Hay algo que la política europea parece no querer escuchar. La gente está cansada. Conseguir una vivienda se vuelve difícil, trabajar no siempre alcanza para vivir y los servicios públicos acumulan problemas. En ese clima, mientras los ciudadanos salen a protestar, desde el poder empieza a llegar otro mensaje: habrá que hacer más sacrificios, esta vez para prepararse para la guerra.
Francia concentra las miradas, pero el malestar se extiende. En Italia, los enfrentamientos de Milán, con ataques a comercios y saqueos, pusieron al gobierno de Giorgia Meloni frente a un problema que no se resuelve culpando a la izquierda.
Hay delitos que deben castigarse y demandas que deben escucharse. Confundir ambas cosas puede servir para una declaración, difícilmente para gobernar.
Tampoco alcanza con atribuir cada protesta a una maniobra opositora. La vivienda, los salarios y la atención sanitaria preocupan a personas que votan distinto. Muchos apoyaron a quienes hoy gobiernan y empiezan a preguntarse para qué sirvió el cambio.
Otros ya no esperan demasiado de nadie. Ese descreimiento debería preocupar tanto como las imágenes de los disturbios.
Hay delitos que deben castigarse y demandas que deben escucharse"
Durante años, los partidos tradicionales confiaron en que el miedo al adversario mantendría a sus votantes cerca. Ahora descubren que las lealtades duran menos. Hoy pierde la izquierda, mañana puede perder la derecha. Quien llega prometiendo terminar con los problemas ajenos pronto tiene que responder por los propios. Y la paciencia se acaba antes que los mandatos.
En Estados Unidos, las encuestas entre votantes latinos y jóvenes que votaron a Trump también advierten cambios. Sería prematuro hablar de un regreso definitivo a los demócratas, pero los republicanos tienen motivos para mirar esos números. Haber ganado un voto no significa conservarlo. muchas identificaciones políticas empiezan a revisarse.
Sobre ese descontento cae la advertencia del jefe del Ejército británico, Roly Walker: los dirigentes deberán hablar con la población sobre los riesgos de guerra y los esfuerzos necesarios para la defensa. Es una discusión seria.
Precisamente por eso merece explicaciones: cuánto dinero, para qué preparación y a costa de qué otras necesidades. Pedir sacrificios resulta más fácil que explicar cómo se repartirán.
El petróleo agrega presión. Con el Brent cerca de los US$ 110 en el cierre del viernes 16, la tensión en Oriente Medio vuelve a sentirse lejos de los campos de batalla. Las dificultades para circular por Ormuz y los ataques a instalaciones y barcos encarecen el transporte y la producción. Después llegan al supermercado, a la gasolinera y a la factura de una empresa.
Nadie parece capaz de ordenar esa región. Israel puede golpear; Irán puede sostener amenazas y dificultar rutas. Arabia Saudita tiene recursos, pero debe proteger sus instalaciones. Turquía busca ampliar su lugar.
Estados Unidos, China y Rusia hacen sus cálculos. Para Europa, depender de ese equilibrio supone quedar expuesta a decisiones que no controla.
La Unión Europea necesita revisar su relación con Washington y Pekín, su abastecimiento energético, la protección de su industria y la autoprotección de la seguridad nacional, debe gobernar la migración sin esconder dificultades ni descargar sobre los inmigrantes problemas que llevan años sin resolverse.
Pero antes necesita recuperar una conversación con sus ciudadanos. Explicar las decisiones, escuchar objeciones y mostrar resultados.
Si cada gobierno sigue pendiente de su próxima elección, será difícil construir una respuesta europea. Y todavía más difícil convencer a la gente de que vuelva a pagar el esfuerzo.