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MODO FONTEVECCHIA
Democracia ambiciosa

Santiago Kovadloff: “El silencio de la Corte Suprema ante los abusos de Milei es el silencio del porvenir”

El filosófo cuestionó la pasividad del máximo tribunal frente al Gobierno y afirmó que la vigencia de la ley depende de que existan instituciones capaces de decir “hasta aquí”.

Santiago Kovadloff 18092025
Santiago Kovadloff, filósofo argentino. | Instagram @santiago_kovadolf

“El silencio de la Corte Suprema es también el silencio del porvenir”, sostuvo Santiago Kovadloff, quien cuestionó la falta de intervención del máximo tribunal frente a lo que considera avances del Poder Ejecutivo sobre el equilibrio institucional. En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el filósofo sostuvo que “la ley es una noción fundante de humanidad” y advirtió que una democracia sólo puede sostenerse cuando existen poderes capaces de marcarle el límite al gobierno.

Santiago Kovadloff es filósofo, ensayista, poeta, traductor de literatura de lengua portuguesa. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Fue distinguido doctor honoris causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales y es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid. Integra la Academia Argentina de Letras, de la que ha sido vicepresidente, y la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. También es miembro correspondiente de la Real Academia Española. Además, fue distinguido como ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Estábamos reflexionando previamente en el corte. Yo le decía que sentía que la sociedad empezaba a reaccionar, que había una toma de conciencia respecto de las esperanzas que había fundado mucha gente en este gobierno. Y que, pasados ya dos años y medio, empezaban a disiparse las esperanzas y había un cambio de humor en la sociedad. Me gustaría compartir con la audiencia nuestra conversación previa.

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Ccreo que reflexionábamos sobre la significación última de la justicia, del concepto de ley. La noción de ley me parece a mí que es una noción fundante de humanidad. Porque decir “hasta aquí” significa reconocer que uno todo no. Uno todo no. No soy la totalidad de lo real. Soy parte de lo real. Tengo derecho a ejercer el poder que es compatible con mi singularidad, entre otras singularidades. Pero sustituir a los otros mediante la negación del concepto de ley, homologándola a mi propia identidad exclusivamente, es haber salido del sistema político.

¿Qué nos anticipa Shakespeare? Que el poder, dentro de un sistema que se dice democrático, tiene sentido porque ha optado por algo extraordinario, que es el reconocimiento del límite. Pero es tan difícil no homologar la propia identidad al poder. Eso no pasa en un régimen monárquico, pasa en un régimen como el nuestro.

Creo que Lacan era el que decía que si no hay borde, hay desborde.

¿Quién es el prójimo? Yo creo que el prójimo es aquel que está allí, ante mí, para darme identidad como un otro y para recordarme hasta dónde puedo llegar en el despliegue de mi deseo. Su presencia me dice: juntos sí, buscando consenso sí, preservando la diferencia sí, pero sustituyéndonos, no.

Entonces, me refiero, este es un problema ontológico muy de fondo que está en la raíz de la política y de un sistema como el de la democracia. Creo que podemos decir que la democracia no sólo es el menos imperfecto de los sistemas, sino el más ambicioso. Aquel que es el más ambicioso porque entiende que el poder debe ser tramitado a través del reconocimiento de los límites personales y de los límites de cada uno de los poderes. Es muy ambicioso querer ser democrático. ¿Tenemos educación para eso en la Argentina? Cuando un constitucionalista como Gargarella me decía, me decía: “Entendé que el sistema jurídico está roto”, nos está diciendo que la identidad política es improbable.

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Vos decías concepto de ley como límite. Uno podría plantearse que la democracia en Atenas no era representativa, uno podría plantearse sistemas democráticos distintos, pero lo que entendemos como sistema democrático liberal más avanzado son las constituciones de los últimos 250 años, en las cuales se pone fundamentalmente un equilibrio a quien es electo. Uno podría elegir un dictador también y sería una elección.

Lo que él planteaba es que la Justicia hoy no está en condiciones de ponerle límites al Poder Ejecutivo y que el Legislativo no está en condiciones de imponer sus leyes al Poder Ejecutivo. Y que este es el problema más constitutivo que tenemos. Y vos decías que la ley es límite. Entonces, si la Justicia abdica, finalmente estamos en un sistema político totalmente diferente.

Es que estamos delante de ese dilema profundo. Si tenemos o no porvenir político, si tenemos o no porvenir dentro de la ley, o si la organización nacional está llamada a producirse mediante un sistema primitivo, que es la homologación del poder a la identidad de todos los poderes. El retroceso cultural y civilizacional que hoy vive Occidente, por ejemplo en Estados Unidos, es el que pone de manifiesto la prescindencia de la ley como condición necesaria de la construcción de la política democrática.

¿Cuál puede ser nuestro porvenir si el sistema resulta intolerable en tanto expresión de una convivencia acotada por identidades igualmente significativas, que cumplen distintas funciones, pero que responden todas a la convicción común de que uno todo no?

Cuando vos escuchás a los historiadores del derecho, te dicen que hubo un punto de inflexión en 1930, cuando nuestra Corte Suprema de Justicia aceptó que el gobierno de Uriburu era legítimo. O sea, aceptó que la fuerza era legítima. Vos decías, que algo que en el 76 se rompió sigue roto, que probablemente sea aceptar el decisionismo, que finalmente hay un poder de la fuerza y no un poder de la ley.

Esa distinción, que es recordar que hay un poder de la fuerza y hay un poder de la ley, nos llevó en el año 83, 84, a desplegar la expectativa de que el poder de la ley administraría el uso de la fuerza. Esto despertó una expectativa social enorme que se fue diluyendo con el tiempo, a medida que la ley pasó a ser instrumento del poder.

Estos 40 años de democracia merecen ser redefinidos en consecuencia, porque no han sido cuatro décadas de vigencia de la ley sobre el poder, sino de una pugna a muerte entre la ley y el poder. Hoy se traduce en un profundo escepticismo acerca del porvenir de la ley. Esta cuestión no atañe solo a nuestro país.

¿Qué porvenir tiene una especie que le devuelve al poder la construcción del ser, cuando la ley nos venía a decir que la noción de identidad es plena allí donde el reconocimiento del otro es ineludible? Tenemos los fanatismos, tenemos los dogmatismos, tenemos los escepticismos. ¿Qué cultura es la que ha fracasado? ¿La del derecho? Que suponía un sujeto capaz de aprender que el poder era estéril para la construcción de ciudadanía. Y hoy es ciudadanía lo que nos falta.

Hablábamos de si la sociedad estaba despertando, si podíamos ser optimistas en algún sentido o en algún aspecto respecto de que esta situación que hoy estamos viviendo pueda ser, el último capítulo en un proceso de enseñanza colectiva respecto de que no hay forma, con el unilateralismo, de encontrar solución a nuestros problemas. Y que, a lo mejor, el actual gobierno es el paroxismo del unilateralismo y que sirva como espejo para ver que, así como todo no, por allí no.

Me interesa mucho volver sobre el concepto de la viabilidad del aprendizaje, es decir, la capitalización del error. El error del que venimos inmediatamente es el populismo, es decir, la subestimación de la ley. Porque la ley no es la ley, la ley es la ley, por parte de un liderazgo unilateral. En un orden más inmediato advertimos que el error en el que estamos sumidos hoy es la unilateralidad o el reduccionismo de lo problemático a una lectura puramente economicista.

Mucha razón tuvo la gente que votó a este presidente para que no pudiera salir del terreno de la esterilidad económica, porque esa esterilidad disuelve la viabilidad de la ciudadanía. Pero estamos aprendiendo, tal vez guiándonos por tu esperanza, que no basta. Muy bien por la posibilidad de sanear la economía, pero con República. Porque, si no, tenemos precio, quiero decir: le vendemos el alma a una cifra.

No estoy negando lo indispensable: ganarnos la vida, que no haya inflación, tener trabajo, salud. Y la educación. Siempre recuerdo esa sentencia bellísima de Sarmiento que dice que hay que educar a la gente. Hay que educar al soberano. ¿Quién es el soberano? Pues es el hombre, la mujer y el niño liberados del absolutismo español. Liberado del absolutismo español es un soberano. Pero sin educación no puede garantizar el despliegue de la libertad que se le ha brindado.

Porque ¿a dónde apunta el que sólo tiene soberanía? Al oportunismo de lo inmediato, a la actividad que inmediatamente le depare solvencia para vivir. ¿A la urgencia del presente? El presente. ¿Y qué es la libertad? ¿Qué es la educación? Educación es la capitalización subjetiva de la oportunidad de pasar a ser libres. Somos libres cuando estamos inscritos en el campo de la ley y somos libres cuando la educación hace de nosotros prójimos. Mi amor a un prójimp debe comenzar por el deber de reconocer un límite. Porque, de lo contrario, el amor se vuelve arbitrario.

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Quiero ser optimista porque, finalmente, vos decís: bueno, ¿cuál era nuestro trauma? ¿De qué quiso salir la sociedad? Del populismo, del unilateralismo, de un unilateralismo, y cayó en otro. Las abuelas decían: un clavo saca otro clavo. Probablemente la sociedad se planteó eso: necesito un loco para sacar a otra loca. Tendría que haber una síntesis hegeliana de esto, en la cual el aprendizaje, que requirió a lo mejor dos malas experiencias, tendría que producir una síntesis en la que se tome conciencia de que el problema es el unilateralismo. El unilateralismo, y que a lo mejor esto sirva.

Ese deseo, que a mí me parece un deseo necesario. Tenemos la obligación de ser optimistas, más allá de que las circunstancias nutran ese optimismo con seguridad. Más allá de eso, interesarnos por la política es también tener el optimismo de la viabilidad, del crecimiento, del aprendizaje. Ahora bien, la nuestra sigue siendo, creo yo, y formamos parte de ello, una ciudadanía desesperada.

¿Por qué está desesperada? Porque no tiene todavía indicios de previsibilidad. Pero no sólo en el orden económico, en cualquier orden. ¿Por qué? Sin previsibilidad no se despliega convencionalmente, es decir, no se logra necesariamente la esperanza. Tenemos que educarnos tratando de entender que equivocarse es optar por un solo lado del triángulo. Este es el error fundamental.

Cuando la política tiene estas características deja de ser orquestal, es decir, atender a todos los frentes para que la melodía suene. Me parece que nos faltan políticos. También nos faltan, no sólo ciudadanos, una ciudadanía mejor dispuesta, que no esté tan castigada, sino líderes educados, que comprendan cuál es el desafío, dónde ha quedado la República.

Te escucho y no puedo no pensar que primero lo primero y lo primero es la ley y la Justicia. Que si es una sociedad que tiene el trauma de haber vivido cincuenta años de dictaduras o de interregnos, pero con el corte constitucional, evidentemente venimos con un problema, con la capacidad de la Justicia de ponerle límites al Poder Ejecutivo.

Obviamente, no podía haber periodismo de investigación entre 1930 y 1983, o cuando lo había durante muy poquito tiempo ese medio era clausurado, ese periodista era encarcelado, directamente matado. Ahora llega la democracia en 1983. Y las redacciones no cambian, continúan con esa percepción del viejo cuento del elefante, que le ponen una soga cuando era chiquito y, cuando es grande, le ponen la misma soguita y cree que, porque cuando era chiquito le impedía moverse, le sigue impidiendo escaparse.

Fue necesario un proceso de décadas para que se pudiera construir periodismo de investigación. Probablemente dos décadas. La Corte Suprema de Justicia no ha desarrollado, a lo mejor, esa experiencia que desarrolló el periodismo. Y todavía sigue pensando, como el elefantito que tiene atado el pie, que no puede ponerle esos límites al Poder Ejecutivo, al Poder Ejecutivo de Cristina Kirchner en su momento, al Poder Ejecutivo actual. No es un tema ideológico. Y que, a lo mejor, como pasó con el periodismo, que con el tiempo descubrió que tenía alas, quizás la Justicia descubra que también tiene alas.

¿Qué es una investidura? Le concede identidad a un individuo, por ejemplo, en el caso de la Corte Suprema, a condición de que ese individuo se vuelva representativo de las responsabilidades y de las libertades que le otorga su cargo. ¿Qué es una investidura? Es la medida de lo que puede hacer para poder ser representativo de esa investidura. Si se retrocede en el ejercicio de las obligaciones que la investidura impone, caemos en un simulacro. Entonces tenemos identidades políticas que son enmascaradoras de un deber republicano, identidades jurídicas que no traducen el apego a la ley al que la atribución propia de una investidura le podría dar lugar. Me pregunto: ¿estamos dentro de una etapa de nuestra vida política, en sentido social amplio, de desenmascaramiento?

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Vos decías que el populismo fue nuestro problema, lo que se intentó solucionar con el voto a Milei construyendo otro, con el objetivo, aun consciente o inconsciente, como decíamos, de que menos por menos sea más y que eso produzca la síntesis.

Ahora, si tuviéramos que definir qué es populismo, entre las muchas definiciones que hay académicamente sobre el tema, lo que surge de nuestra conversación es que finalmente es un sistema por el cual la ley tiene menos peso de control sobre quien gobierna. Y que la falta de límite, o el corrimiento del límite a punto tal que parezca casi inexistente, caracteriza a un gobierno populista.

Por lo tanto, si este razonamiento fuera correcto, la democracia tendría que comenzar por la Corte Suprema de Justicia. Es decir, ellos tendrían que ser quienes finalmente le pongan un límite al gobierno. Que, por ejemplo, la ley de financiamiento universitario no obligue a los rectores a negociar una parte porque la Corte no se decide a decir que se debe aplicar. Y finalmente esto mismo valdría para cualquiera de los otros hechos de no respeto constitucional del Poder Ejecutivo.

Coincido enteramente con tu descripción. Bastaría con que veamos que la política se orienta en esa dirección antes de alcanzarla. Pero, ¿cuánta serenidad, cuánta templanza social podría traer el ver que la política aspira a que así sea? Es decir, a que la Justicia no sea un organismo de su propia acción.

Ahora, ¿qué madurez se requiere para que un político esté expuesto desde el poder a escuchar una voz que le dice “hasta aquí”? Es notable las dificultades que tenemos para discutir, incluso. Descubrir de pronto que lo que decimos tiene valor, pero un valor relativo. Que no tiene un valor absoluto. Que podemos perfeccionarnos en la búsqueda de un error menos influyente, menos fulgurante, mucho más que en el hecho de alcanzar una verdad definitiva.

Gargarella decía que el sistema de división de poderes le dio a cada uno de los poderes una bala. Lo colocaba como esta metáfora. Le dio a los jueces la posibilidad de declarar inconstitucional, le dio al Poder Ejecutivo el veto y le dio al Poder Legislativo el juicio político. Vos decías: no hace falta que se alcance el objetivo del límite, pero que se vea la tendencia. Uno podría decir que el Legislativo mostró una tendencia, por lo menos, votando con dos tercios leyes vetadas por el Ejecutivo. No llegó al juicio político, pero mostró que hay una intención de ponerle límite al Poder Ejecutivo. Escuchándote, reflexionando juntos, lo que veo es que lo que falta es que la Corte Suprema, hasta ahora, no ha puesto, a lo largo de dos años y medio, ningún límite al Poder Ejecutivo.

El adjetivo “suprema” no se ve. Porque suprema no quiere decir aislada de todo condicionamiento. Quiere decir capaz de determinar dónde la ley es transgredida por el Ejecutivo, como para decirle "eso no". Ese silencio de la Corte Suprema es también el silencio del porvenir.

¿Cuál es tu experiencia sobre el aprendizaje? ¿Sos optimista respecto de las posibilidades del ser humano, individualmente, y los conjuntos de seres humanos, de aprender?

Te diría que creo que podemos insistir. Que vos en lo tuyo tenés que insistir. Que nuestra insistencia es una cuestión de supervivencia y de sentido. No estamos embarcados en la enseñanza, en la creación, en el debate y la investigación porque nos parece interesante. Nos parece absolutamente interesante. Y es absolutamente indispensable porque es el recurso del que disponemos para sostener esa esperanza. ¿Por qué te creo esperanzado? Porque veo que sos un hombre que insiste. ¿Y qué quiere decir esto? Que el rasgo distintivo de la existencia, en lo que tiene de mejor, es la insistencia.

Escribo poesía. No puedo prescindir de ella porque creo que es uno de los recursos para promover más intimidad entre nosotros. No puedo abandonarlo porque me convoca. Estudio y enseño filosofía porque encuentro allí un recurso para que la subjetividad florezca en términos de convivencia y en paz. No es que sólo sea mi vocación. Lo que en verdad me llama, Jorge, es que la esperanza tiene la forma de esa insistencia vocacional.

RM