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OPINIóN
martes 7 abril, 2020

Cuatro reflexiones para futuros líderes de la salud

El COVID-19 desaparecerá orgánicamente cuando se haya generado un nivel de inmunidad en la mayor parte de la población. En ese transcurso de tiempo, las políticas de salud pública se convertirán en el cínico arte de decidir quiénes mueren y quiénes no.

Ing. Martin Merello (*)

En combate. Un médico asiste a un enfermo en un hospital de la ciudad de Bérgamo. Foto: afp
martes 7 abril, 2020

“…Tenemos que estar preparados. Si bien es difícil predecir con exactitud, cada diez o cien años el mundo deberá enfrentar una pandemia. La Gripe Española arrasó con 50 millones de vidas en 1918, y la pandemia de H1N1 sorprendió a un mundo sumido en una aguda crisis financiera global en 2009. No es cuestión de qué, si no de cuando tendremos la próxima...”.

Aquellas fueron las palabras del Director de Respuesta y Gestión de Riesgos Infecciosos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Era julio de 2019, en Ginebra, y yo formaba parte de su equipo. Por entonces nadie imaginaba que, al terminar el otoño, una nueva variante de coronavirus comenzaría a azotar al mundo.

Habiendo dejado atrás la estancia en Ginebra, mi visita a Buenos Aires me encuentra recluido sin poder ver a mi familia y sin poder regresar a mis estudios. Por ello, a la luz de la situación actual que vive el mundo y la Argentina, me gustaría compartir algunas ideas en relación con la gestión de esta crisis.

El mundo entero, con más de 1 millón de casos positivos y más de 50 mil muertos (oficiales), enfrenta al COVID-19 con distintas políticas públicas y una democratización en el acceso a la información que podría determinar – o no, la clave en la atenuación de la enfermedad. En consonancia con esto último, el Dr. Tedros Ghebreyesus, Director General de la OMS, fue contundente en su declaración de pandemia: “Esto no es un camino de ida, podemos hacer retroceder este virus. Nuestras acciones ahora determinarán el curso del brote en nuestros países…”.

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Por más que resulte urticante señalarlo, la preparación de nuestro sistema de salud mediante estrategias de vigilancia y alerta para mitigar brotes de contagio ha fallado. Inicialmente, Argentina implementó una batería de medidas sanitarias y económicas que parecían promisorias. Sin embargo, no sólo se desconoce el impacto de las mismas, sino que no se las ha combinado con niveles masivos de testeo

Es cierto que lo que señalo podría conducirnos a discusiones estadísticas y especulaciones epidemiológicas poco productivas. Por ello, en cambio, propongo reflexionar sobre las enseñanzas que deberíamos capitalizar durante esta crisis para fortalecer nuestro sistema de salud (y prepararnos para la próxima pandemia).

Eficiencia. Cualquier iniciativa que surja, tanto del sector público como del privado, debe estar cuidadosamente diseñada, implementada y monitoreada por expertos para que cumpla con su objetivo. Para ello, no solamente es importante el contenido de las medidas, sino el momento en el se implementan.

Los determinantes sociales y económicos que condicionan las políticas sanitarias suelen tener un alto costo de oportunidad. Medidas radicales como cuarentenas totales a nivel nacional requieren gran capital político de quién las implementa, puesto que tienen altas consecuencias económicas, suelen ser insostenibles en el tiempo y son eficientes solo si la capacidad de respuesta se ingicrementa en el tiempo ganado. Ejemplo de esto último sería ‘aprovechar’ la cuarentena para incrementar el número de UCI en zonas marginales, la cantidad de respiradores utilizables y el total de profesionales de la salud disponibles.

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Pero nada de lo antedicho estaría siendo aplicado en Argentina. Haber declarado la cuarentena obligatoria con tan solo 128 casos y 3 decesos oficiales, faltando tres meses para el invierno y sin previo gradualismo, podría calificarse como una medida generalizada sumamente riesgosa. Por su parte, permitir que la población de mayor riesgo abandone la cuarentena y salga a la calle a cobrar su jubilación mientras espera con centenares de personas, deja de ser riesgoso. Es directamente calamitoso, absurdo e imprudente.

El Presidente Fernández ha manifestado, con aparente convicción dogmática, que la economía puede recuperarse pero no así una vida. El supuesto detrás de ello es que la fragilidad económica no mata a largo plazo, una cuestión ampliamente desmentida por sendos estudios de salud pública. Lamentablemente, ante estas circunstancias, algo resulta evidente: ni la sociedad, ni la economía actual, resistirán otros veinticuatro días de cuarentena total.

Países que apostaron inicialmente a políticas de inmunidad de rebaño o herdinmunity -como el Reino Unido-, se han movido a decretar cuarentenas selectivas. Y todo parece indicar que países que han apostado al otro extremo -el de las cuarentenas totales-, convergerán gradualmente en el escenario de la inmunidad del rebaño.

La inmunidad del rebaño implica cuidar a los más vulnerables, concientizar sobre la importancia de la cuarentena para casos posibles y probables, generalizar el uso de barbijo, reforzar el distanciamiento social y determinar la presencia de anticuerpos en los ya inmunes. Este escenario, que implicaría que un 40% de la población esté expuesta al virus, determinará el comienzo del fin de la epidemia.

A futuro diremos qué políticas fueron las más eficientes, y podremos poner en perspectiva nuestros errores… o aciertos.

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Objetividad. Hacer tests, tests y más tests. Esas fueron las pautas oficiales de la OMS. Pero Argentina sigue siendo uno de los países con menos testeos alrededor del mundo: unos 120 cada millón de habitantes. Las cifras oficiales, entonces, no reflejan la realidad, cuestión que nos coloca ante un nuevo déjà vu. Seguimos enfermos de esa recurrente paramnesia que recorre nuestra breve, pero vibrante, historia nacional.

La adquisición de 35 mil reactivos que fueron distribuidos a nivel nacional sigue sin ser suficiente. Ante la criticidad de la situación, resulta menester dejar de lado la tan característica soberbia vernácula y reconocer las limitaciones a nivel nacional para lidiar con la crisis.

Jefes de Estado como Angela Merkel o Boris Johnson han sido muy claros al comunicar a sus conciudadanos que deben prepararse para el peor escenario: quizás mucha gente morirá. En completa discordancia, y haciendo gala de una preocupante autonomización de la realidad, nuestro Ministro de Salud ha dicho con mucho orgullo que “hoy se habla del modelo argentino”. Como si fuera poco, nuestro Presidente comunicó públicamente que “los primeros resultados dicen que estamos venciendo al virus” y que “somos un caso único en el mundo”.

Supongo que muchos países estarían dispuestos a escuchar la receta mágica para salir adelante. Si existiese, claro. Por eso es importante entender que nuestros dirigentes deben fundamentar sus dichos y decisiones con seriedad, priorizando el bien común y no intereses políticos coyunturales. No hacerlo implica insistir en misma postura nos ha hecho chocar contra el iceberg una y otra vez.

Solidaridad. Los contextos de crisis requieren un esfuerzo de todos los sectores de una sociedad y, en consecuencia, la equidad debe ser el criterio central para administrar la salud pública. Divisiones entrepolítico vs. trabajador, dueño vs. inquilino o campo vs. industria, nos han llevado a la ruina desde siempre.

La marginación y el individualismo deben sucumbir ante un espíritu de sociedad coherente, particularmente en momentos de crisis. Y digo coherente ya que, lastimosamente, los casos de estigmatización y discriminación hacia ciertos sectores sociales y nacionalidades han aumentado en los últimos días. La misma gente que por años dependió de exportaciones a ciertos países, hoy discrimina a sus habitantes. Y la misma gente que aplaude a los profesionales de la salud a las nueve de la noche, hoy los increpa y amenaza para que dejen sus casas.

La estigmatización mata. Y mata más que el coronavirus. El mundo ya ha aprendido la lección en los inicios de otras epidemias como el VIH, y ha trabajado sobre el enorme impacto social y psicológico que tiene la persecución sobrelas poblaciones de riesgo. Si la gente tiene miedo, no se testea y no usa barbijo. Si la gente no se testea y no usa barbijo, contagia. Y si la gente contagia, el sistema de salud se desborda.

Es importante que la sociedad sea solidaria e intransigente hacia los actos de discriminación y estigmatización. Esto es una pandemia, no una cacería de brujas.

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Resiliencia. Dentro del decálogo del ‘ser nacional’ se encuentra la jactancia de que hemos pasado por innumerables momentos de crisis en comparación con otras naciones del mundo. A pesar de ello, muy pocos se vanaglorian de haberlos superado satisfactoriamente.

El COVID-19 pone por primera vez en jaque a las generaciones más jóvenes: somos nosotros quienes tenemos que preocuparnos por nuestros adultos y quienes cargamos con la responsabilidad de sacar el país adelante. La vuelta urgente al trabajo de aquellos con menos riesgos, o ya expuestos, es una urgencia. Pero también contamos con otras herramientas.

El acceso masivo a la información, el uso de redes sociales, la transparencia de estadísticas y la viralización de noticias son armas poderosas para generar cambios de comportamiento, reconstruir roles, brindar visibilidad y traccionar la coordinación necesaria para reactivar la economía argentina. En este sentido, los medios de comunicación deberían priorizar la multiplicidad de opiniones calificadas provenientes de distintos sectores de la sociedad, evitando que la pauta comunicacional oficial ahogue el necesario debate democrático para pensar las políticas a nivel sanitario que beneficien a todos.

Depende de nosotros que Argentina atraviese una crisis en forma de L o en forma de V. El COVID-19 desaparecerá orgánicamente cuando se haya generado un nivel de inmunidad natural o artificial -mediante vacuna- en la mayor parte de la población. Sin embargo, en ese transcurso de tiempo, las políticas de salud pública se convertirán en el cínico arte de decidir quiénes mueren y quiénes no. Cooperemos desde nuestro lugar para que ese número sea el menor posible, teniendo presente que el que tiene salud tiene esperanza, y el que tiene esperanza, lo tiene todo.

 

MSc. International Health &Tropical Medicine · MBA (University of Oxford). Ex miembro del equipo de Respuesta y Gestión de Riesgos Infecciosos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).


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