El escenario internacional actual se encuentra atravesado por una creciente competencia entre grandes potencias, en un contexto de disputas tecnológicas, militares y geoestratégicas que tensionan el orden global vigente. Según su entrevista Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el analista internacional Álvaro Zicarelli plantea en su libro que el conflicto entre China y Estados Unidos es prácticamente inevitable y que ese enfrentamiento derivará en una reconfiguración del sistema mundial hacia un esquema multipolar con nuevas hiperpotencias.
El analista internacional, politólogo e influencer argentino, Álvaro Zicarelli, fue asesor en política exterior en distintos momentos, y fue vinculado a equipos de trabajo legislativos, entre ellos el entorno de Elisa Carrió y posteriormente el espacio político de Javier Milei, en temas de relaciones internacionales. Sobre el plano intelectual, suele presentarse como discípulo de referentes como Juan José Sebreli y Carlos Escudé, y desarrolla análisis centrados en geopolítica, relaciones internacionales y la disputa global entre grandes potencias, especialmente Estados Unidos y China, con foco en tecnología, comercio y seguridad internacional.
Usted en su libro "La guerra de las superpotencias" plantea que mientras Washington refuerza su aparato tecnológico y militar con presión quirúrgica, Pekín ha desplegado una estrategia milenaria donde la cultura, la paciencia y la supremacía comercial son armas tan letales como los misiles. Se habla de la paciencia estratégica clásica de los chinos, que dicen: “Bueno, cuatro años no es nada”. “Ya le quedan dos años”. Pero al mismo tiempo se advierte sobre la “trampa de Tucídides”. Menciona la alarma que nadie quiere escuchar. ¿Cree que va a haber un enfrentamiento militar entre Estados Unidos y China en algún momento?
El subtítulo de mi nuevo libro plantea la inevitabilidad de una confrontación directa, probablemente dentro de los próximos 25 años. Yo destaco tres factores muy actuales. El primero, las medidas que tanto China como Estados Unidos adoptan en el campo económico para reducir la interdependencia comercial y financiera, que históricamente ha sido un freno a los grandes conflictos. El comercio y el intercambio funcionan como dique de contención de los conflictos, como ocurrió desde la Segunda Guerra Mundial en adelante.
El segundo punto es una lucha de suma cero por la hegemonía en el campo de las grandes tecnologías del futuro: los semiconductores, la inteligencia artificial e incluso la exploración espacial. Hoy somos testigos de una gran carrera entre estas dos superpotencias.
Y el tercer punto, si vamos al plano bélico, es la posibilidad de una confrontación en el estrecho de Taiwán. Incluso el propio Donald Trump, durante una importante cumbre entre líderes de las dos grandes superpotencias contendientes por la hegemonía global —que nos retrotrae a la visita de Ronald Reagan en 1988— introduce matices. Reagan se desdijo de la idea del “Imperio del Mal”, y Trump se desdice de su caracterización de Xi Jinping como dictador. En esta visita Donald Trump agrega que no sería tan importante renovar esta cooperación de defensa y de seguridad con la República de China, que quizás es un tema que tienen que resolver entre ellos.
Que no sea ese el paso a la “trampa de Tucídides” que habilite a la República Popular China una incursión directa en la isla dentro de su ya casi centenario reclamo por la soberanía.
En todas esas novelas de ciencia ficción en las que plantean directamente una situación de guerra futura entre China y Estados Unidos, está siempre el mismo desencadenante.
Muy probablemente.
¿Y podríamos decir que la doctrina Monroe, con la teoría Trump de adecuarla a las épocas, en la que Cuba tiene que ser territorio afín a los Estados Unidos y, por lo tanto, Taiwán es parte de China, estaría marcando una zona geopolítica propia?
Yo en el libro planteo al finalizar que tras ese conflicto habrá una reconfiguración del orden mundial, donde el orden bipolar dejará de existir. Habrá un repliegue de estas dos superpotencias hacia sus zonas primarias de influencia y surgirán otras hiperpotencias con dominio sobre sus áreas de influencia más directas, políticas, económicas, tecnológicas y militares.
¿Rusia? ¿India?
El Indopacífico es un caso que sea el tema central de mi próximo libro: India como la hiperpotencia en ascenso que podrá transformarse en una bisagra entre estas hoy contendientes y el futuro.
Un orden mundial multipolar, donde ya casi no existirían potencias medias ni propiamente superpotencias, sino grandes hiperpotencias y Estados que estarían —no voy a utilizar el término envasallamiento—, pero por la necesidad de recibir asistencia económica, política y tecnológica dentro de un posicionamiento geográfico específico, pero también en zonas de fricción militar.
Recuerdo cuando el BRICS comenzó. En su momento le pregunté a aquel canciller ruso que había sido además ministro de Defensa sobre el BRICS recién comenzado, año 2004, y él dijo: “China, India y Rusia, obviamente sí, pero Brasil no porque no tiene bomba atómica”. ¿Qué papel juega Rusia con su poderío militar? ¿Y qué papel juega el poderío militar en esto? Si es solo económico, por ejemplo, la economía brasileña es mayor que la rusa, pero no tiene el poderío militar de Rusia.
En el caso de Rusia, hoy se sostiene como una importante potencia a nivel global por ser tenedora de un arsenal nuclear estratégico que le permite mantener relevancia. Ahora voy a decir algo que puede resultar de mínima polémica: considero que hoy la Federación Rusa es un pivote geopolítico de la República Popular China en Europa central y de cara a un frente con Europa occidental. Lo que China le permite con este recurso, que es el arma creada para nunca ser usada, es lo que le permite tener importancia y relevancia que, si se analizara en términos económicos o de intercambio comercial, no tendría.
El factor militar va a seguir siendo sumamente importante, con la diferencia de que va a cambiar de paradigma: guerra con instrumentos militares no tripulados, guerra cibernética y la última gran frontera, la guerra en el espacio.
Recordemos cuando a Ronald Reagan se lo trataba de loco por plantear la Iniciativa de Defensa Estratégica, las llamadas “guerras de las galaxias”. En mi libro planteo si China y Estados Unidos podrían desarrollar algún mecanismo de defensa disuasoria que vuelva obsoletas las armas nucleares y reduzca el riesgo de destrucción mutua asegurada.
¿Lo que usted está diciendo es que Rusia es una potencia vieja porque su tecnología militar probablemente en las próximas décadas se vuelva obsoleta y, en cuyo caso, con una economía más chica que la de Brasil, se va a convertir en un actor secundario?
Totalmente. Además de las políticas de desnuclearización propias de América Latina. Yo creo que acá hay un dato muy interesante que además adelanta esta reconfiguración, que es la creación del escudo de las Américas, que creo que es la antesala de Estados Unidos como hiperpotencia. No quiero decir ni dominando ni dirigiendo.
Yo creo que la cuestión de autonomía y soberanía de los Estados cada vez se reduce más por el propio proceso de globalización, que es un debate mal llevado entre patriotas y globalistas, que me resultan términos muy propios de los extremos ideológicos y, sin ser generoso, de los que quieren reducir los temas a golpes de efecto y titulares.
Yo creo fervientemente en la globalización como condición inherente de la propia especie humana. Eso no me hace globalista en términos tecnológicos ni en términos de la capacidad de despliegue del equipamiento militar, transformado en esa bisagra que India estaría llevando adelante en el futuro en el Indopacífico, y lo mismo Brasil en el continente americano. Ahora, en el campo económico sí; en otros campos no lo sé, no lo tengo tan definido.
Lo que está claro es que hay una vocación —no quiero decir neoimperial— en el alto mando militar brasilero y también en muchos estrategas. A Celso Amorim siempre se lo llamó desde Argentina como el “Carlos Escudé brasilero”, planteando la idea de realismo periférico, de no tener posiciones extremas frente a las potencias que se disputan la hegemonía global y de pivotear entre ambas. Sin embargo, creo que en esta última gestión de Lula da Silva y el propio bolsonarismo como movimiento político, esta idea de que Brasil tiene que ser un actor importante a escala global, no solo en lo económico y en lo político institucional, sino también en lo militar, se va a profundizar.
Lula se somete a un tratamiento de radioterapia preventiva
Ahora, hay dos concepciones. Una literal, geográfica: una América unida detrás de los Estados Unidos, es decir, una lógica continental. Y otra en la que el espacio es una concepción simbólica. Por ejemplo, con China impulsando la idea del sur global, estando China en el hemisferio norte. ¿Los BRICS finalmente también son obsoletos; es decir, la idea de construir zonas no geográficas es una idea del pasado?
Son construcciones más simbólicas, ajustadas a coyunturas políticas y geopolíticas puntuales, y no proyectos de largo plazo como los que yo entiendo que va a traer esta reconfiguración hacia grandes hiperpotencias a partir de una eventual confrontación entre China y Estados Unidos.
Entonces, la geografía sigue siendo determinante.
Estamos pasando de la dominancia sobre el Hlandland al Rimland. Las zonas marítimas van a ser en extremo importantes y no por nada la crisis del estrecho de Ormuz, pero prontamente de seguro una crisis de nuevo en la zona del Ártico con el estrecho de Bering, con el conocido Huk, que históricamente fue un estrecho de contención militar al avance de las fuerzas aeronavales, van a ser seguramente las próximas zonas de conflicto, en este proyecto en el que Estados Unidos tiene dominancia sobre el hemisferio occidental y puntualmente el continente americano, y buscará repeler la acción sino-rusa en esa región.
¿Sería parte de América?
Muy probablemente. Recordemos que en el 2048 tenemos la redefinición del tratado antártico.
¿Y las Malvinas, en este contexto, le dan una oportunidad a la Argentina de recuperación, tanto por la reconfiguración de la doctrina Monroe como por esta continentalidad geográfica que usted marca?
Es una pregunta muy compleja porque toca sensibilidades muy profundas del espíritu nacional.
En primer lugar, es irrenunciable e indelegable el reclamo por cuestiones, más allá de las históricas y culturales, propiamente de las geográficas y geopolíticas. Las islas forman parte de un espacio soberano, y geográficamente no hay ninguna discusión. Me parece muy peligroso que, con tintes electoralistas o con la intención de fortalecer cierto núcleo duro ideológico, la actual administración nacional siquiera haga filtrar la idea de que los Estados Unidos pudieran romper arbitrariamente la relación especial con el Reino Unido de la Gran Bretaña, puntualmente en temas como el reclamo argentino de la soberanía de Malvinas o la continuidad de la presencia británica en las Islas Malvinas. Me parece de mínimo irresponsable.
¿Si la geografía es dominante, más tarde o más temprano Inglaterra va a hacer el no Brexit y volver a Europa?
Dependiendo también del giro ideológico que tenga Gran Bretaña. Estamos en presencia de quizás el inicio de la destrucción del bipartidismo en Gran Bretaña, donde dos partidos que, salvo algunos momentos de su historia, atendieron a la moderación, se ven afectados en su performance electoral —lo hemos visto en las elecciones municipales—. Y el ascenso de un partido como el Reform UK, que muy probablemente, con un discurso ultranacionalista, sostenga la idea de la presencia usurpadora de Gran Bretaña en las Islas Malvinas. Y dependerá también de qué administración encuentre en Estados Unidos.
Pero si la geografía es dominante, ¿más tarde o más temprano Inglaterra va a volver a ser parte de Europa?
Es una pregunta que me cuesta mucho, por responsabilidad también intelectual, contestarla. Yo creo que más que por la geografía, por necesidad económica.
Creo que se está viendo hoy los costos que ha tenido el Brexit. Si bien, y en esto tengo que aclararlo porque cualquiera que va al archivo podría encontrar una contradicción de mi parte, siempre he entendido la necesidad de discutir la permanencia o no de Gran Bretaña en la Unión Europea por parte de los propios británicos, pero también he sostenido que el costo económico iba a ser mucho más alto que los beneficios de ese nivel de autonomía o autarquía que buscaron los defensores del Brexit.
Por lo cual, creo que muy probablemente habrá una reconfiguración. Ahora, la gran pregunta es si la Unión Europea continuará en la misma forma en el futuro mediato, como hoy se nos manifiesta como unión política y unión económica, o probablemente será otra de las hiperpotencias.
Un gran pensador franco-ruso, maestro y formador de un gran amigo suyo, Juan José Sebreli, que fue el pensador Aleksandr Kojeve, que además fue uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea, le planteaba al general De Gaulle la idea de crear el imperio eurolatino, donde principalmente las naciones católicas de la hoy Unión Europea, junto a las naciones de América Latina, Canadá y las excolonias francesas en el norte de África, conformarían un gran bloque que también actuaría como bisagra entre el imperio anglosajón y el imperio.
Como el Commonwealth, pero latino.
Así que habrá que ver también qué va a pasar con la Unión Europea: si absorberá a los países de la OTAN en una única esfera política y militar, si sumará a más países de Europa del Este, qué pasa con Ucrania, qué pasa.