Uno de los hitos de la política internacional argentina fue la doctrina impulsada por el doctor Luis María Drago, quien, como ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, se opuso al bloqueo naval de Venezuela en 1902. Las armadas de Alemania, Inglaterra e Italia bombardearon y bloquearon las costas venezolanas para exigir el pago de deudas contraídas por el Estado venezolano con esos países.
Desde entonces, fue conocida mundialmente como "Doctrina Drago" la propuesta argentina de prohibir el cobro de deudas entre países mediante el uso de la fuerza. Una de las naciones que se opuso en su momento a esta propuesta, adoptada por la casi unanimidad de los países del planeta, fue los Estados Unidos de Norteamérica.
Los Estados Unidos, que nacieron a la vida social luchando por su independencia del imperialismo inglés, en un primer momento parecieron ser un faro de la libertad y los derechos del hombre en el mundo. Tal es así que fueron inspiración para la posterior Revolución francesa en 1789. Sin embargo, al poco tiempo esa mascarada de libertad se vino abajo cuando los derechos del hombre y los proyectos de libertad que proclamaban chocaron de frente con el mantenimiento de la esclavitud y el racismo.
La revolución burguesa en Francia y los Estados Unidos permitió que estos se expandieran rápidamente. Francia, asegurando sus colonias en África y el Caribe; y Estados Unidos, invadiendo territorios de México y de Canadá. El presidente James Monroe, en 1823, proclamó la conocida doctrina "América para los americanos". En América Latina siempre se tomó en sorna semejante aseveración, que era traducida popularmente como: "América para los norteamericanos". El propio Monroe invadió el territorio de Florida y varias
islas del Caribe.
Los norteamericanos no tienen problemas discursivos cuando se trata de invadir para el saqueo.
Las incursiones norteamericanas se pueden enumerar: Cuba en 1846, Filipinas en 1899, Nicaragua en 1912, Corea en 1950, República Dominicana en 1916 y 1965, Vietnam en 1961, Grenada en 1983, Panamá en 1989, Haití en 1915, 1934, 1994 y 2004, Yemen en 2002, Siria en 2014, Libia en 2011, Irak en 2003 y 2011, Afganistán en 2001, Irán en 2025 y, naturalmente, México en años sucesivos, donde se deglutió ocho estados, perdiendo la mitad de su territorio en manos del ejército imperialista.
En cuanto al rol imperialista que sufrió la Argentina por parte de los EE. UU., este consistió en la ruptura de todo "código". Nos referimos al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado luego de la Segunda Guerra Mundial, cuyo principio central era la defensa mutua. El pacto establece que un ataque armado por parte de cualquier Estado no americano contra un país de nuestro continente será considerado como un ataque al conjunto.
Esto no ocurrió. Cuando la "Pérfida Albión" llegó con su flota imperial en 1982 a reocupar las islas Malvinas, los Estados Unidos no solo no nos apoyaron, sino que brindaron equipamiento y bases militares a los ingleses. No cumplieron el acuerdo que habían firmado del TIAR ni su "Doctrina Monroe". Prevaleció la alianza que mantenían con un país imperialista antes que con uno colonial. Tenían razón. En algún momento, los países coloniales son impredecibles, pueden rebelarse.
Los norteamericanos no tienen problemas discursivos cuando se trata de invadir para el saqueo. Los argumentos para justificar los ataques son de lo más diverso. Desde la defensa de un pueblo oprimido hasta la lucha contra el totalitarismo, o el terrorismo o el narcotráfico, puede ser también por los derechos humanos, por la estabilidad democrática o contra el comunismo. O como el caso de Irak, donde arrasaron el país y asesinaron a su presidente en la supuesta búsqueda de armas químicas que luego reconocieron que no
existían. O directamente por el petróleo, como en el caso de Libia, donde también asesinaron al presidente.
Todo vale con el uso de las armas. Los Estados Unidos se presentan como enemigos de la guerra y el desarrollo nuclear, pero son los únicos que lanzaron dos veces la bomba atómica sobre poblaciones civiles: las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki… cuando Alemania ya se había rendido. Ahora, en Venezuela, secuestraron al presidente Nicolás Maduro. Lo mismo que hicieron con el presidente de Panamá, Manuel Noriega, bombardearon la ciudad y se lo llevaron a un oscuro calabozo clandestino hasta su muerte.
No hay ley, reglas ni códigos. Por el gobierno estalinista de Maduro, ni una lágrima, por la soberanía venezolana: todo. Al igual que apoyamos el 2 de abril de 1982 la recuperación de las Malvinas, sin pensar en el generalato ni en Leopoldo Galtieri, hoy apoyamos la soberanía de Venezuela para resolver sus asuntos internos. “Si por cada elección democrática cuestionada -como en este caso- los Estados Unidos van a bombardear a un país, estamos fuera de foco.” Estas fueron palabras del estadista latinoamericano, Luiz Inácio Lula da Silva. Lo que podemos observar es que se trata de otra cosa. La voluntad confesada de Donald Trump y su grupo mafioso es de quedarse con los recursos de Venezuela. Recursos que el presidente Nicolás Maduro estaba negociando con Rusia y China, los rivales de EE. UU.
Esto último va también para Rusia, cada día más parecida a la vieja URSS estalinista. Pareciera que el presidente Vladimir Putin, líder del partido Rusia Unida de ultraderecha antimigrante, pretende recrear el imperio zarista desde una Ucrania colonizada. Un conflicto que cuenta con el apoyo del líder de la República Popular China, Xi Jinping. El imperialismo chino no es militar, es omercial. Para nosotros, el problema no es la invasión de soldados chinos, sino la de productos chinos. Un imperialismo comercial devastador.
Rusia, mal que le pese a Putin, no es la URSS ni el imperio zarista, es un simple proveedor de materias primas a China. Su poder se agota en las amenazas nucleares y los drones contra Kiev. Al igual que Corea del Norte, Rusia es dependiente del monitoreo y las compras chinas. Los latinoamericanos no podemos dejar de preocuparnos. Donald Trump viene manifestando que el petróleo venezolano le pertenece a los Estados Unidos. ¿En qué se basa para sostener esta convicción? El petróleo venezolano fue nacionalizado en 1976 por el gobierno de Carlos Andrés Pérez.
Si bien fueron indemnizadas todas las empresas norteamericanas que poseían los derechos de explotación, parece que ahora Trump dice: "No fue suficiente. El petróleo es nuestro". Esta nueva "Doctrina Trump" debería poner en alerta a toda la comunidad internacional y a la latinoamericana en particular, ya que en el siglo XX fueron nacionalizadas muchas empresas extranjeras. Con el nuevo criterio de "armas tomar" y "recuperar lo nuestro", toda propiedad y soberanía están en cuestión. El "Operativo Lanza del Sur" no termina en Venezuela. Como bien dice su denominación, finaliza en el sur... en el sur del continente. En la Argentina ya conocemos a la general Laura Richardson, quien se desempeñó como comandante del Comando Sur (U.S. Southern Command) y que en varias oportunidades fue recibida en nuestro país por las máximas autoridades.
La jefa militar señaló en una conferencia en el Atlantic Council, en Washington, que para la seguridad de los EE. UU. es necesario defender y proteger los valiosos recursos naturales. Y agregó: "¿Por qué es importante esta región? Con todos sus ricos recursos y
elementos de tierras raras, tienes el 'Triángulo del Litio' (Argentina, Bolivia, Chile). El 60% del litio del mundo está en ese triángulo".
Planteó públicamente el interés estratégico de EE. UU. por el petróleo, el oro y el cobre de Guyana y Venezuela. Richardson señaló que estos recursos son estratégicos para la tecnología moderna y la transición energética, y que Estados Unidos debe "protegerlos" de la influencia de adversarios como China y Rusia, quienes, según ella, "están allí para extraer, no para invertir". No podemos llamar de otra manera a nuestro país que colonizado, ya que se encuentra ocupado militarmente por las fuerzas de la OTAN lideradas por
Inglaterra. La plataforma oceánica argentina, en el gigante espacio del Atlántico sur que rodea a las Islas Malvinas, es saqueado por centenares de barcos que con banderas de corso depredan nuestra riqueza ictícola.
La "Lanza del Sur" de Donald Trump está clavada en la Antártida Argentina, y es hora de la unidad de nuestros pueblos para quebrar el sistema colonial que nos divide y oprime. A esa lanza imperial hay que oponerle un poderoso escudo de unidad. El eje México, Brasil y Argentina debe ser el vertebrador de la lucha por la unidad deseada y necesaria, así lo sostuvo el intelectual mexicano, Ismael Carvallo Robledo. Y José Vasconcelos donde nos bautizó como “la raza cósmica”. Esta alianza no se detiene en los gobiernos de turno, sino que es estratégica para el destino del continente.
Como vemos, estamos ante una encrucijada frente a los imperialismos. No se trata de si son regímenes de derecha o de izquierda, si son socialdemócratas, comunistas o liberales. Observamos dos grupos de países: los coloniales como presas y los imperialistas como depredadores.
* Director de la revista “PatriaGrande.com”