30 nov 2020
OPINIóN |Desde Madrid
viernes 2 octubre, 2020

Diario de la peste: Recursos Humanos

Según el creador de Netflix, estar desde casa detrás de una pantalla disminuye sensiblemente la creatividad y se pierde lo que el denomina radical cando

Combinado. Las organizaciones adoptarán un mix entre presencial y remoto. Foto: cedoc
viernes 2 octubre, 2020

Hoy nos hemos despertado en Madrid con un diluvio que no es el universal, pero lo presagia. En un capítulo más de la guerra entre esta comunidad –similar en importancia económica y social a la provincia de Buenos Aires– y la Moncloa, intervendrán los tribunales, ya que Madrid no quiere acatar las medidas sanitarias que el Gobierno central ha acordado por consenso con el resto de comunidades. Mientras tanto siguen los contagios y las muertes encabezando los datos del continente. Es un problema político pero que, de no solucionarse de manera inmediata, la realidad se hará cargo a costa de todos nosotros. No para bien.

Mientras tanto, Donald Trump se suma al ejército de los contagiados y ya forma un trio con sus colegas, negacionistas de primera línea, Boris Johnson y Jair Bolsonaro. Como a estos dos no les ha ido mal con la imagen compasiva que sus asesores de comunicación trabajaron –sobre todo en el caso de Johnson que estuvo en una fase crítica durante la enfermedad–, las redes y algunos analistas ven en el mejor caso una oportunidad para recortar distancias con Joe Biden y en el peor, que se trate de una fake news y si bien, es una temeridad la afirmación, el personaje invita a ello y más aún, después de la historia que ha publicado el New York Times a propósito de su condición de evasor fiscal, en la cual queda claro que Trump es un empresario fracasado y que la presidencia le ha permitido oxigenar financieramente su imperio, que visto desde la perspectiva de la deuda que tiene, llamarle así es una falacia. En España, aún hoy, después de casi cuarenta años, se suele mencionar en alguna tertulia la salida de tono del entonces diputado socialista Alfonso Guerra al presidente Adolfo Suarez en sede parlamentaria: "Tahúr del Misisipi", le dijo Guerra a uno de los arquitectos de la Transición. Si era un exceso en el caso de Suárez, Trump lo tomaría como un elogio. Desde esta mañana, Trump se suma a los más de siete millones de contagios que hay en su país, cifra que no le es ajena pero que, como un tahúr, juega a ignorarla.

Coronavirus: las nuevas restricciones en Madrid generan rechazo

El dato que ayuda a sobrellevar el día aquí es el incremento en la cifra de trabajadores ocupados. Con más de 84.000 nuevos afiliados a la Seguridad Social se da, en medio de la crisis económica generada por la pandemia, el mejor descenso del paro en el mes de septiembre observando la serie histórica iniciada en 1996. El síntoma, atípico en este contexto, es bueno y representa un estímulo para una recuperación que volverá a las cifras previas que teníamos en febrero, antes de la COVID-19, según el FMI en 2023. Quedan dos largos años de tránsito doloroso y de final incierto.

En estos días aquí se lee y comenta el libro de uno de los fundadores y consejero delegado de Netflix, Reed Hasting, precisamente sobre el trabajo a partir de la experiencia en su empresa. En Aquí no hay reglas [6], escrito en colaboración con la escritora y profesora de una escuela de negocios Erin Meyer, Hasting ataca al teletrabajo. Según el creador de Netflix, estar desde casa detrás de una pantalla disminuye sensiblemente la creatividad y se pierde lo que el denomina radical candor, algo así como la franqueza radical o sinceridad extrema, que permite realizar críticas constructivas de manera transversal en las sesiones de trabajo de la empresa. Para Hasting las ideas llegan a surgir hasta en el cruce con alguien en un pasillo. Hasta aquí, sin bien polémico, es una visión que acepta matices pero abordable. Aquello que es la diana del debate aparece ya en el primer capítulo del libro. Cuenta que en 2001 la caída del NASDAQ con la explosión de la burbuja digital, puso a Netflix contra las cuerdas y tuvo que despedir a un tercio del personal. Hizo una lista de los empleados que consideraba creativamente extraordinarios y otra con los muy buenos, ya que siempre ha tenido planteles de alta capacidad creativa. Separó a estos últimos de la empresa y se quedó con el porcentaje constituido por los mejores. A partir de allí se preparó para cruzar con el equipo un período de duelo y adaptación por los recortes hasta poder comenzar con un clima de trabajo positivo. Nada de esto ocurrió. Cuenta que a los pocos días hubo una explosión de energía y una producción de ideas que jamás había experimentado en un ámbito laboral. Su teoría es que la gente muy brillante se estimula entre sí, con lo cual en Netflix hay detectores de talento que cuando advierten que alguien desentona en ese núcleo irradiador de creatividad permanente es, simplemente, despedido. Y aclara: no es que no sean buenos, son muy buenos pero no como los superiores. Por eso no pueden teletrabajar: tienen que interactuar. Además, deben practicar la sinceridad radical, cosa que, Hasting dice, entre los elegidos brota espontáneamente. Como última condición –también radical—: no tienen vacaciones obligadas. Sostiene Hasting que esta gente no quiere detener su proceso creativo, debe elegir si es que lo quiere en algún momento hacerlo, pero que en Netflix no se obliga a nadie a descansar. Esta en el libro, pueden leerlo.

Diario de la peste: problemas del primer mundo

Mientras se habla de esto aquí se celebramos, como decía, unos modestos 84.000 puestos de trabajo en un universo laboral de más de tres millones de personas desocupadas.

La nueva normalidad traerá más anomalía, ¿ya quién lo duda?

Solamente se me ocurre acabar con estos versos de Pavese: "solo nota la calzada/ hecha por otros hombres/ de encallecidas manos, al igual que las suyas" (Trabajar cansa).

MR/FeL/FF


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