La mañana del sábado 7 de octubre de 2023 lo cambió todo. No porque antes nuestro presente fuera menos peligroso. Ni porque muchas de las tendencias que sobrevinieron no estuvieran ya en marcha. A tres años del ataque de Hamás y de quienes se sumaron a la masacre de las comunidades del sur de Israel y de quienes acudieron al festival Nova, la experiencia de nuestra temporalidad es distinta.
La primera persona del plural es problemática y oportuna a la vez. Si algo se ha acentuado desde entonces es una polarización radicalizada: perspectivas cada vez más irreconciliables para percibir los duelos que siguieron, instituir memoria y reclamar justicia.
A solo días de aquel sábado, una campaña digital tan masiva como repentina colmó las calles de grandes ciudades del mundo de afiches de los rehenes, israelíes y extranjeros, abducidos por Hamás. Pósteres y stickers fueron adosados a semáforos y postes de luz, y luego arrancados, reemplazados e intervenidos con nuevas consignas.
El mobiliario urbano se convirtió en un espacio de contestación y disputa por la verdad de ese día: un acto de resistencia al colonialismo, legítimo o al menos entendible, o un acto terrorista y criminal; una disputa acerca de quiénes son las víctimas y los victimarios, quiénes merecen justicia y quiénes pueden ser siquiera considerados humanos.
Ya no quedan rehenes en Gaza. En enero fue recuperado el cuerpo del último de los secuestrados, cerrando un ciclo de más de 843 días. Pero las consecuencias de la guerra no cesaron. Gaza permanece devastada y dividida entre Hamás, clanes locales, bandas del crimen organizado y las Fuerzas de Defensa de Israel.
Sin una institucionalidad clara y legítima, dos millones de personas permanecen desplazadas e imposibilitadas de volver a sus espacios de vida, arrasados por la guerra.
La disputa por el espacio público tuvo también un correlato digital. El propio ataque fue producido para ser visto: miembros de Hamás, acompañados por fotoperiodistas, tomaron y difundieron en vivo imágenes de la masacre: algunas veces, hasta usando las cuentas de redes sociales de sus víctimas.
Luego, exhibieron a sus cautivos heridos, demacrados o forzados a hablar a cámara. Por su parte, cientos de miles de gazatíes registraron con sus celulares la destrucción que sufrieron, la muerte de seres queridos entre escombros y el espanto del desamparo.
Las fotografías y los videos de los acontecimientos tampoco agotaron la querella por su sentido. Para discutir cifras de muerte, ceses al fuego, y responsabilidades históricas y actuales, los usuarios produjeron y viralizaron también imágenes generadas con inteligencia artificial.
Se gestó así una inédita competencia de materiales visuales, apalancada por el acceso masivo a herramientas de IA. Los muros de las redes tuvieron sus propios afiches, hechos de píxeles: “Todos los ojos en Rafah”, “¿Dónde estaban tus ojos el 7 de octubre 2023?”, “Devuélvanlos a casa ya”.
Imágenes con cuerpos deformados, no por la guerra, sino por algoritmos. Geografías que no correspondían con la realidad. Rostros sin biografía, sin historia, sin duelo, que desplazaron fotografías de personas reales, palestinos e israelíes, con traumas que merecen atención y justicia.
Sea en la calle o en las redes, la memoria parece consagrarse menos en gestos y materiales duraderos que en performances episódicas, historias efímeras y posteos que inundan muros.
Quizás no alcance haber estado en tal o cual marcha, o haber compartido una estampita digital para reparar un duelo, pero sobrevuela la convicción de haber hecho justicia: de compartir el lugar correcto de la historia con algunos, frente a otros que solo pueden estar equivocados.
A tres años del 7 de octubre, el rasgo más marcado de nuestro presente es que el espacio para un duelo compartido permanece huidizo.