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MODO FONTEVECCHIA
Debate económico

“Un 10% anual más de inflación, con un dólar más alto, sería beneficioso para todos”

La industria argentina atraviesa un momento delicado frente a importaciones baratas y un tipo de cambio que la deja fuera de competencia, advierte el economista Federico Poli. A su entender, aceptar algo más de inflación permitiría reactivar la producción, sostener el empleo y devolverle aire a las pymes.

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Inflación | Noticias Argentinas

La política industrial argentina vuelve a quedar en el centro del debate, atravesada por la caída de la producción, el avance de las importaciones chinas y un esquema cambiario que, según adviertió el economista Federico Poli, está erosionando la competitividad local. A partir del diálogo con Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), analizó el impacto de la apertura comercial bajo el gobierno de Javier Milei, el retroceso de empresas nacionales en licitaciones estratégicas y plantea una definición provocadora para salir del estancamiento: “Un 10% anual más de inflación, con un dólar más alto, sería beneficioso para todos”.

El economista argentino Federico Poli cuenta con una trayectoria extensa en ámbitos públicos, privados e internacionales. Se desempeñó, en los últimos años, como director de Sistémica para el Desarrollo, una consultora que fundó en 2023, y es director ejecutivo del Observatorio PyME, un think tank que monitorea el sector de las pequeñas y medianas empresas en Argentina. A lo largo de su carrera ocupó varios cargos destacados: jefe de Gabinete del Ministerio de Economía y Producción de Argentina (2002-2003), subsecretario de Pymes y Desarrollo Regional en ese mismo ministerio (2003-2006), director de la División de Asuntos Económicos de la Secretaría General Iberoamericana en Madrid y director Ejecutivo por Argentina y Haití en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington DC (2018-2020).

Federico tiene credenciales que poca gente tiene, como acaba de decir nuestro locutor en la presentación, respecto del conflicto de la semana, que es el tema de los caños de Techint. Pero no solamente en sí mismos, sino como significante de toda una política industrial de importaciones, una política que al mismo tiempo afecta a las pymes. Techint, gran parte de lo que fabrica, está fabricado sobre producciones de las pymes.

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Creo que el incidente de Techint con la pérdida de esta licitación de Vaca Muerta es la punta de un iceberg. Yo escuchaba a un colega, a quien respeto y con quien coincido mucho, decir que no había que dramatizar, y yo diría que sí, que hay que dramatizar. Porque si una empresa del nivel tecnológico y del nivel global de Techint, que ha tenido un resultado el año pasado de casi 5.000 millones de dólares de ganancias a nivel global, no puede competir en la Argentina con una empresa extranjera, en este caso oriental, es un dato importante. Esto significa qué le queda al resto.

Te hago dos puntos. El primero es que la empresa es oriental. El 60% del costo de esta licitación era acero. Esta empresa produce con acero chino que está totalmente subsidiado y, si ahora me permitís, te voy a leer algo que dice la comisión, el Steel Committee chino. Entonces, un tema es China, los subsidios y una escala que no se vio nunca en la historia mundial: la escala de producción de China y de India. Esto nos tiene que llamar a todos la atención y a una reflexión sobre qué hacemos con esas importaciones. Porque cuando repasás los sectores argentinos, ¿quién es competitivo con China? Los sectores históricamente con problemas, los llamados sectores sensibles: el calzado, la indumentaria, los textiles no son competitivos. La madera mueble: está ingresando un aglomerado chino que está desplazando mucha producción local en ese sector. En el sector autos le pusieron un cupo, bienvenido el cupo. ¿Qué producción occidental es competitiva con los autos chinos?

Me parece que eso amerita una discusión. A pesar de que retrotraiga a malas prácticas y a épocas que queremos dejar atrás, hay que pensar si eso no amerita tener restricciones cuantitativas, es decir, cupos a esa producción. Esta es una discusión que, con toda la complejidad que tiene, se debería dar a nivel regional. No vale que la Argentina sola haga una medida de este tipo. Deberían ser medidas coordinadas.

El otro problema son los precios relativos. Este programa, que por cierto quiero destacar, este gobierno ordenó las cuentas públicas, puso en el centro de la escena un tema central como es el déficit fiscal y la necesidad de que la Argentina no puede seguir teniendo déficit fiscal por las condiciones macroeconómicas que tiene. El ordenamiento monetario, la baja del gasto público central. Argentina no podía seguir sosteniendo el nivel de gasto público que veníamos arrastrando. Un superávit fiscal con baja del gasto público, una baja de la inflación. No hay crecimiento posible con los niveles de inflación que se tenían antes de la llegada de esta administración.

Ahora, lo que se hizo en ese terreno debía servir para que la producción arrancara. Para tener un régimen cambiario con un tipo de cambio competitivo, un mercado cambiario sin cepo. Y esa otra parte no se hizo. Hasta el día de hoy, y en las mejores condiciones en las que se podría haber hecho, después del triunfo electoral de medio término del gobierno y el apoyo de Estados Unidos, todos los economistas y organismos internacionales decían: “Vamos a un régimen de flotación”.

¿En qué estamos entrampados?

En los dilemas típicos de los programas de estabilización con apertura y anclaje cambiario. Eso significa que se distorsionan los precios de los transables y los no transables. Los servicios aumentan y los transables quedan planchados o bajan, destruyendo la rentabilidad de los exportadores y de quienes compiten con importaciones. Esto es muy importante porque esos sectores son los portaaviones de los cuales se cuelga el resto de los sectores. Una economía tan diversificada como la argentina siente mucho daño cuando ocurren estos procesos.

Lo que estamos viviendo es ese proceso de distorsión de precios relativos, con un tipo de cambio que debería señalar las diferencias de productividad con el resto del mundo y no lo hace porque tiene bandas cambiarias puestas por funcionarios. A todas luces es un tipo de cambio bajo. Por eso tenemos tendencia al déficit en cuenta corriente, desocupación de factores productivos, desempleo y subempleo cercanos al 20% de la PEA, y una utilización de la capacidad productiva manufacturera con 40% de capacidad ociosa.

Esto genera, además, tasas de interés muy altas. Las tasas para acumular dólares pasaron del 25 al 40%. Tenés un tipo de cambio bajo y tasas incompatibles con el funcionamiento normal de una economía. Todo esto cuando se hicieron los deberes en el plano monetario y fiscal, en una situación heredada muy compleja. Esta otra parte, que era la que pavimentaba un régimen cambiario competitivo y la expansión económica, no se hizo.

Todavía están a tiempo. Si se hubiera hecho esa operación y el dólar, en lugar de 1.000, costara 1.800, habría cambiado la cuestión de fondo: nadie puede competir con China, ni siquiera Techint.

Yo digo que compitamos por precio con Occidente: Brasil, México, Estados Unidos, Europa. Con Oriente es otra cosa. Ahí hay que pensar en algún tipo de restricción cuantitativa. Suena feo, es complejo, pero hay que pensarlo.

¿Por qué Oriente es otra cosa y qué pasó en el mundo? La pregunta atraviesa el debate económico global y reaparece cuando se discuten costos, escala, subsidios y el lugar de la Argentina frente a China, India y las nuevas tensiones comerciales. A partir de ahí, el intercambio abre un recorrido que va desde el desarrollo chino hasta el futuro de la industria local, sin respuestas simples. Ahora bien, la historia económica enseña que una sociedad que basa su crecimiento en salarios bajos, con el tiempo eleva esos salarios. Esa población empieza a tener demandas de segundo orden y, más temprano que tarde, el sistema tiende a equilibrarse. La pregunta es si eso va a ocurrir o si el problema de Oriente es indefinido y termina reescribiendo toda la economía mundial.

Ahí aparece un dato central: la escala poblacional. China e India tienen 1.300 millones de habitantes cada una y todavía pueden incorporar población al sistema productivo de manera prácticamente infinita. Eso obliga a reconocer, sin prejuicios, el éxito del modelo de desarrollo chino. Cuando uno observa su capacidad para construir infraestructura, el contraste es brutal. Estados Unidos, incluso con el re-shoring, enfrenta dificultades para construir. China puede levantar en seis meses el hospital más grande del mundo. Las ciudades hipermodernas dan cuenta de una economía capitalista planificada.

Ese modelo recuerda a la concepción desarrollista de Rogelio Frigerio y Arturo Frondizi en los años sesenta: un Estado que guía el desarrollo productivo a través de mecanismos de mercado, impuestos, subsidios y la priorización de sectores para generar un tejido productivo sólido. China es, en ese sentido, una burocracia muy capaz que dio un salto de desarrollo impensado.

¿A partir de qué? De un error estratégico de Occidente. Con la hiperglobalización de los años noventa, se trasladó la producción a países con mano de obra barata y tecnología moderna. La promesa era productos baratos. El costo fue otro: la pérdida de la base manufacturera y del liderazgo tecnológico. Eso es lo que hoy reconoce la Casa Blanca en los documentos sobre near shoring de la era Biden, no de Trump. Al perder el “hacer”, se perdió el laboratorio de prueba.

En el caso de Techint hay algo que merece una explicación más fina. Una diferencia de precio del 40% puede entenderse por el llamado “costo argentino”, incluso por la carga tributaria. Ahora bien, la pregunta es otra: ¿por qué luego la empresa reoferta y termina colocando un precio prácticamente igual al de su competidor indio?

Los datos internacionales ayudan a dimensionar el problema. Según el Comité del Acero, en noviembre de 2025 el exceso de capacidad global creció al ritmo más alto desde 2009 y superó las 680 millones de toneladas. Es el séptimo año consecutivo de aumento. Al mismo tiempo, la demanda estructural de acero en China se desacelera, lo que empuja a sus productores a exportar volúmenes récord y a reconfigurar los flujos del comercio internacional.

Frente al avance de barreras comerciales, las acerías chinas reaccionaron enviando productos semiacabados y de menor valor agregado, menos expuestos a restricciones. El efecto es claro: Asia, África y América Latina quedan especialmente expuestas al desplazamiento de producción por competencia de precios. Las subvenciones estatales y las políticas no orientadas al mercado siguen distorsionando de manera severa el comercio mundial del acero.

En ese escenario vuelve la pregunta inicial: ¿por qué Techint reofertó primero acercándose y luego igualando el precio de la empresa india? La explicación oficial apunta a una decisión estratégica: aceptar rentabilidad cero por la relevancia del proyecto y su impacto sobre el entramado productivo. Techint sabía que competía en una licitación abierta y conocía de antemano los antecedentes de su rival.

Si una población de 1.300 millones de habitantes se transforma en una ventaja competitiva definitiva, entonces habría que revisar los manuales de economía. Ningún país con menor escala podría competir mientras esa masa laboral acepte condiciones distintas a las de Occidente. Tal vez dentro de un siglo China e India converjan en aspiraciones materiales con Europa o Estados Unidos. Hasta entonces, la tensión seguirá vigente.

Eso explica las respuestas políticas. Más allá del estilo de Trump, las medidas proteccionistas forman parte de una reacción estructural que comenzó con Obama, se profundizó con Trump y fue continuada por Biden. China no va a desaparecer del mapa económico y la disputa tampoco. Por eso, el debate no pasa por estar a favor o en contra de la competencia, sino por entender que no hay mercado libre posible sin un Estado que limite el dumping, los abusos de posición dominante y las distorsiones sistémicas.

Quizás este sea el tema de fondo: ¿qué pasa con la elite empresaria argentina que termina votando aquello que no le conviene? ¿Hay conciencia de clase en la UIA, donde en mayor proporción se votó por Milei, o alcanza con la promesa de una reforma laboral y la eliminación de indemnizaciones para justificar todo lo demás?

A ver, la verdad es que en el balotaje había dos candidatos que no cumplían con todos los requisitos que uno le exigiría a un presidente, tanto desde el punto de vista de la elite como desde el de cualquier ciudadano. Milei, como te decía antes, cumplió con una parte que no es menor: el ordenamiento de las cuentas públicas, dejar de tener déficit fiscal, bajar los niveles de inflación y avanzar en la desregulación de la economía. Hay ítems que se tocaron y que son fundamentales.

En el balance entre lo malo y lo bueno, incluso para muchos industriales, el proyecto de Milei terminó siendo mejor que el que representaba el massismo y la continuidad del peronismo.

Lo que digo es que hubo otras cuestiones: cielos abiertos, internet satelital, la idea de modernizar regulaciones, mejorar el clima de negocios y dejar atrás sistemas poco transparentes o corruptos. En eso no se puede menos que coincidir.

Respecto al otro candidato, Massa, tenía conocimiento del Estado y una supuesta capacidad de gobernabilidad. Se podía apostar a que apareciera el Massa que se había opuesto al kirchnerismo y que entendía que no se podía seguir con los desequilibrios. Pero venía con una situación económica muy desordenada.

Vos estuviste en una posición importante en la UIA: ¿hay antiperonismo congénito en la UIA?

De hecho, la UIA apoyó la salida de Duhalde y la continuidad de Néstor Kirchner al comienzo. Estuvimos con Roberto Lavagna en el gobierno y se respaldó muy fuertemente la salida de la convertibilidad, que fue virtuosa.

Déjame ir ahora a las pymes. ¿Tienen futuro?

Si no se corrigen las cuestiones que hablábamos antes, va a estar muy complicado. La situación ya es compleja y, si no se sale de esta encerrona del tipo de cambio y las tasas de interés, el panorama es muy difícil. Tienen todo para hacerlo.

Cavallo acaba de escribir un post —que suscribo completamente— explicando por qué hay que ir a una flotación cambiaria y bajar la tasa de interés, tanto desde el punto de vista macroeconómico como del futuro productivo argentino.

Dicho en términos más simples: en lugar de una inflación del 20%, volver a una del 30%, pero con un tipo de cambio distinto y libre. El costo de tener un 50% más de inflación es menor que los beneficios productivos: más empleo, mejores salarios incluso con algo más de inflación y más empresas demandando trabajadores.

Totalmente. Es un trade-off entre algo más de inflación y un escenario sostenible de desinflación en el largo plazo, con una economía dinámica en producción, empleo y exportaciones.

Cuando mirás la balanza comercial, la situación no es buena y tiende a empeorar. El año pasado tuvimos máximos de importación medidos en dólares constantes, que es como hay que medirlo. En esa medición, las importaciones llegaron cerca del 30% del PBI. Las importaciones de bienes de consumo están en máximos históricos, solo por debajo del final de la convertibilidad. En exportaciones crecieron los combustibles y los bienes primarios, pero las exportaciones industriales están planchadas y las manufacturas de origen industrial siguen cayendo.

Algo así como cuando Melconian dijo que a 2000 no sería tan dramático.

No quiero poner un número, pero el mejor modelo para la Argentina sería un tipo de cambio más alto, con retenciones y superávit fiscal. Eso da rentabilidad a sectores exportadores y evita que el tipo de cambio golpee tanto los salarios vía alimentos. El problema es tener retenciones con tipo de cambio bajo: el peor cóctel posible.

Alimentos y bebidas aumentaron por tercera semana consecutiva y empujan la inflación al 2%

Las exportaciones, hoy, también están siendo atacadas.

MV