestión cultural hace que yo siga constantemente interesado y vinculado a eso, en lo público y en lo privado. También fundé salas teatrales privadas y uno sigue reconociendo ese talento, esa capacidad que tiene la Argentina, que ojalá sectores públicos y privados puedan potenciar. La Argentina hoy produce en economía del conocimiento una buena cantidad de recursos, pero está llamada a producir mucho más.
En un viaje que hice sustituyendo a Antonio Cafiero cuando yo era su vocero, viajé a las elecciones en Estados Unidos donde ganó (George) Bush padre, en 1988. Como no pudo viajar Cafiero, viajé yo con otra persona y nos recibió el alto nivel que lo iba a recibir a Cafiero, entonces nosotros ligamos. Una de esas reuniones era con el general Vernon Walters, general cinco estrellas y embajador de Estados Unidos en Naciones Unidas. Era la semana que se estrenaba Evita, el musical, en Nueva York. Todas las vidrieras en Nueva York estaban adornadas con trajes de Evita y muchísimas cosas cultura nuestra.
Entonces Vernon Walters nos dice, medio en broma, medio en serio, con ese vozarrón que tenía: “No aprenden más los argentinos. ¿Ustedes vieron lo que es la calle con la cultura argentina, con el tango, con Evita, con las vestimentas, con la música?”. Y yo digo: “Sí, sí, vimos, nos pone contentos”. Dice: “¿Sabe cuántos millones de dólares se mueven detrás de eso?”. “No sé, pero imagino que muchos”, le dije. “¿Sabe cuántos son argentinos los que mueven esos dólares? Ninguno ¿Cuándo van a terminar de entender que nosotros podemos vender televisores o automóviles porque primero vendemos El Show de Dick Van Dyke?”. Hoy podría decir cualquiera de estas series.
La Argentina y la ciudad de Buenos Aires, sin duda uno de sus centros neurálgicos, debía tener una estrategia mucho más fuerte para aprovechar esa dimensión, y no hablo de políticas públicas solamente. No nada más por lo bueno para la humanidad de desarrollar la cultura y el acceso a la cultura, sino porque detrás de eso está una de las herramientas del poder blando, el soft power, más importante que tienen los países, y un instrumento de dimensión económica que hoy es el cuarto, quinto o sexto motor de crecimiento de la economía mundial.
¿Cómo te atraviesa el cúmulo de experiencias y al mismo tiempo la idea de finitud?
Una de las personas que yo admiro mucho es Clint Eastwood. Él tiene una frase fantástica que dijo cuando le preguntaron por qué seguía filmando a los noventa y pico. “Nunca dejé de entrar al viejo”, dijo, y a partir de allí lo tengo casi como un lema vivir sin nostalgia, es decir, con reconocimiento y agradecimiento. Yo estoy sumamente agradecido. Algunas de las anécdotas que te estoy contando aquí me refrescan la bendición que he tenido de poder, por distintos azares de la vida, ocupar lugares como la dirección del Teatro Colón, que es uno de los honores más altos que un gestor cultural que un funcionario, puede tener.
Tuve relación con Fidel Castro, con George Bush, con el Papa Francisco, con Shimon Peres. Todo eso lo atesoro y ojalá me haya servido para crecer, para mejorarme, para enriquecer mi vida. Esas alegrías del campo de lo público me permiten poder vivirlo con agradecimiento e intensidad, tratando de que no entre el viejo. Por principios talmúdicos, si uno siente que ha sido bendecido por estas cosas que acabo de contar, hay que descubrir de qué manera te obliga también a tratar de devolverlas. Y ojalá no me haya equivocado mucho. Trato de devolverlas pensando nuevos proyectos y acercando ideas.
Jorge Telerman es optimista: optimista con que el régimen teocrático de Irán sea superado por un sistema democrático en ese país; lo mismo en Cuba, que Cuba pueda salir de esta situación de letargo en la que está; optimista respecto de que la tecnología no va a ir en contra de la producción cultural; y optimista además con la propia posibilidad de continuar muchos años más haciendo cosas. ¿Estoy entendiendo bien?
No me podrías haber definido mejor, o en todo caso es mi aspiración. Creo que tenemos esa idea borgiana de la obligación de ser felices. Yo creo que la obligación es la de ser optimista, la de esperar lo mejor, sabiendo que quizás no venga, pero preguntándonos qué es lo que uno tiene que hacer para que venga lo mejor.
TV / EM