La actual coyuntura económica argentina se encuentra en un punto de inflexión donde el equilibrio de las cuentas públicas y la autonomía de las instituciones monetarias definen el éxito o el fracaso de los planes de estabilización. A partir de la entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el economista Martín Tetaz analiza la gestión bonaerense y asegura que “Kicillof respeta el orden fiscal”, al tiempo que propone una reforma profunda para blindar al Banco Central mediante acuerdos en el Senado que impidan la intervención del Poder Ejecutivo y garanticen una lucha eficaz contra la inflación.
El economista y político, Martín Tetaz, es diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires, representando a la Unión Cívica Radical dentro de la coalición Juntos por el Cambio. Sumado a eso, es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de La Plata, institución en la que también ha ejercido como profesor e investigador, y es autor de varios libros donde analiza la toma de decisiones y la realidad económica de la Argentina desde una perspectiva académica pero accesible para el público general. Antes de volcarse plenamente a la actividad política parlamentaria, adquirió una gran exposición pública como divulgador económico en diversos medios de comunicación, participando frecuentemente en programas de radio y televisión donde se especializó en temas de economía del comportamiento y políticas públicas.
No podría haber mejor día para consultarte a vos, después de toda la polvareda que levantó ayer la polémica entre Cavallo, el equipo económico y el propio Presidente. Recién comentábamos con Miguel Kiguel la fuerte crítica al modelo económico del Gobierno, al sostener que estaba mal estructurado. Allí se hacía una defensa en la que se planteaba que lo que estaba mal no era todo, sino el sistema cambiario, mientras que la lucha contra el déficit fiscal era correcta, la apertura internacional también lo era y varias de las ideas funcionaban como un objetivo, independientemente de su aplicación. Concretamente advertiste en febrero que el ajuste fiscal redujo el riesgo macroeconómico, pero no resolvió el riesgo monetario y que, de hecho, la inflación, aunque todo indica que está bajando —este mes comenzaría con un dos delante y quizás el último trimestre del año con uno—, igual va a dar alrededor de 30% en el año. Es decir, más o menos el mismo promedio que tuvimos hace diez años, salvo el pico del 80 o 90% durante el final de la gestión de Sergio Massa. ¿Cuál es tu opinión sobre el balance: qué está bien, qué está mal y si el hecho de que haya aspectos mal resueltos implica que el plan, en su conjunto, esté mal?
Yo coincido con la apreciación de Cavallo en el sentido de que el talón de Aquiles del Gobierno es la política monetaria y cambiaria. La política fiscal del Gobierno es una condición necesaria y ese es el drama de las condiciones necesarias. Es decir, al final se hizo lo que había que hacer y la economía no termina de encausarse, la inflación no termina de bajar y la actividad ahora está parada. Ese es el problema: las condiciones necesarias hay que hacerlas sí o sí, incluso cuando cuestan mucho, pero no son suficientes, no resuelven el problema.
La política monetaria del Gobierno, algo que venimos advirtiendo desde el año pasado, va para un lado y para el otro. Primero controla la tasa de interés, después el agregado monetario porque se lo pide el Fondo Monetario Internacional. Ahora empieza a recuperar un instrumento, que es el de los pases activos, y le pone un límite a que la tasa pueda empezar a subir. Es una buena noticia, pero sigue en un camino de control de la cantidad de dinero y esa es una mala fórmula que no usa ningún Banco Central del mundo.
Además, la política sigue manejando el Banco Central, lo que es una muy mala noticia porque, aun cuando la inflación empiece a bajar en los próximos meses —lo cual va a ocurrir, ya sabemos que abril fue un poco menor que marzo—, incluso en ese caso, muy rápidamente, cuando pase el mundial, ya va a empezar el 2027. Es un año de 18 meses ese, y se va a empezar a hablar de candidaturas, a discutir encuestas y otra vez va a aparecer en escena el riesgo “Kuka”. Entonces, la moneda va a estar presa de lo que pase con el ciclo político.
Por eso es fundamental desconectar el Banco Central de la política económica y, particularmente, del Ministerio de Economía y de la Presidencia de la Nación. Solamente con un Banco Central independiente la inflación va a continuar su sendero descendente, sin prisa, sin pausa y sin interrupciones por el ciclo electoral.
Lo que decís es que, en lugar de una Moncloa —un acuerdo político entre las distintas fuerzas competitivas electoralmente, todas complejas—, lo que debería existir es que, antes de las elecciones, el Senado apruebe el pliego de un Presidente del Banco Central con un período que cruce al próximo gobierno, de la misma manera que completar los dos integrantes de la Corte Suprema de Justicia. ¿Que solo eso, lo del Presidente del Banco Central, sería el reaseguro para la Argentina?
Absolutamente. Por supuesto, más adelante eso hay que reforzarlo con una reforma constitucional que asegure que nunca más se pueda modificar. Ya algunos recuerdan la experiencia del 2002, cuando se salió de la Ley de Convertibilidad y eso generó que vuelva la inflación en Argentina. Esa salida fue la muerte política de los que levantaron la mano para salir de la convertibilidad, empezando por Duhalde. Era una figura puesta para ser el futuro Presidente y, en ese momento, tomó la decisión de salir y nunca más pudo ganar una elección.
Fijate que se impulsó aquella reforma de la Ley de Convertibilidad que derogaba el régimen monetario cambiario y una de esas senadoras fue Cristina Fernández de Kirchner. Luego tuvo una carrera política muy exitosa en términos electorales: fue presidenta dos veces porque no quedó asociada al abandono de la estabilidad monetaria.
De todos modos, creo en la fuerza de esa regla, que está establecida por leyes importantes, pero hay que reforzarla más adelante, probablemente a partir del 2029, con una reforma constitucional. No tengo dudas de que ese es el camino.
Y te agrego algo más. Hay, en cierto sentido, una Moncloa implícita respecto de la reforma estructural que está haciendo el Gobierno en términos de favorecer sectores que antes estaban penalizados, como los exportadores. Cuando uno mira las críticas a Milei hoy, casi no hay cuestionamientos desde posiciones proteccionistas ni planteos de volver al sesgo antiexportador.
Al contrario, los gobernadores están fortaleciendo políticamente al Presidente. No son del mismo signo político, pero sí representan provincias favorecidas por este cambio estructural. Ese cambio llegó para quedarse. El problema sigue siendo coyuntural, vinculado a la moneda.
¿Te imaginás también a Kicillof allí?
Acabamos de ver a Axel Kicillof esta semana subiendo de manera intempestiva y furibunda los pasajes de los colectivos en la provincia de Buenos Aires. Es decir, ahí también le apretó el zapato. Primó la racionalidad de decir: “El boleto de colectivo sale precio técnico, la tarifa no sale 715 pesos, entonces hay que corregir ese precio”.
El gobernador tomó una iniciativa incluso más agresiva que la propia ciudad de Buenos Aires en una corrección tarifaria muy fuerte. En los hechos, en lo que empieza a ser su gestión, preocupan otras cuestiones: cuando uno mira la provincia, no le funciona nada. No hay capacidad de gestión ni en educación ni en ninguna dimensión.
En términos de lo que debería respetarse del pacto de estabilidad macroeconómica, como ocurre en Brasil, Chile, Colombia o Perú cuando gobierna la izquierda, parece haber un mínimo de continuidad. Ese compromiso, al menos, podría estar. Se observa en los hechos con la decisión de aumentar las tarifas.
Se ve un Kicillof con un sesgo más bien antipopulista. El aumento de tarifas le puede generar tensiones internas, además de impactar en su proyección como candidato presidencial. El efecto sobre los tres millones de bonaerenses que todos los días viajan a la Ciudad de Buenos Aires es fuerte, con traslados de dos o tres colectivos diarios para ir a trabajar.
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Sin embargo, la decisión se tomó y era lo que correspondía hacer.
Pensando en un Presidente del Banco Central que sea votado por el oficialismo y la oposición, sin excluir a ningún sector, se me ocurre un economista que ya ocupó ese cargo con Néstor Kirchner, que es radical y que suele ser mencionado como una figura política relevante. Además, tiene una formación muy vinculada a Keynes. ¿Podría ser Prat-Gay una figura de consenso, como fue Meirelles en Brasil o como sucede en Perú, donde hay continuidad en el Banco Central? ¿Un perfil así podría generar estabilidad y previsibilidad a futuro?
Sí, para mí es bastante irrelevante quién es la persona. No creo que sea muy relevante quién conduzca: quién sea Presidente. La idea es que no pueda ser desplazado, ni que los directores del Banco Central puedan ser desplazados ni nombrados por el Presidente de la Nación, ni por el ministro de Economía, ni por nada que tenga que ver con el Poder Ejecutivo. Si esa regla está clara, y en todo caso exige un nombramiento del Senado, es una posibilidad.
Otra posibilidad es que los directores sean puestos por cada uno de los 10 principales bancos de la Argentina en términos de depósitos, que pongan uno de los directores, y que los directores elijan al próximo Presidente.
La clave acá, en ambos casos, sería que ni el nombramiento del próximo Presidente del Banco Central ni su remoción dependan del próximo Presidente de la Nación, ni de éste. Si nosotros logramos eso, entonces el riesgo de la próxima elección desaparece, se torna intrascendente a los efectos monetarios, se vuelve irrelevante. Uno diría: la verdad que da lo mismo, porque sea quien sea el próximo no puede despedir al Presidente del Banco Central, no puede nombrar directores propios, no puede ejercer ningún tipo de presión sobre la política monetaria y cambiaria. Si eso lo logramos, me parece que ese acuerdo institucional termina para siempre con la inflación en la Argentina.
¿Podrían hacerse las dos cosas necesarias porque, siguiendo el modelo norteamericano, el directorio del Banco Central es el que elige al Presidente del Banco Central y lo nombran los 10 directores de los 10 bancos con más depósitos de la Argentina? Si se trata de un economista desconocido, hasta que se lo haga conocido va a requerir un tiempo. En cambio, si se trata de Meireles, como fue en el caso de Brasil, el solo hecho de un hombre con una reputación construida tanto en lo académico como en el mercado funcionaría también como un reaseguro.
Sí. A ver, obviamente la señal que hay que transmitir, la que quiebra el sendero de la inflación, es que hay un cambio de régimen, un cambio de regla de juego. Cuando la Argentina inició la convertibilidad en el año 91, nadie tenía la menor idea de quién era el Presidente del Banco Central. Esencialmente, nadie lo sabía.
De hecho, cuando Prat-Gay fue Presidente del Banco Central, si hacías una encuesta en la Argentina sobre quién ocupaba ese cargo, tampoco lo sabían. La figura más visible para la sociedad siempre fue el ministro de Economía.
Entonces, todo el mundo sabía que Lavagna era ministro de Economía, pero nadie sabía quién era el Presidente del Banco Central. Diría que, cuanto menos conocida sea la figura, incluso mejor. Tiene que ser irrelevante.
No creo que necesitemos eso. Invirtamos la carga del argumento. Supongamos que mañana el Presidente Milei nombra a una figura de esas características, pongámosle nombre: supongamos que designa a Prat-Gay al frente del Banco Central. ¿Sería un nombramiento interesante? Sí. ¿Sería bueno que no esté directamente alineado con el Presidente? También. Pero ¿eso resolvería el problema de la inflación en Argentina? La respuesta es no.
Y no lo resolvería porque no cambia la regla de juego. Seguiría siendo Milei el dueño de la lapicera, el que puede nombrar o cambiar al Presidente del Banco Central si cambia de opinión. Y eso es lo que no tiene que pasar. Insisto: la figura es lo de menos. Acá lo importante es el régimen monetario.
Lo que hizo Lula fueron las dos cosas. Meireles lo nombró Lula, pero con acuerdo completo del Senado. Imaginate eso: lo nombra Milei con el voto de los peronistas. Eso sí cambia.
Sí, sin duda sería una mejora. Y sobre todo, no solo con el acuerdo en el Senado, sino con la regla que hay que cambiar en la Ley del Banco Central: que nunca más el Presidente pueda nombrar ni un director ni al Presidente del Banco Central. Entonces, tendría que ser una propuesta del Ejecutivo, que envíe la nueva carta orgánica del Banco Central al Congreso con esa regla: que, a partir de ahora, el Presidente de la Nación no pueda intervenir.
Yo creo que alguna vez conté esta anécdota de Carlos Fayt. Cuando Alfonsín lo nominó a la Corte en el 83, Fayt era amigo suyo. Tenían una relación profesional y personal. Cuando lo llamó para ofrecerle el cargo, Fayt, visiblemente conmocionado, le dijo: “Doctor, muchas gracias, me honra, porque es el cargo máximo al que puede aspirar un jurista, pero usted acaba de ganar un miembro de la Corte y acaba de perder un amigo. A partir de ahora no le atiendo más el teléfono, porque soy un poder distinto, tengo que controlarlo y ser un contrapeso”.
Ese es el principio que tiene que ocurrir. Si Milei nombra a alguien, tiene que despedirse para siempre de la posibilidad de volver a nombrar o remover a un Presidente del Banco Central. Él y los próximos Presidentes.
No estoy diciendo que lo nombre Milei. Él solo elevaría el pliego al Senado, pero sería un acuerdo de todas las fuerzas políticas, con su consentimiento también, porque le resolvería el problema de la volatilidad cambiaria en un año electoral. Me parece interesante tu propuesta: que hoy se le pida a todo el sistema político el nombramiento de un Presidente del Banco Central con acuerdo absoluto del Senado y una modificación legal que impida cambios futuros. Eso ayudaría a eliminar la turbulencia que seguramente va a venir el año próximo si esto no sucede. ¿Vos creés que el peronismo está de acuerdo con esa independencia o que, en el fondo, igual que Milei, quiere un Banco Central subordinado al ministro de Economía?
El principio de John Rawls sobre el diseño institucional es claro. Sostenía que una estructura de este tipo debe pensarse sin saber de qué lado de la ley o de la distribución te va a tocar quedar. Más adelante, cuando ya se define quién será el próximo Presidente, quien asuma tendrá incentivos para retener el poder del Banco Central y no cederlo.
En cambio, en un escenario anterior, cuando no se sabe si se estará en la oposición o en la conducción en los próximos cuatro u ocho años, ese es el momento adecuado para que todos los actores alineen incentivos.
Te cuento algo. Cuando empecé a hablar de la independencia del Banco Central, en 2020 o 2021, la primera persona que apoyaba esa idea con entusiasmo era Federico Sturzenegger, hoy uno de los ministros más importantes del gobierno de Milei. En ese momento me dijo: “¿Sería una buena idea que el próximo Presidente del Banco Central sea alguien del peronismo como Miguel Ángel Pesce?”. Es decir, incluso que el propio peronismo fuera quien propusiera al Presidente del Banco Central nuevo, como una forma de garantizar que esa autoridad no tuviera relación con el gobierno de turno, ya sea de Juntos por el Cambio o posteriormente de Milei.
Sin embargo, el propio Sturzenegger recomendaba, dentro de esa idea de avanzar hacia la independencia del Banco Central, que el Presidente de la entidad fuera alguien respaldado, incluso respetado y nombrado por el propio peronismo en su momento, como fue el caso de Miguel Ángel Pesce.
Vamos a tratar de entrevistar a distintos conductores de los distintos partidos políticos, empujando tu propuesta de que ese sea el remedio para eliminar la volatilidad el año próximo y empezar un proceso de largo crecimiento. En lo particular, ¿qué querés hacer en diciembre de 2027?
Los años en la Argentina son como los de las mascotas, se multiplican por siete. Entonces acá, diciembre de 2027, faltan ocho años más o menos en los tiempos para ponerlo en comparación con otro país del mundo.
Yo toda mi vida me preparé para ayudar a cambiar la historia en la Argentina. Creo que, superado el tema de la independencia del Banco Central, porque entonces la estabilidad macroeconómica y el cambio estructural —en los que estoy en oposición en términos de lo que considero el eje del histórico sesgo antiexportador— estarían logrados.
La Argentina estaría camino al desarrollo.
Ahí faltaría, si logramos que esas dos cosas se consoliden, una reforma drástica, radical, de educación. A mí me preocupa cada vez más el problema educativo.
Resueltos esos problemas de largo plazo, la Argentina sigue teniendo como desafío central la educación, atravesada por dos crisis. Por un lado, la crisis tecnológica global, donde el sistema diseñado en la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX ya no tiene sentido, porque ya no necesitamos formar una burocracia estandarizada como una línea de montaje, que es como funciona la escuela en la Argentina y en el mundo.
Eso está en crisis en todo el mundo. Se terminó. El valor se agrega de otra manera, y hay que ir hacia una escuela completamente distinta de la que conocíamos.
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Pero, además, ni siquiera esa vieja escuela funciona en la Argentina. Se necesita una reforma que empiece por la formación de los docentes. Te diría una reforma en el sentido de Domingo Sarmiento, de focalizarse.
Sarmiento fue a buscar aquellas 62 maestras inglesas y norteamericanas y las trajo para formar las escuelas normales en la Argentina. Yo creo que hay que concentrarse en tener un plan para rediseñar el esquema de formación docente en la Argentina. Tengo un montón de ideas para aportar en ese sentido.
Me parece uno de los ámbitos donde me gustaría poder contribuir hacia adelante.
MV