OPINIóN
Pocos controles

La competencia desleal también afecta la calidad del agua

“Si el mercado se llena de productos sin control y si el consumidor queda expuesto a riesgos invisibles, no solo pierde la empresa formal: pierde la población, el sistema de salud y la credibilidad de toda una industria”, sostiene el autor.

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Agua | Telam

La competencia desleal era entendida como una distorsión económica que afectaba la recaudación fiscal, perjudicaba a empresas que cumplen normas y, en el peor de los escenarios, podía impactar en la seguridad del consumidor. Sin embargo, en el debate público siempre hubo un punto ciego: pocas veces se identificó al agua como un mercado expuesto a las mismas amenazas.

La paradoja es evidente: se discuten con razón los riesgos de la falsificación de medicamentos o alimentos, pero no se aborda con la misma seriedad el hecho de que una práctica irregular en el sector del agua puede tener consecuencias sanitarias inmediatas y masivas. No se trata simplemente de “competencia desleal” en términos comerciales: se trata de un riesgo estructural para la confianza de la población y para el funcionamiento de un servicio esencial.

Históricamente, la competencia desleal fue asociada a dos grandes categorías. Por un lado, los mercados de bienes de lujo: falsificaciones de marcas, joyería apócrifa, relojería, perfumes, moda, etc. Por el otro, los mercados industriales y globalizados, donde las prácticas desleales se vinculaban con barreras arancelarias, subsidios encubiertos, dumping o cadenas productivas en países productores que no respetaban normas laborales ni ambientales.

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El agua no es un lujo ambientalista

En ese marco, el debate se centró muchas veces en las condiciones de producción: fábricas en el exterior con estándares laxos, ausencia de controles, trabajo infantil o informalidad. También se asoció a la idea de que el comercio desleal era un fenómeno “fronterizo”, propio del contrabando físico, del puerto o del camión que ingresa mercadería sin declarar.
Pero el mundo cambió. Y con él cambió la forma en que operan los mercados ilegales.

Muchas veces el agua llega al hogar sin controles efectivos, sin información verificable y sin un responsable local claramente identificado"

Hoy el comercio digital y la importación directa al consumidor final abrieron un nuevo escenario, donde muchas veces el producto llega al hogar sin controles efectivos, sin información verificable y sin un responsable local claramente identificado. Esta transformación volvió más difusa la frontera entre lo formal y lo informal.

Y el sector del agua no está exento. Al contrario: está en el centro del problema.

El agua: un mercado esencial fuera del radar

El agua para consumo humano no es un bien cualquiera. Es un elemento de uso cotidiano, de consumo masivo, que impacta directamente en la salud y en la vida. Sin embargo, todavía persiste una percepción cultural peligrosa: se tiende a pensar que “el agua es siempre agua”, como si fuera un producto uniforme. Esa idea es errónea.

El agua puede contaminarse microbiológicamente, químicamente o por fallas en el almacenamiento y distribución. Puede contener bacterias, metales pesados, residuos industriales o elementos peligrosos si no se cumplen estándares de seguridad. Y lo más preocupante: puede generar una falsa sensación de seguridad en el consumidor, que cree estar protegiéndose cuando en realidad se está exponiendo.

Cuando hablamos de competencia desleal en el sector del agua, no estamos hablando solo de precios más bajos o ventajas comerciales injustas. Estamos hablando de salud pública.

Uno de los casos más conocidos en la industria del agua es el llenado ilegal de envases. En apariencia, el consumidor recibe un bidón “original”, pero el contenido puede haber sido cargado en condiciones desconocidas, sin controles sanitarios, sin procesos adecuados de limpieza y desinfección, y sin garantía alguna de calidad.

Ese tipo de práctica puede generar brotes de enfermedades gastrointestinales, contaminación cruzada o transmisión bacteriana. El resultado es un riesgo directo e invisible.

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A esto se suman otras formas de delito y distorsión en el sector: comercialización de agua envasada contaminada, falsificación de etiquetas, uso de registros inexistentes o vencidos, y en algunos casos corrupción asociada a controles débiles o inexistentes.

Pero en los últimos años surgió un fenómeno particularmente preocupante: el ingreso y comercialización de dispositivos de acondicionamiento de agua importados, ofrecidos al consumidor final a través de plataformas digitales, muchas veces sin documentación respaldatoria visible, sin información clara sobre su origen, sin trazabilidad y sin verificación de cumplimiento normativo.

La Cámara Argentina del Agua ha advertido un crecimiento sostenido de esta tendencia: dispositivos que prometen “potabilización”, “purificación total” o “eliminación absoluta de contaminantes”, mensajes extremadamente sensibles porque inducen al consumidor a confiar su salud a un producto cuya eficacia real puede no estar validada.

Las empresas radicadas en Argentina que producen, importan o comercializan este tipo de productos deben afrontar requisitos regulatorios exigentes, con inversiones significativas.

Aquí aparece el núcleo del problema. Cuando una empresa cumple normas, invierte en registros, certificaciones, controles y procesos auditables, asume costos y plazos inevitables. Ese esfuerzo no es un lujo: es la base de la seguridad sanitaria del consumidor.

Cuando otro actor elude esas exigencias —vendiendo desde el exterior, sin controles o con información incompleta— obtiene una ventaja comercial indirecta. No porque sea más eficiente, sino porque simplemente evita cumplir las reglas.

Los riesgos sanitarios asociados a estos dispositivos irregulares no son teóricos: pueden estar fabricados con materiales no aptos para contacto con agua potable, generar migración de sustancias químicas o metales, carecer de validación microbiológica o favorecer la proliferación bacteriana por diseños deficientes o instrucciones insuficientes.

En algunos casos, además, se trata de equipos conectados a la red domiciliaria e incluso al sistema eléctrico (bombas, equipos UV, sistemas automáticos), lo que abre un abanico de riesgos complementarios: pérdidas, sobrepresión, fallas estructurales, cortocircuitos o recalentamiento.Esto no es un detalle técnico. Es una amenaza concreta.

Uno de los casos más conocidos en la industria del agua es el llenado ilegal de envases"

El agua es un mercado que requiere inversiones permanentes: infraestructura, tecnología, logística, control de calidad, personal capacitado y sistemas de trazabilidad. Los empresarios que apuestan por este sector —en agua embotellada, en tratamiento, en equipamiento, en distribución o en servicios asociados— no solo invierten capital. Invierten confianza en el país y en la previsibilidad de sus instituciones.

Si el mercado se llena de productos sin control, si la competencia se distorsiona y si el consumidor queda expuesto a riesgos invisibles, entonces no solo pierde la empresa formal: pierde la población, pierde el sistema de salud y pierde la credibilidad de toda una industria.

Argentina necesita un clima de negocios moderno, abierto y competitivo. Pero la libertad económica no puede confundirse con ausencia de control. Un mercado verdaderamente libre es aquel donde el cumplimiento normativo es parejo, donde el consumidor está protegido y donde la transparencia no es una carga opcional.

La competencia desleal no es un fenómeno exclusivo del lujo ni de los mercados tradicionales del delito económico. También afecta al sector del agua.

El agua no puede ser un territorio sin reglas. En un país que necesita inversión, empleo y calidad de vida, cuidar el agua también es cuidar el futuro.

*CEO de la Cámara Argentina del Agua (CAA) Médico sanitarista (M.N 117.793)