La estetización de la política, el avance de las redes sociales y la pérdida de conciencia histórica son algunos de los fenómenos que atraviesan el escenario político contemporáneo. En diálogo con Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), el filósofo, ensayista e investigador Ricardo Ibarlucía analizó cómo la cultura popular, las transformaciones tecnológicas y los cambios en la percepción influyen en la construcción del liderazgo político y en el comportamiento electoral.
Reconocido internacionalmente por sus investigaciones en Estética y Filosofía del Arte, Ibarlucía retomó las ideas de Walter Benjamin para explicar cómo la política se convirtió progresivamente en un espectáculo visual y emocional. En ese marco, reflexionó sobre la figura de Javier Milei, el vínculo entre el grotesco y la popularidad, el rechazo a las élites y las dificultades de las sociedades contemporáneas para construir una relación crítica con su pasado.
Ricardo Ibarlucía es filósofo, ensayista, traductor e investigador, reconocido internacionalmente como uno de los máximos especialistas en Estética y Filosofía del Arte de la región. Es investigador principal del CONICET y se desempeña como director del Instituto de Filosofía Ezequiel de Olaso, en el Centro de Investigaciones Filosóficas. Es profesor titular de Estética y Problemas de Estética Contemporánea en la Universidad Nacional de San Martín. A lo largo de su trayectoria, ha recibido importantes reconocimientos, incluido el Premio Konex en la categoría de Estética, Teoría e Historia del Arte.
Es un gran gusto tenerte acá, en un momento muy particular de la política mundial y de la política argentina. Uno puede decir que, desde Walter Benjamin, la tradición filosófica de las teorías estéticas y la estetización de la política describen la transformación del debate público en un espectáculo visual y emocional. En nuestro país, como también en Estados Unidos, tenemos un exponente máximo de una forma de estética y de espectáculo visual y emocional. ¿Cómo leés vos, en particular, esta estetización de la política contemporánea?
En primer lugar, quiero decirte que es un gran placer para mí reencontrarte después de tantos años. Gracias por la invitación. Yo retomaría esta referencia, que es a la que más he recurrido, a Walter Benjamin, porque en una de las cinco versiones de su famoso ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de fines de 1935 y principios de 1936, hay una sección que luego sufrió algunas modificaciones, en la que Benjamin habla de la transformación correlativa del actor, de su figura y de su performance, comparando al actor de cine con el actor de teatro, y de la transformación del hombre político. Subraya, por lo tanto, el modo en que, a través de la implementación de medios técnicos y de la tecnología, esa figura ha afectado por completo la relación entre la representación política y los escenarios. Benjamin observa que los parlamentos se vacían paralelamente a los teatros y que los políticos empiezan a llegar a través de la radio, los registros fonográficos, los noticieros y, enseguida, el cine y las películas. Lo hace pensando, sobre todo, en la emergencia de estos nuevos dictadores, en cómo se hace la política de masas y en cómo contribuye a la destrucción de los regímenes democráticos. Creo que estamos en una etapa...
O sea, Walter Benjamin hoy diría lo mismo de las redes sociales.
Creo que por eso me pareció muy oportuno que recordaras esa observación de Benjamin, que aparece al pasar en esos textos y anticipa lo que él llama la estetización de la política. En el sentido de una política convertida en espectáculo, con el carisma transformado en un aura pútrida, artificial, construida por medios técnicos. Lo que nosotros hoy llamaríamos la producción de una figura política que llega incluso con una voz que puede no ser la suya, con una imagen, con maquillajes o con una puesta en escena. Benjamin se proponía, modestamente, indicar lo que llamaba las tendencias de evolución. Ahí jugaba con el valor de pronóstico de sus tesis: decía que creía que aquello iba a evolucionar en una determinada dirección. El panorama, en un aspecto, era muy oscuro. En otro, tenía, por supuesto, también una cara emancipadora. Yo comparto ese punto de vista respecto de la tecnología. Creo que cada revolución tecnológica tiene dos caras, una progresiva y otra regresiva. Posee tanto potencial utópico como posibilidades de nuevas formas de esclavización y, normalmente, no encuentra una síntesis, sino que ambos fenómenos aparecen simultáneamente. Es en el juego político donde se define hacia qué lado cae.
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O sea, en sí mismo es neutral. Puede ir para un lado o para el otro, dependiendo del uso que le den la época, la generación, los dirigentes y la propia población.
Sí, porque, en definitiva, no sé si la palabra neutralidad es la que más me gusta o la más apropiada para esto, pero sí creo —y en el diagnóstico de Benjamin estaba esa idea, al menos en esa etapa de su pensamiento— que la tecnología está subordinada a la organización económico-social de la época. Entonces, la tecnología puede jugar en una dirección bajo las condiciones de posibilidad del orden económico capitalista de nuestro tiempo, por ejemplo, o en otra dirección, en una sociedad que modifique esas condiciones de producción, de organización social, de distribución de la riqueza y de acceso a los medios de comunicación.
¿Cuánto es hoy la estética más determinante, inclusive, que la ideología en la política actual? Me refiero, incluso, desde el punto de vista de los propios votantes en su toma de decisiones, no simplemente en la manipulación por parte de los actores.
Si tomamos el concepto de estética en su sentido antiguo y amplio, como una teoría general de la percepción, es decisiva, porque en el plano de los comportamientos estéticos se manifiestan, antes que en los espacios instituidos o las formas políticas...
Ingresa más rápido a los sentidos.
Sí, incluso antes de las formas políticas y de las formas artísticas aparecen conductas y demandas: demandas de representación, demandas de satisfacción. Por ejemplo, se reclama un arte que hable de los propios temores, de los propios recuerdos y de las propias hazañas. El arte, en definitiva, tiene esa gran capacidad de ponerles nombre o imágenes a aquello que nos resulta incontrolable, aquello que tememos, aquello que todavía no manejamos. Es como una especie de conjuro. Pero, yendo más atrás, a tu pregunta sobre las transformaciones, creo que realmente se producen cambios en el modo de percibir y en los ritmos de la percepción. Hoy lo tenés claramente con las redes sociales, el avance de la inteligencia artificial y el mundo actual de las imágenes: este bombardeo continuo, la fragmentación y las formas de atención que han cambiado. Todo esto impacta directamente sobre la configuración de las elecciones e incluso de los escenarios políticos.
Más allá de un elemento puntual, uno podría decir que el sentimiento que divide a las sociedades hoy en día, mitad por mitad —mirá Brasil, 50 y 50; Colombia, 50 y 50—, también aparece en Perú, que llega al balotaje después de la fragmentación inicial. En líneas generales, encontramos que en la última década es muy habitual que los balotajes se decidan por porcentajes muy pequeños, a veces alrededor de un punto. ¿Qué aglutina sectores tan diversos si no es la estética, como un elemento más preponderante que en el pasado? Concretamente, la condición proletaria de Milei respecto de la de Macri, como elemento antiperonista, o el rechazo que produce en Brasil una figura como Lula. ¿Cuánto funciona la estética como cemento cuando tiene que juntar versiones ideológicas contradictorias entre sí?
Yo creo que la presencia de los comportamientos estéticos ha estado siempre. Lo que ocurre es que en todas las épocas podríamos encontrar...
Siempre hubo una necesaria pompa para que el poder...
No creamos que no estaba presente durante la Revolución Francesa. Hay ciertos fenómenos que se repiten bajo condiciones diferentes, en estadios y regímenes estéticos distintos y en estadios de la técnica inconmensurables.
Siempre hubo representación y pompa en el poder.
Sí, y lo popular se mueve en una dirección contraria. Para mí, ha habido siempre un desfase. Los movimientos en el campo estético, las modificaciones de los comportamientos y las preferencias estéticas preceden a las transformaciones que luego vemos en el orden político y social instituido. Es decir, generalmente hay un desfase. Eso habla de la pérdida de contacto, de grupos políticos que terminan completamente aislados y desligados de las necesidades y los reclamos populares. Los reclamos populares suelen expresar formas contraculturales respecto de la cultura instituida. Son fenómenos muy estudiados, desde la Edad Media hasta el Renacimiento, por ejemplo, por Mijaíl Bajtín. La cultura popular siempre es profanadora, siempre es carnavalesca, apela a lo grotesco y al rebajamiento. Creo que esto se produce en algunos fenómenos, y no creo ser el único que lo ha observado. Me parece que las mentes más lúcidas que analizan el surgimiento de ciertos fenómenos de extrema derecha, como en el caso de Donald Trump o en el nuestro, Javier Milei, lo ven. Porque nosotros nos escandalizamos. Nos escandalizamos por las groserías de Milei. Pero cuanto más grotesco, cuanto más payasesco más popular.
Más popular es, porque los buenos modales son para otras clases. Recuerdo una frase de una diputada, Graciela Camaño, que me parece que tuvo la agudeza de describir al macrismo y al PRO con una palabra que, de alguna manera, no se refería solamente al PRO, sino también a un aspiracional del antiperonismo: los "prolijitos". "Estoy cansado de los prolijitos". Esa era la crítica que se le hacía al PRO desde el peronismo. La Libertad Avanza los ve como los tibios. Podemos encontrar allí una línea en común: finalmente, la economía del PRO y la economía de La Libertad Avanza tienen muchas coincidencias. Ahora, estéticamente representan lo opuesto. Y el éxito electoral está en esa estética, porque permite que aquello que se le rechazaba al PRO por ser "prolijito"—la economía— pueda pasar mucho más digerible en una estética profanadora, carnavalesca y rebajada.
Sí, es así. Creo que es así. Es una diferencia cultural muy importante, incluso de procedencia social. Creo que eso es lo que movilizan deliberadamente, a veces como una forma de manipulación de la opinión popular. Ahora, la pregunta que me vengo haciendo tiene que ver con esta última afirmación, de la cual en realidad no estoy tan seguro.
¿Cuál?
Figuras o partidos como los de Milei o Trump, ¿manipulan a las masas o son manipulados por ellas? ¿En qué medida no son, al mismo tiempo, un instrumento de una protesta, el vehículo de los descontentos? Eso no quiere decir que tenga un final feliz ni que toda protesta o todo descontento se encauce de la mejor manera.
No, pero son instrumentos, son martillos.
Lo temo. Suelo espantarme con esas posibilidades, con esas respuestas que suelen estar precisamente fundadas en el resentimiento.
Una venganza: son la venganza contra las élites. Pero ahí vos decías que usaste la palabra "carnavalesca". La cultura popular, siempre profanadora, siempre carnavalesca, rebaja lo que es considerado políticamente correcto. ¿Cuánto hay de aquellas normas de la cortesía de Castoradis, de que para construir civilización era necesario primero urbanizar a la ruralidad? ¿Y cuánto de rechazo hay en ese malestar de la cultura, en ese ser primitivo que rechaza esas normas de urbanización?
Yo creo que lo que se rechaza es la soberbia, los componentes del desprecio sufrido. Creo que eso es lo que ocurre: el sentimiento de superioridad que otros se arrogan, que a uno lo vengan a aleccionar y decirle cómo debe pensar, cómo debe hablar, cómo debe vestirse y cuáles son las formas correctas de comportarse. Yo creo que, en definitiva, la cortesía avanza; no habría civilización si no fuera así. Pero ese proceso no es mecánico. Para que podamos acceder a formas de cortesía, que también las clases populares mantienen, sobre todo entre sí, deben darse otras condiciones. Creo que lo que pasa es que estamos viviendo un momento de gravísimas desigualdades.
Pero podríamos decir que el presidente Milei hace gala de la descortesía.
Él hace gala de ella. La explota y también es un poco natural en él. Recuerdo mi primer impacto, lo que demuestra mi incapacidad profética: vi por primera vez a Milei en un programa de televisión a la noche, un jueves, creo que era, en un programa de economía, y le comenté a Valeria, mi esposa: "Acabo de ver a un tipo tan ridículo que no sé cómo lo pueden llamar como panelista en un programa de televisión. Cuando reaparezca, te lo muestro". Un día dije: no puedo creer las cosas que dice, ni cómo habla, ni cómo se manifiesta. Terminó siendo presidente de la Nación.
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La conciencia histórica en el siglo XVIII es uno de tus libros, y el otro que tengo acá es Benjamin crítico de Heidegger. Comencemos primero: ¿cuál es la conciencia histórica del siglo XXI? ¿Cómo se forja? ¿Cómo es la imaginación?
Quizás sea la destrucción de la conciencia histórica. Yo lo que veo es una carencia de conciencia histórica. Hemos reemplazado la historia por la memoria, y esto forma parte de los procesos de subjetivación, donde lo que me pasó a mí, lo que yo sentí, adquiere una prioridad epistemológica. Y eso es un error. Creo que hay un gran problema con la conciencia histórica en el siglo XX; hay ejemplos de sobra. Cuando la líder de Alternativa para Alemania (AfD) dice que Hitler era de extrema izquierda, está haciendo un ejercicio cínico, pero también podríamos pensar que brutal, de desconocimiento de la historia del siglo XX. En la Argentina pasa continuamente, porque es más confortable vivir en el mito, en el sentido peyorativo del término: vivir en la mentira, en el cuento, en la leyenda, antes que afrontar los hechos. Creo que, en ese sentido, la cultura universitaria ha tenido, en términos generales, un rol bastante negativo. Y lo sigue teniendo. La historia argentina no forma parte de los temas prioritarios de investigación en el CONICET, lo cual me parece muy grave, porque creo que tanto la historia argentina como la literatura argentina deberían ser una prioridad, como lo son en cualquier otro lugar del mundo. Nosotros no tenemos archivos en condiciones. Hay cosas que se han hecho gracias al IRA, gracias al CEDINCI y a iniciativas de asociaciones civiles o del sector privado, pero no tenemos una relación fácil con el pasado. El pasado se vuelve un bocadillo. El pasado se vuelve un botín.
Cuando Walter Benjamin decía que era un instante, un relámpago, que nunca lo íbamos a poder volver a ver con los mismos ojos...
Sí, es una imagen que relampaguea en un instante de peligro, en el sentido de que es una imagen del pasado. Es aquella imagen que pasa; es inevitable. El pasado no se puede recuperar, no se puede reconstruir, no hay marcha atrás. Es la imagen del ángel de la historia, que está siendo arrastrado y mira con horror las ruinas que crecen delante de sus ojos. Pero ese huracán que es el progreso no se puede detener, aunque uno quisiera resucitar a los muertos, volver la historia atrás o empezar de nuevo. Me parece que el conocimiento de la historia, el trabajo de la historia, es lo que importa. Estamos viviendo en una especie de presente continuo, sin espesor, sin conciencia. Es como la conciencia revolucionaria de la que habla Guerrero en ese libro, en esas conferencias que recuperé. La conciencia revolucionaria es una conciencia vacía, porque es una conciencia que hace tabula rasa. La paradoja sería que nosotros vivimos en la tabula rasa, pero no en la conciencia revolucionaria. Es decir, vivimos en un presente sin impulso de transformar nada. Es un momento sin conciencia revolucionaria ni conciencia histórica, lo contrario de lo que ha constituido la dialéctica de los movimientos sociales y emancipatorios desde la Revolución Francesa hasta el siglo XX.
Podría quedarme conversando ahora, pero me dicen que tenemos que cortar. Ricardo, muchísimas gracias por estar acá.
Gracias a vos, Jorge. Un placer verte.
LMM