El fenómeno que ocupa la coyuntura es el aumento de los precios del petróleo, del gas y derivados que intervienen en el proceso de producción y circulación global, o incluso sus oscilaciones asociadas a la especulación sobre “futuros” de commodities, favorecidos por el manejo de información privilegiada. Es algo visible en los anuncios de treguas no justificadas por la realidad, más aún, ante la resistencia en la defensa soberana a las agresiones externas.
Claro que la esencia del problema es la crisis del capitalismo, que se despliega por casi dos décadas (2007/2026), en medio del crecimiento del gasto militar y una tendencia al autoritarismo político.
La agresión bélica de EEUU e Israel sobre Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz está en el centro de los análisis sobre economía y política internacional.
El debate se presenta como disputa “geopolítica” entre Estados-Nación, cuando en rigor se trata de una reestructuración integral del orden capitalista.
Una reestructuración que supone cambios en la relación entre el capital y el trabajo, que incluye la relocalización de la fuerza laboral en el mundo, que tiene principalmente a China y a la India, como territorios de asentamiento mayoritario de la relación global de explotación de la fuerza de trabajo.
Pero también remite al debate sobre el papel del Estado en la definición del rumbo económico, potenciando el lugar de una fuerte intervención, a contramano de la lógica liberalizadora que esgrimen los proyectos ultra liberales.
El resultado es una reorganización de las relaciones internacionales, colocando en crisis al sistema emergente en 1945, lo que involucra a la propia ONU y su pérdida de funciones, con escasa capacidad de intervención ante conflictos que amenazan la paz e incluso, afectando a la humanidad y al hábitat.
La guerra ya no es militar, es geoeconómica
Un párrafo aparte es el impacto de este fenómeno en cada país, por caso la Argentina, y claro, lo que supone en reestructuración de las relaciones capitalistas en el país. La producción energética y una balanza superavitaria constituyen la novedad de la acumulación capitalista en el país.
La satisfacción, pese al costo en vidas de la guerra, se pasea por los balances empresarios de grandes productores y exportadores, también en el gobierno por el ingreso presente y futuro de divisas.
Lo que no se discute en el país e incluso, mayoritariamente en el sistema mundial es el para quéde la energía, que en definitiva implica la crítica y transformación del modelo productivo y de desarrollo: el capitalismo.
La crisis como esencia
Desde el 2007/09 se hizo evidente el fin de orden emergente luego de la crisis de rentabilidad de los 60/70.
Las clases dominantes del capitalismo mundial identificaron a las políticas anticrisis del ´30 como las responsables de la pérdida de rentabilidad de los inversores privados y por ende se empujaron políticas liberalizadoras que se impusieron,luego del ensayo de las dictaduras del cono sur de América, en los 80/90 del siglo pasado: el neoliberalismo.
Esas políticas encontraron su límite en la dinámica de las crisis del 2001 en EEUU y más precisamente en el 2007/09, habilitando un nuevo ciclo de disputa sobre la gestión nacional y global del régimen del capital.
Resultan emblemáticos en ese sentido la estrategia MAGA y el BREXIT, ambos desde 2016.
Aludimos a una década de políticas disruptivas, sanciones unilaterales, junto a guerras comerciales y monetarias, en el rumbo principalen el capitalismo desarrollado por la apertura económica liberalizadora, las privatizaciones y las desregulaciones, hegemónicas por cuatro décadas entre 1980 y 2020.
La pandemia aceleró procesos de reestructuración regresiva con base en las innovaciones tecnológicas de la digitalización. Esta reestructuración inducida por la crisis supone cambios materiales y simbólicos.
Entre los primeros, los materiales, destaca la innovación tecnológica, desde internet y la crisis de las “punto.com” en 2001 a la inteligencia artificial y la presente burbuja relativa a cuantiosas inversiones en el presente.
Son innovaciones con fuerte demanda de energía, lo que supone nuevas características de la crisis energética, diferenciada de la acontecida a comienzos de la década del ´70 del siglo pasado.
La crisis energética remitía al límite de las reservas internacionales estadounidenses, recreadas desde 2015 con la producción de hidrocarburos no convencionales y la tecnología de la fractura hidráulica, reposicionando a EEUU como el primer productor mundial de ese insumo estratégico de la producción.
De aquella crisis energética a la actual se transitó el debate de la crisis ecológica y las recomendaciones relativas al cambio climático. Son problemas derivados del modelo productivo y de desarrollo sustentado en la energía fósil y por ende en la necesidad de una transición hacia una energía limpia, no contaminante.
La propuesta que se instaló fue la “transición energética”, boicoteada en este tiempo por la administración Trump y asociados a esa estrategia, caso del gobierno argentino.
Se trata de un rumbo favorable a profundizar la orientación sustentada en la explotación de los fósiles y la industria petrolera y gasífera.
A contramano actúa el competidor chino, que acelera la transformación energética sustentado en fuentes alternativas, especialmente en la aplicación a industrias emblemáticas en la competencia global, caso de la industria automotriz y la producción de automóviles eléctricos.
La disputa hegemónica se libra también en la orientación de la producción energética, siendo China un país en la transición del uso del carbón, altamente contaminante, al uso de la energía eléctrica. Vale considerar que el 2025 es el primer año que la nueva demanda de aumento energético provino de fuentes alternativas, incluso con disminución de la oferta basada en fósiles.
En los cambios simbólicos, el debate remite a las ideas y valores que sustentan la política económica en los Estados. El tema central desde la dominación apunta a mejorar la productividad del trabajo como forma de resolver la demanda de rentabilidad de los grandes inversores. Ese es el marco de las reaccionarias reformas laborales y previsionales, aprobada recientemente en la Argentina y que se discuten en todo el mundo.
Se trata de una cuestión favorecida por la ofensiva del capital sobre el trabajo en medio siglo de liberalización de las relaciones económicas, en una dinámica que estimula tendencias “autoritarias” en la gestión pública, debilitando la concepción tradicional de la democracia electiva del orden capitalista.
Estrategias para la alternativa energética
La reestructuración capitalista en curso es material y simbólica, que convoca a las clases subalternas a revisar la estrategia de confrontación más allá de la “resistencia”, en la búsqueda de nuevos horizontes de la lucha por la emancipación.
El imaginario por un mundo anticapitalista fue derrotado entre los años ´70 y los ´90 del siglo pasado, bajo formas especificas en la región latinoamericana y caribeña y otros territorios del planeta.
La realidad de estos últimos años devuelve variedad de experiencias que transitan caminos de búsqueda de alternativas, caso de las acontecidas en nuestra región a nombre del cambio político, pero también las que suceden en el Sahel, en África y en múltiples procesos socioeconómicos que recuperan la dimensión de lo común-comunitario, la autogestión y la cooperación no lucrativa, tanto como nuevos debates de lo “público” en función social.
Son elementos para considerar en la perspectiva de resolver la asignatura pendiente por la transformación creativa de la sociedad privilegiando las necesidades dela mayoría empobrecida en un tiempo de ofensiva capitalista, exacerbada por la violencia de la ofensiva política de las derechas.
Más allá de las variaciones en los precios y los manejos especulativos en torno a la energía, importa habilitar un debate conceptual que coloque en el centro la discusión por la soberanía energética, el derecho a la energía y la satisfacción de las necesidades de la vida humana y la reproducción de los bienes comunes en defensa de la naturaleza.