En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el economista Martín Lagos retomó los ejes centrales de El país de las desmesuras, el libro que escribió junto a Juan Llach hace diez años. Inflación récord, niveles inéditos de proteccionismo, estatismo persistente y bruscos cambios de rumbo político conforman, según Lagos, un patrón histórico en el que “viene un gobierno, cambia el signo, empuja para un lado, empuja para el otro”, con un impacto directo en la falta de crecimiento y en una Argentina que, mientras sus vecinos avanzan, “lleva más de diez años prácticamente sin crecer”.
Martín Lagos es licenciado en Economía por la UCA, con estudios en la Universidad de Columbia. Es fundador, profesor y presidente del Consejo Superior de Lousema. Además, es miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso. Posee una vasta trayectoria que incluye roles como ex vicepresidente del Banco Central y ex economista jefe de FIEL. También fue director ejecutivo del Consejo Empresario Argentino. Es autor de dos libros en coautoría con Juan Llach. Uno de ellos es El país de las desmesuras. Es un ensayo económico e histórico que analiza las causas del retraso de Argentina en comparación con otros países como Brasil, Chile, Uruguay y Nueva Zelanda. El libro busca explicar las razones detrás de las recurrentes crisis y la falta de desarrollo sostenido en la Argentina.
¿Qué diferencia hay entre esta idea de que vamos de una desmesura a una desmesura, con la idea del péndulo de Diamand, con la del empate hegemónico de Portantiero, o si se sube a los hombros de estos trabajos anteriores para continuar esa línea de pensamiento?
Lo que nosotros con Juan Llach vimos cuando hicimos este trabajo, ya tiene diez años, porque el péndulo se fue al extremo más que nunca. La pregunta siguiente es si Milei es una desmesura. Lo que prueba en los números es que la Argentina hizo muchas cosas que se han hecho en otros países del mundo. Algo de inflación, algo de proteccionismo, intervención del Estado, regulación, sindicalismo, pero en todas estas áreas,, Argentina ha superado a muchos. Y ciertamente acá hemos tomado cuatro ejemplos, cuatro vecinos.
Es bastante difícil explicar por qué. Uno entraría un poco en la sociología de esta sociedad que hace que vaya a los extremos. Y tenemos récord de inflación, hemos tenido unos niveles de proteccionismo que no ha habido en otras partes del mundo. El estatismo, de manera que, uno mira esto y viene un gobierno, cambia el signo, empuja para un lado, empuja para el otro, y esto tiene un impacto en la falta de crecimiento, o en el defecto de crecimiento. El hecho de que ahora ya llevamos casi diez años, o más de diez años, prácticamente sin crecimiento, mientras que los vecinos crecen. Chile ya nos pasó, Uruguay ya nos alcanzó, países contra los cuales hace cincuenta o sesenta años estábamos por encima, como Italia o España, claramente nos han sobrepasado.
Viví en Brasil en dos décadas diferentes, un año cada vez, y siempre preguntaba lo mismo que la tesis de su libro. Ahora, si más o menos hicieron la misma cosa que Argentina, hacía un plan de convertibilidad, hacía un plan antiinflacionario como el Plan Verano versus el Plan Primavera en la Argentina, creaba la indexación con una especie de tablita, hacía sustitución de importaciones, venía Bolsonaro, por ejemplo, había gobiernos de centro derecha que llamaban la atención, había golpes militares, pero siempre el grado del péndulo era menor que en la Argentina. Le encontraba una explicación a eso que me gustaría conocer los ejemplos suyos.
En el caso de Brasil, la explicación que yo le encontraba era física. Brasil tiene once millones de kilómetros cuadrados, doscientos veinte millones de habitantes. Ningún presidente en Brasil tiene el poder que tiene un presidente argentino, porque es un país realmente federal. No hay una sola ciudad como Buenos Aires que domine la producción cultural, política, económica. No hay un solo conurbano. Entonces, el poder en Brasil está más distribuido por el tamaño. La teoría de la relatividad yo la sentía en el cuerpo en Brasil. Una masa mayor tarda más tiempo en desplazarse. Entonces, no venía un presidente y podía cambiar todo de un día para el otro, como sí en la Argentina. Ahora, cuando pone el ejemplo de Uruguay y de Chile, mi ejemplo se cae. O sea, en Brasil puede ser una masa mayor la que hace que el péndulo se mueva más lentamente.
Chile y Uruguay son más pequeños, pero han logrado desarrollar una clase dirigente política que conoce los límites. Es decir, yo soy el primero que voy a votar a favor de la educación popular. La educación ayuda a vivir, a producir, a convivir, pero la educación de la élite dirigente es fundamental. Alguien tiene que entender que cuando uno hace proteccionismo, uno protege a A pero desprotege a B.
¿Usted dice que nosotros tenemos un sistema orientado a levantar el piso y que la Argentina tiene una población más educada que nuestros vecinos, pero la élite argentina es menos educada que la de nuestros vecinos?
Usted acaba de mencionar Brasil, a partir de Collor de Mello y Itamar Franco han puesto en marcha políticas que más o menos se han mantenido luego con Lula. Uruguay está demostrando que pasa de un signo político a otro signo político, pero algunas cosas elementales se respetan.
Me refería a la educación de la élite. Incluso me cuesta encontrar la élite en Uruguay. En Chile la percibo más.
Es posible. Yo no conozco tampoco mucho en detalle el caso uruguayo, pero lo que uno ve es el resultado. Gobiernan blancos, gobiernan colorados, gobierna el Frente Amplio, vuelven.
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El papa Francisco una vez contaba ese clásico chiste de que Dios repartía bienes y le preguntaba a alguien: “Pero Dios, ¿no le estás dando tanto a la Argentina? Mirá, le estás colocando todos esos recursos naturales, todo ese territorio, ese clima benigno, sin maremotos, sin grandes terremotos, clima templado, esa pampa húmeda, población homogénea, sin problemas raciales". Y dijo: “No, para equilibrar pongo argentinos”.
Ese viejo chiste que lo hizo un asesor de Milei en Nueva York y fue considerado una especie de traición a la patria. Pero más allá de eso, uno podría decir, en el caso de los países más chicos quizás mi misma explicación de Brasil sirve. En Chile, me explicaban que ellos no pueden hacer locuras. Argentina sí puede hacer locuras. Chile no tiene con qué hacer locuras. Entonces, a lo mejor los límites los coloca el propio tamaño. O sea, o muy grande o muy chico hay una fuerza que impide irse a los extremos.
Tal vez somos víctimas de nuestro tamaño, estamos entre medio. Podemos hacer locuras, hacer desmesuras...
Me parece que las desmesuras se han ampliado en los últimos diez años, pero no sé cómo lo ve usted. ¿Y cuál sería la explicación sociológica?
Creo que, nuevamente, a ver, Argentina sufrió en la crisis del 30 un impacto que la obligó a decidir qué hacer con su economía y se lanzó a un proteccionismo desmedido, es decir, prácticamente a una política de autarquía. A partir del 32 o 34, el peronismo lo lleva hasta extremos. Y luego viene algo que en este libro se desarrolla mucho, que es lo que se llama la dependencia del sendero. En inglés le llaman path dependence, que es cuando vos ya no podés cambiar mucho las cosas por lo que has hecho en el pasado. Te ha quedado una estructura industrial, te ha quedado un sindicalismo, te ha quedado una cantidad de gente empleada que es costoso desarmar.
Y lo estamos viendo. Me llama la atención que acá, cuando se cierra una empresa, el periodismo dice: “Tantas personas quedaron en la calle”. En realidad, en la calle no queda nadie, porque las personas buscarán otro empleo o estarán transitoriamente, pero la expresión es que siempre hay una expresión negativa respecto al cierre de una empresa. Pero en otras partes del mundo no se hace este drama. Entonces vamos armando un mecanismo muy difícil de corregir porque hay intereses creados. Mucha gente habla de que hay que cambiar, pero cuando le toca a uno, nada.
No sé qué va a pasar. Es decir, creo que una gran parte de la gente que ha votado a Milei ha votado harta, pero sin saber bien qué es lo que Milei estaba proponiendo. ¿Cómo va por ahora este electorado? Aparentemente se mantiene este apoyo, pero con Menem también pasó. Menem logró éxito electoral en los primeros cinco o seis años de su gobierno y llegó un momento en que la gente se hartó del esquema.
Estabamos hartos de que los teléfonos no andaban, luego estabamos hartos de que eran muy caros. Entonces viene un gobierno, el kirchnerismo, que vuelve para atrás las privatizaciones. Es decir, falta de vuelta. Yo creo que en la élite dirigente falta equilibrio en la manera de poner límites a las políticas.
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Y usted coloca esto no en la población, sino en las élites. Es decir, hay una vieja idea en Italia, quee es “Piove, governo ladro”. O sea, siempre hay una responsabilidad del gobierno en cualquier cosa que le pase a uno. Entonces, usted dice que naturalmente la masa siempre es hartable, porque siempre las insatisfacciones necesitan un culpable. Y como la masa no logra realizar todo su potencial, es natural que tenga una tendencia ciclotimica, pero que en la mayoría de los países son las élites las que hacen el contrapeso. Porque frente a una situación de hartazgo viene una campaña electoral.
En la campaña electoral, creo que alguien decía: “Nunca se miente tanto como después de una cacería, o en una campaña electoral”. En la campaña electoral hay que mentir, porque el voto se logra prometiendo. Y a veces se prometen cosas incumplibles. En un país con una dirigencia equilibrada, formada, cuando llega el momento de gobernar, las promesas se dejan de lado. Siempre digo: De Gaulle llegó al gobierno prometiendo que Argelia iba a ser Francia y cuando llegó dijo “no se puede”. Frondizi llegó hablando del petróleo en el Estado; cuando gobernó dijo: “Esto no se puede hacer”.
¿Es la madurez del dirigente, del presidente, del gobernante, o de las élites y los contrapesos que hacen que el gobernante esté obligado a cambiar porque no le quede alternativa?
Me imagino que hay una parte que es responsabilidad del presidente, de los diputados, de los gobernadores, y todos los que han accedido al poder. Luego viene el mecanismo, me parece muy razonable, de checks and balances, digamos, de controles dentro de lo que es el poder público. Nunca me contesta ¿Es una desmesura Milei? Yo creo que sí. Él prometió que iba a cerrar el Banco Central, prometió la dolarización. Obviamente esas ideas generaban votos. De alguna manera llegó y se dio cuenta de que no se podían hacer, pero bueno, está empujando otras. La obsesión por el equilibrio fiscal a mí me parece buena. De alguna manera hemos tenido setenta años de desequilibrio e inflación.
En algunos aspectos yo apoyo algunos aspectos de su política. La desmesura creo que está un poquito en su carácter, en su manera de dirigirse. Tal vez porque yo tengo ochenta años y, no me gusta que el presidente ande en televisión cantando, pero a lo mejor a todo un segmento de la población sí le gusta y lo voy a respetar. Lo que yo quiero ver es qué sigue después de Milei.
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¿Y qué cree usted que va a seguir?
La historia no nos permite ser optimistas, porque uno diría: ¿por qué el futuro va a ser distinto del pasado? Hay algunos mecanismos, decisiones del pasado, que se van a volver a repetir. Tenemos de vuelta un gobierno estatista y volveremos nuevamente a una experiencia más liberal. Cuando uno escucha o lee algunos análisis, hay personas que van analizando el sentimiento de la opinión pública y si se va corriendo un poquito hacia la derecha y, por lo tanto, las versiones más extremas que hemos tenido en el pasado no las vamos a volver a repetir. Pero francamente no lo sé.
¿Y Juan Llach llegó a ver la emergencia de Milei?
Él llegó a verla, sí. En los primeros meses, si yo tuviera que recordar lo que él decía, él decía: “Sí, es una desmesura". A ver, a favor del péndulo pongamos Alemania 1930 y 1950. Es decir, un país que siguió a un líder absolutamente loco y que, de golpe, encuentra en Adenauer un liderazgo moderado. Y era ya un país extremadamente culto, educado, lo cual quiere decir nuevamente que la educación de la masa no garantiza que un loco se haga del poder. Pero bueno, tuvieron la desgracia de ser destruidos, pero luego la habilidad, la inteligencia, de generar en los partidos socialdemócrata y democracia cristiana, que han hecho lo que Alemania es hoy.
Roosevelt llegó al poder en 1933, dos meses después que Hitler, con el país paralizado, los bancos cerrados, treinta por ciento de desempleo, y sin embargo Roosevelt no hizo lo de Hitler. ¿Por qué? Nuevamente, alrededor de él se movió una clase dirigente que incluye empresarios, sindicalistas, diputados, senadores, que llevan a la sociedad en una dirección,