Como acertadamente señaló Beatriz Sarlo en más de una oportunidad, hay dos hechos de masas ocurridos durante la dictadura que nuestra sociedad nunca se ha explicado de un modo satisfactorio: el primero fueron las celebraciones por el triunfo en la copa del mundo de fútbol de 1978; el segundo, las celebraciones de la invasión a las islas Malvinas en 1982. (Con cierta paradoja, ambos fenómenos se unen en dos acontecimientos futbolísticos posteriores: nuevamente, las celebraciones por el éxito en la copa del mundo de 1986, cuatro años después y luego de un excepcional triunfo sobre, justamente, Inglaterra –y la consagración definitiva, por esa misma razón, del mayor mito de la cultura popular argentina hasta la actualidad–; finalmente, las celebraciones por el éxito en la copa del mundo de 2022, musicalizadas por una canción que invoca a “los héroes de Malvinas” desde su primera estrofa.)
Que la copa de 1978 se hiciera en un país organizado por una dictadura feroz no puede sorprender a nadie que conozca apenas ciertas historias geopolíticas del deporte: es lo que une la copa de 1934 en la Italia fascista con los Olímpicos de 1936 en la Berlín nazi o las copas de 2018 y 2022 en las homofobias autoritarias rusas o qataríes. No hay organización deportiva internacional que no practique con militancia desinteresada la indiferencia o la venta de voluntades políticas. Incluso, la actividad de los grupos de exiliados y sus círculos solidarios habían difundido lo suficiente los crímenes de Videla y compañía como para que la participación europea pudiera ser considerada, sin muchas dificultades, como complicidad explícita. La dictadura, por su parte, se limitó a perseverar en la interpretación clásica según la cual la celebración del Mundial iba a significar una “lavada de cara”, lo que hoy se llama sportwashing, y al mismo tiempo decidió explícitamente que la necesaria y obligatoria victoria en esa copa iba a producir, necesaria y obligatoriamente, un imbatible consenso social. Lo que años después explicitó Bignone: “Debimos llamar a elecciones después del Mundial”.
Hay dos errores en estas cuestiones. El primero: está largamente probado que no hay ninguna relación de causalidad entre deporte y política. Toda la historia del deporte la exhibe a cada paso. Aunque simultáneamente está largamente probado que las dirigencias políticas (también las “democráticas”) creen a pie juntillas en esa relación y actúan en consecuencia. El segundo: el sportwashing videlista suele ser interpretado como ocultamiento. “El Mundial permitió ocultar los crímenes de la dictadura”. Pero esa interpretación olvida que los crímenes se organizaban precisamente en el ocultamiento, en la clandestinidad y la oscuridad que permitía, exactamente, el clima de terror sin la exhibición del terror. El Mundial, paradójicamente, permitió la suficiente exposición en el exterior, que obligó a aceptar, un año después, la visita de la Comisión Internacional de Derechos Humanos (CIDH). Los modos en que la sociedad, ampliamente hablando, aceptó saber o no saber sobre el terror es una discusión mucha más compleja para dar.
Lo que persiste como núcleo difícil de interpretar y explicar son, entonces, las celebraciones. Hay pocos datos irrefutables, hay bastantes imposibilidades metodológicas: no hay informante actual que no se refugie hoy en el “nos engañaron”, “no sabíamos nada” o “solo festejábamos un triunfo en un deporte popular”. Lo irrefutable: las celebraciones esquivaron la Plaza de Mayo y no vivaron a Videla, salvo quinientos estudiantes secundarios en la mañana del 26 de junio, escapados de sus colegios. Lo irrefutable: las celebraciones fueron espontáneas, ocupando calles que, hasta la noche del partido con Perú, que clasificó al equipo a la final, estaban tan rigurosamente prohibidas como vigiladas. Lo irrefutable: la presunción de un consenso ligado al éxito deportivo es incomprobable –esas elecciones que añoraba Bignone no se convocaron, al año siguiente la CGT lanzó su primera huelga general; dos años después, Viola era atronadoramente chiflado en un estadio de fútbol–.
Pero, también, lo irrefutable: las celebraciones. Se celebró, y mucho, sin que nadie invocara un gesto de resistencia. Diez años después, Osvaldo Bayer, en el guion del primer documental sobre la historia del fútbol argentino, de 1990, sostuvo que celebrar durante la dictadura era recuperar la calle y la alegría: las multitudes, “invadiendo” el espacio público, burlaban las prohibiciones y volvían a reunirse frente a la censura estatal.
Una resistencia por posición: por solo estar allí. Me seduce, pero porque yo también estaba allí, a mis dieciséis imbéciles años. Probablemente, sea la única razón para confiar en esa interpretación. No creo en la manipulación de masas, pero sí, a esta altura, en la capacidad feroz del fútbol para proporcionarnos, muy especialmente a los tipos, atajos y excusas inverosímiles.
*Pablo Alabarces es profesor titular del Plenario de la UBA e investigador superior del Conicet. Es autor, entre otros libros, de Fútbol y Patria.