OPINIóN
Momento de decisión

La hora del peronismo: volver a ser un movimiento que mueva

El partido que marcó la historia obrera el país está en una disyuntiva peligrosa: todavía no sabe si “va a reconstruirse como una fuerza histórica capaz de proponer un rumbo o si va a limitarse a administrar su desconcierto”. Todavía hay tiempo para reaccionar.

El peronismo y una nueva crisis de identidad
El peronismo y una nueva crisis de identidad | CEDOC

El peronismo atraviesa una hora incómoda. No sólo porque perdió una elección frente a Javier Milei, sino que todavía no terminó de responder la pregunta más difícil: qué quiere volver a representar, a quiénes quiere convocar y qué proyecto de país está dispuesto a ofrecerle a la sociedad argentina. La discusión de estos meses no puede agotarse en una secuencia de reuniones, fotos o especulaciones tácticas. Lo que está en juego es algo bastante más profundo: si el peronismo va a reconstruirse como una fuerza histórica capaz de proponer un rumbo o si va a limitarse a administrar su desconcierto.

Por eso, empezar por los nombres propios sería un error. Antes de discutir candidaturas, jefaturas o liderazgos circunstanciales, el peronismo tiene que resolver una cuestión anterior y decisiva. ¿Cuál es la idea de país que quiere defender en esta etapa? Sin esa conversación de fondo, los nombres no ordenan; apenas entretienen. La política argentina ya dio demasiadas pruebas de que un armado sin proyecto puede producir una foto, pero no una esperanza.

En ese marco, aparecieron encuentros entre dirigentes peronistas entre sí y también con actores que, de un modo u otro, colaboraron en la legitimación del proyecto que hoy gobierna la Argentina. No es una discusión menor. Porque una cosa es ampliar la base política para construir una mayoría y otra muy distinta es diluir la identidad hasta el punto de no saber ya qué se defiende, qué se discute y qué se propone. El problema, en definitiva, no es abrir el peronismo. El problema es abrirlo sin proyecto, sin memoria y sin conducción.

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La propia historia del movimiento demuestra que amplitud y firmeza no son términos incompatibles. En 1946, la construcción que llevó a Juan Domingo Perón a la presidencia articuló tradiciones distintas, entre ellas el laborismo sindical, la UCR Junta Renovadora y el Partido Independiente. Décadas después, el FREJULI volvió a mostrar que el movimiento podía ensancharse para construir mayoría. Pero en ambos casos hubo un dato decisivo: la apertura no implicó renunciar a una dirección política ni a un núcleo de sentido. No se ampliaba para diluirse; se ampliaba para conducir.

Organizar una mayoría bajo una conducción precisa y con un objetivo histórico concreto: frenar a la extrema derecha y reconstruir legitimidad democrática"

Esa es una enseñanza que hoy vale más que nunca. El peronismo no puede reconstruirse desde el encierro ni desde la adaptación resignada al clima de época. Tiene que revisar errores propios, comprender las nuevas demandas sociales y volver a hablarle con honestidad a una sociedad cansada, precarizada y escéptica. Pero no puede hacerlo al precio de naturalizar un modelo de país que acepta el ajuste permanente, la desindustrialización, la caída del consumo, el deterioro del trabajo y la fractura social como si fueran daños inevitables de un supuesto orden superior.

Sería un error negar que una parte de la sociedad valoró de este gobierno dos cuestiones concretas: la desaceleración de la inflación y la idea de orden fiscal. El peronismo no puede reconstruir una mayoría desde la negación de esas percepciones. Tiene que comprenderlas y ofrecer una alternativa que no repita improvisación, desequilibrios ni desorden. Pero comprender no es copiar. Mucho menos rendirse.

Cuando la estabilidad se sostiene sobre salarios castigados, fábricas asfixiadas, obra pública paralizada, jubilados ajustados y un Estado que se retira de su responsabilidad social, lo que aparece como orden macroeconómico puede terminar siendo apenas una administración meticulosa del sufrimiento.

Perón articuló tradiciones distintas, entre ellas el laborismo sindical, la UCR Junta Renovadora y el Partido Independiente. Décadas después, el FREJULI"

La autocrítica, entonces, es indispensable. Pero no puede ser eterna ni convertirse en un ritual de autoflagelación exigido siempre al peronismo y casi nunca al resto de la dirigencia argentina, incluso a quienes endeudaron al país por años y todavía pretenden dar lecciones de responsabilidad. El peronismo cometió errores de gestión, de representación y de lectura de época. Muchas veces habló para sí mismo.

Otras veces confundió la defensa de sus banderas con la repetición rutinaria de consignas incapaces de conmover a una sociedad atravesada por nuevas inseguridades, nuevas precariedades y nuevas formas de frustración.

Un proyecto nacional que combine estabilidad macroeconómica con desarrollo, equilibrio fiscal con crecimiento, Estado eficiente con Estado presente, inversión productiva con movilidad social ascendente"

Esa revisión debe ser clara, honesta y contundente. Pero, una vez hecha, la tarea principal tiene que ser otra: volver a pensar el futuro.
Hecha esa autocrítica, el peronismo tiene que ampliarse, sí, pero con límites. Y esos límites no pueden estar puestos sobre cualquier compañero o compañera que, con matices, quiera volver a construir desde las tres banderas históricas del movimiento. El límite tiene que estar en otro lado: en quienes desprecian la justicia social, en quienes consideran al trabajo un costo y no un organizador de la vida comunitaria, en quienes reducen la independencia económica a obedecer al mercado y en quienes relativizan la soberanía política al punto de aceptar que las decisiones fundamentales del país se tomen fuera del país o contra los intereses de la Nación.

También tiene que haber un límite moral y democrático. No hay reconstrucción seria si se negocia la memoria histórica. No hay amplitud virtuosa si para sumar voluntades se naturaliza el negacionismo o se edulcora el horror de la última dictadura militar con la coartada de la llamada “verdad completa”.

La democracia argentina no necesita atajos retóricos para relativizar el terrorismo de Estado. Necesita memoria, verdad y justicia, porque todavía persiste el silencio de quienes saben qué pasó con muchos de los desaparecidos y con los niños apropiados que aún faltan encontrar.

Cuando Lula construyó en Brasil una coalición amplísima para derrotar a Bolsonaro en 2022, no lo hizo para vaciar al lulismo de contenido, sino para organizar una mayoría bajo una conducción precisa y con un objetivo histórico concreto: frenar a la extrema derecha y reconstruir legitimidad democrática.

Algo semejante enseñó, en otra escala y con otra historia, el Frente Amplio uruguayo, que nació abierto a diversas corrientes, pero asentado en una declaración constitutiva y en un piso programático compartido. La amplitud sólo sirve cuando existe una conducción capaz de ordenar, un proyecto capaz de persuadir y una identidad capaz de no evaporarse en el camino.

Ése debería ser, en una sola pieza, el corazón de la reconstrucción peronista: un proyecto nacional que combine estabilidad macroeconómica con desarrollo, equilibrio fiscal con crecimiento, Estado eficiente con Estado presente, inversión productiva con movilidad social ascendente; que vuelva a poner en el centro la producción, el trabajo, la educación, la vivienda, la ciencia, la infraestructura; y que actualice las tres banderas históricas —justicia social, independencia económica y soberanía política— como herramientas vivas para una nueva etapa histórica.

Después vendrá la discusión de los nombres. Y será importante. Pero sólo tendrá sentido si antes existe una causa que los trascienda. Argentina necesita una fuerza política capaz de organizar el dolor social, convertirlo en programa y transformarlo, otra vez, en futuro. Si el peronismo logra asumir esa tarea con amplitud, límites claros y conducción, no habrá dado apenas una señal partidaria. Habrá empezado a reconstruir una esperanza colectiva.

* Dirigente del NEP, Congresal Nacional y Metropolitano PJ